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Kiev

"La lujuria es un torbellino de emociones que nos envuelve en una vorágine de placeres efímeros y vacíos." - Albert Camus

—Hijo de puta, tu si que sabes montarlo en grande ¿eh?.

Me despierta el molesto sonido de su voz. Pienso en ignorarlo, pero conozco a Samael lo suficiente como para saber que no dejará de molestar hasta que tenga su total atención.

—Vete a la mierda, tú también tienes tu forma de diversión.

—Tienes razón, pero esto es demasiado… ¿cómo decirlo? Lascivo. Hasta para ti.

—¿Qué esperabas? —contesto, levantándome mientras rodeo los cuerpos desnudos a mi alrededor—. Soy el duque de la lujuria, estoy haciendo una perfecta representación de mi papel.

Un torso de tela en mi cabeza obstaculiza mi visión, así que me lo quito de un tirón, notando que se trata de una tanga de color azul.

Mierda, ese estúpido color.

—Si hay alguien que no te cuestiona precisamente eso, soy yo, créeme. Todo lo que venga en forma de sangre, sexo y pecado me vale. Pero debo confesar que es raro.

—¿Qué es raro? —pregunto, aferrándome al poste para evitar tambalearme, sintiendo las náuseas revolotear en mi estómago.

Como vomite yo mismo me apuñalo.

—Tú, grandísimo imbécil —espeta, señalándome con su tonito de siempre—. Tú eres el raro; llevas meses actuando así.

—¿Te crees mejor que yo, no es así? —le digo, acercándome a él para quedar cara a cara, solo tropezando una vez debido a todo el conjunto de extremidades muy dormidas en el suelo—. Pero la verdad es que estás tan jodido como yo, o peor.

Por un segundo, su actitud altanera se apaga, borrando su sonrisa siempre maliciosa, y algo pasa por sus ojos, pero es apenas un pestañazo. Me río por eso, sintiéndome cada vez más mal, porque últimamente ser destructivo con todos es mi jodida pasión.

—Puede que sea cierto, pero al menos yo no finjo ser alguien que no soy —dicho esto, se da la vuelta para marcharse y dejarme.

Oh no, tan fácil no.

—¡No! En cambio, solo usas máscara tras máscara, ocultando a todo el mundo lo que sientes en realidad. ¡Tú eres el que finge, no yo!

Esto lo hace detenerse delante de la puerta. Da la vuelta furiosamente en mi dirección, tomándome de la nuca y obligándome a dirigir la vista hacia el centro del salón.

—¿A esto le llamas ser tú? Siempre tuviste los límites distorsionados, pero lo que quedaba de ellos los has destrozado por completo.

Mis ojos conectan con lo que está señalando mientras mi vista se vuelve borrosa.

Cuerpos.

Cuerpos por todas partes, en su mayoría sin ropa. Echo un vistazo rápido para comprobar que estoy en las mismas condiciones, pero milagrosamente no estoy desnudo; sin embargo, el mapa de chupones que llevo en todo el pecho y seguramente en varios lugares está bien presente.

Hay cuerpos que ya se despertaron y decidieron continuar la diversión ajenos a los gritos; otros están cubiertos de sangre, látigos y cadenas en sus manos. Y la jodida cantidad de personas para llenar un salón.

Sinceramente, perdí la cuenta anoche. Estaba demasiado drogado para eso.

Aún lo estoy probablemente.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora