30

342 39 41
                                        

Abigail

"Las sombras se alargan y los lobos aúllan, la noche trae consigo malos augurios." - Anónimo

La oscuridad se cierne sobre mí como una manta pesada y húmeda, asfixiándome con su abrazo opresivo. Con cada paso que doy, siento cómo el aire se escapa de mis pulmones, como si algo vital se estuviera desvaneciendo bajo mis pies.

Flores.

Flores de todos los colores y formas se marchitan a medida que atravieso el bosque, dejando tras de sí un rastro de vida extinguida. Atrapo una violeta entre mis manos, y un profundo malestar me inunda al ver cómo sus pétalos se tornan grises y caen, desvaneciéndose en un susurro de fragancia olvidada. Mis pies se hunden en algo viscoso y frío, una sensación repulsiva que me hace estremecer.

Sé lo que es antes de mirar al suelo, pero el pánico se aferra a mi garganta, obligándome a hacerlo de todos modos. Al hacerlo, la verdad me golpea con fuerza: no estaba equivocada.

Es sangre.

Pero no solo eso. Me agacho, tocando el líquido extraño con la punta de mis dedos para confirmar lo que ya intuyo.

Sangre azul.

No tiene ningún sentido, y sin embargo, el graznido de cuervos demasiado cercanos me hace olvidar esto. Sus gritos son como dagas en el aire, y vuelan en círculos sobre mi cabeza, picoteando cada parte expuesta de mi cuerpo. Grito, intentando espantarlos mientras corro desesperadamente por el bosque, pero una rama traicionera se enreda en mi tobillo, haciéndome tropezar y caer al suelo. Intento ponerme de pie, pero los cuervos ya están sobre mí, y esta vez su intención es más siniestra que solo rasgar mi piel.

Quieren comerse mis ojos.

Una parálisis me inmoviliza; no puedo mover un solo músculo mientras uno de los animales se posa sobre mi cara. Sus ojos negros y vacíos me observan, inclinando la cabeza con curiosidad antes de hundir su pico afilado en mi ojo izquierdo.

Es en ese instante, cuando la realidad se convierte en una pesadilla palpable, que finalmente puedo gritar.

—Tranquila, cariño, tranquila—dice una voz suave, dándome palmadas tranquilizadoras en la espalda—. Ya pasó, ahora estoy contigo.

Observo a mi abuela, notando su ceño fruncido debido a la preocupación, con su conjunto de estampados de girasoles y su cabello gris alborotado.

—¿Qué hora es?—pregunto en un carraspeo, con la garganta seca.

—Las tres y media.

—No deberías estar despierta tan tarde, ya me encuentro bien.

—Eso lo decidiré yo, niña. Anda, toma—por primera vez me percato del vaso que trae en sus manos, de un ligero tono amarillento verdoso—. Es té de manzanilla, te hará sentir mejor.

Dudo por unos segundos; detesto el té, pero una mirada en su rostro me hace saber que no tengo otra opción. Lo sostengo entre mis manos, encantada de cómo calienta mis dedos helados, y me lo bebo aguantando la repulsión.

—Q-que... esto no es té de manzanilla en absoluto.

—Algo de manzanilla sí que tiene... entre otras cosas.

—No vas a decir qué cosas son esas, ¿verdad?

—Así es—responde con firmeza, mientras mi lámpara de noche, colgada en una de las paredes, ilumina su rostro cansado, a diferencia de la vivacidad en sus ojos.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora