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Kiev

Ante mis ojos tengo tanto mi
perdición como mi antídoto.J.
ADDISON, Catón: tragedia, 1793

El infierno nos da la bienvenida una vez regresamos de la caza; mi piel aún arde con la sensación de euforia de unas horas antes. Mierda, eso había sido... ni siquiera tengo palabras para describirlo. El sexo ha sido lo que más manejo en mi vida; es un arma que he usado para mis propósitos.

Pero la mayoría de las armas poseen doble filo y esta vez fue yo el cortado.

Vuelvo a mirar a la mujer que camina a mi lado por los pasillos y siento otra vez ese deseo primitivo de quedármela para mí. Quiero volver a follarla mientras me la llevo lejos de todos. A ver, normalmente haría lo que me saliera de los huevos, pero no está tan sencillo.

Ella admitió que era mía, después de todo.

Mía.

De la persona que siempre ha dicho odiar.

Una sonrisa empieza a formarse en mi rostro con el recuerdo, lo que ella nota y me observa con confusión.

—¿Qué plan maquiavélico estás tramando ahora? —pregunta.

—No sé de qué hablas, amor.

—Venga ya, solo sonríes de esa forma cuando estás planeando algo moralmente cuestionable, o haciéndolo, en todo caso.

—Estaba pensando en ti —suelto sin pensar, pero me fijo en su reacción; un rubor aparece en sus mejillas y abre los ojos ampliamente.

—Oh vaya, yo... —pero no termina porque detiene sus pasos de golpe, quedándose en la mitad del pasillo, su cuerpo temblando mientras mira con puro odio hacia la persona que acaba de aparecer en los ascensores—. Tú —gruñe, y es como si le saliera del alma.

—Yo —contesta la rubia en una muestra de desagrado—. ¿Por qué no me sorprende que sigas aquí? Arrastrándote como la zorra que eres.

—Cierra la boca si no quieres que te la corte, Penélope —espeto en su dirección, molesto por su insolencia.

—Pero Kiev, ella...

—¿Eres sorda? Hazme un favor y sal de mi vista; no estoy para aguantar tus tonterías ahora mismo. Y la próxima vez que vuelvas a llamarla zorra, estarás afuera. ¿Entendiste?

Abre y cierra su boca con incredulidad, sin poder creerse lo que digo. De todas formas, ya estaba harto de cojones de que no dejara de meter la nariz donde no la llaman.

—Aprende tu lugar, Pen. Estás muy por debajo de ella —le contesto, tomando la mano de Abi y dispuesto a salir de aquí, pero ella sigue sin moverse. Sus manos están heladas y me vuelvo a topar con esos mismos ojos vacíos.

—Tú la mataste —declara, mirándola sin verla, cada vez con respiraciones más aceleradas.

—No tengo idea de qué estás hablando —contesta ella, con la mirada comenzando a revolotear por todos lados.

—No puedo creer cómo no lo vi antes; fui tan tonta...

—Conejito, mírame —le pido, tomándola de las mejillas para obligarla a hacerlo—. ¿A quién te refieres?

—A Rian; ella la mató.

Frunzo el ceño con confusión por la acusación. Penélope puede tener sus arrebatos de locura ocasionales, pero nunca ha asesinado a una chica inocente. Tenemos vigilado todo el personal; lo sabríamos. Lleva trabajando para mí por años, siendo mi mano derecha. Jodida mierda, yo lo sabría.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora