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Abigail

"Los pecados más dulces son los que nos llevan al infierno con una sonrisa en los labios." - William Shakespeare

A medida que crecemos, nos enseñan acerca de la moralidad. Sobre lo que no está bien o mal en el mundo.

Mentir está mal.

Matar es un pecado mortal.

Y si odias, eres una persona detestable.

Pero, ¿quién decidió esto? ¿Por qué solo podemos ver en blanco o negro cuando se trata de otras personas, pero no cuando es sobre nosotros mismos?

Creo en los matices y contrastes.

En que existen puntos grises, una segunda versión en la historia.

O tal vez es que la moralidad es algo que perdí en el camino, porque, al escuchar los gritos desgarradores de ese hombre, no soy capaz de sentir nada: ni remordimientos, ni culpa; ni siquiera intento tenerlos. Solo observo, medio embobada, cómo varios guardias trajeados lo sostienen en una mesa en un cuarto apartado, pero con paredes de cristal, mientras el demonio se entretiene clavando dardos en cada dedo de su mano.

—¡POR FAVOR! No sabía que era tuya. Por favor, detente. 

Suya.

Hago una mueca como única muestra de emoción en mi cara de póker. No soy malditamente suya.

—Ven aquí, amor, voy a necesitar tu ayuda.

Él no lo hace.

Tiene a todos esos hombres disponibles a su servicio. Solo quiere que vea lo retorcido que es; quiere hacerme partícipe de esto, como si fuera como él.

—Ahora —demanda, con la vista fija en mí, por lo que no me queda más remedio que acercarme.

El hombre que antes me pareció intimidante, con su metro ochenta y sobrepeso, ahora mismo está reducido a alguien con la cara roja debido al dolor, su boca goteando saliva y sangre por los golpes que recibió antes de llegar.

—¿Qué tengo que hacer?

—Solo sostener su mano derecha.

Hago lo que me pide, notando oleadas de satisfacción de su parte. Reprimo una sensación de repulsión al sostener con todas mis fuerzas su mano. Lleva tres anillos en ella, seguramente bañados en oro o piedras preciosas. Le dirijo una mirada molesta por obligarme a hacer esto cuando noto que manda a uno de sus guardias por algo.

—¿Qué piensas hacer con e-eso?

Por mis dioses, él no estará pensando...

—Guarda silencio y no dejes de sostener su mano.

El hombre nota lo que trae en sus manos, por lo que empieza a gritar desquiciado y a revolverse con todas sus fuerzas. Son necesarios tres guardias para poder mantenerlo en su lugar en la mesa de billar.

—Hace cientos de años, los ladrones eran castigados cortándoles las manos. Cortaban la parte que habían utilizado para tocar lo que no era suyo —habla como si estuviera contando un cuento, mientras balancea el hacha cada vez más cerca de él—. Si se me presenta la oportunidad de revivir sus prácticas, ¿quién soy para negarme?

En un instante, baja el filo del hacha hasta la división de su mano y brazo. Contengo las náuseas al ver la carne desprenderse en un chasquido hasta llegar al hueso; los gritos del hombre me dejan momentáneamente aturdida. Su mano no queda totalmente desprendida al primer corte, por lo que vuelve a golpearlo en un rápido corte. El sonido del filo cortando el hueso, hasta que su mano queda totalmente separada, junto con la madera algo astillada de la mesa, es de los más horribles que he escuchado.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora