LXIV

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Jonathan

El chirrido de mis dientes me delata, la presión en mi pecho, el dolor en mi estomago, el sudor en mi frente, todo se ha juntado en una explosión fisiológica que denota mi estado actual.

Soy la adrenalina y el miedo hecho ser humano. Soy una bomba de tiempo viviente.

Solo pienso en ella, solo pienso en Magui... la recuerdo, en mis brazos siendo pequeña, llorando por una golosina, en mi auto dormida en los brazos de Emiliano mientras recorríamos la ciudad... no... no la puedo dejar morir... no puedo permitir que siga sufriendo. No puedo permitir que siga sufriendo las consecuencias de actos generacionales que no le corresponden. No puede ser que tenga que pagar el precio de años y años de errores, no... ese debo ser yo, no ella.

Me acerco a la casa segura, ya no tan segura, donde Enrique y Magui se encontraban, no se ve absolutamente nada raro afuera, solo una camioneta blanca vacía.

El crepúsculo comienza a oscurecerse cada vez más, el viento ha disminuido considerablemente aunque una leve brisa todavía queda rezagada, el cielo se cubre de nubes cargadísimas de lluvia, y aunque todavía no ha largado ni una gota, en el aire puede olerse una humedad creciente.

El estomago me duele demasiado, no comí nada en todo el día, sin embargo siento pequeños momentos de nauseas y mareos, como si estuviera l borde de lanzar la mismísima nada de dentro de mi estomago.

Pongo mi revolver Ranger 38 en mi espalda baja a la altura de la cintura, la tapo con mi campera y comienzo a acercarme a la casa. Voy lo más lento que puedo, siento que este es un momento que no debo apresurar, no debo generar ningún momento incomodo, ni hacer ningún movimiento súbito, la vida de Magui depende de cuan cuidadoso sea.

Voy aligerando un poco mis pasos, solo un poco, abro la puerta lo más tranquilo posible aunque hay un mar de adrenalina dentro de mí. Cuando abro esta lo primero que veo son dos piernas suspendidas en el aire, vestidas con un pantalón gris claro y unos zapatos negros. Las piernas se tambalean levemente y cuando sigo el camino hacia arriba... veo el cuerpo de Enrique colgado de una soga de uno de los tirantes de la casa... observo su mirada totalmente ausente, los moretones en su cara indicando que al menos puso resistencia, la sangre que se escapa de sus orejas, ojos y nariz, como si hubiera explotado por dentro... la impresión me perturba... no puedo creer que Enrique esté muerto... y que haya sido todo por mi culpa... ahogo un grito y me retraigo entero como si mi cuerpo reaccionara tensando los músculos y temblando de pánico.

—No hagas nada estúpido —las palabras de Ocampo me asustan y me doy vuelta para verlo—. A menos que quieras que la nena termine como tu amigo.

Lo veo sentado en el sillón, debajo de el, sentada en el piso está Magui mirando hacia el suelo y con lagrimas en los ojos. En las manos de Ocampo, una pistola se cierne cercana a los cabellos de la niña. La pena que me da verla así es indescriptible. Mis ojos se llenan de lagrimas, mi corazón sala en mi pecho y todo en mi se torna oscuridad.

—Sentáte —ordena apuntando el sillón que se encuentra frente a ellos.

Me acerco y tomo asiento, haciendo lo que me pide.

—El arma en tu espalda, tirála hacia tus espaldas... despacio —el habla muy dócil, sin embargo esconde un dejo de inquietud y arrogancia. Sus ojos se tornan rojizos y su estado general es de un cansancio muy notable.

Obedezco, lanzo el arma lejos de mí hacia mis espaldas. Y aunque era el único seguro que tenía, entiendo que todo saldrá mejor si hago lo que él me pide.

Bajo mi mirada hacia Magui, observo sus ojos repletos de lágrimas y se me destroza el corazón, intento contener el llanto para no mostrar debilidad ante él, pero hay una tormenta interna que me está despedazando.

Dentro del FuegoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora