79

40 7 3
                                        


Una semana después...

La casa estaba tranquila aquella mañana, dentro de lo posible, la luz entraba a través de las cortinas en finos rayos dorados, dibujando sombras tibias sobre los sillones y las cobijas, era una calma nueva, la de un hogar recién transformado, aún aprendiendo a sostener el ritmo de tres vidas pequeñas que pedían ternura a cada instante.

Mayte dormía en el sofá con Alessandro acurrucado sobre su pecho, envuelto como un pequeño capullo, Manuel con la camiseta arrugada y una taza de café a medio tomar, caminaba en silencio por la sala con Maximiliano en brazos, Doña Mimí, paciente y firme, había logrado dormir a la pequeña Cielo y la recostó con cuidado en la cuna móvil junto a su madre, luego se retiró a la cocina, moviéndose con la seguridad de quien ya tiene experiencia y ha criado antes, algo que Mayte y Manuel no poseían en lo más mínimo.

Justo entonces, el bebé que Manuel sostenía en brazos lo miró fijamente y soltó un estornudo tan fuerte que le dejó un hilito de baba en la barbilla, Manuel se rió por lo bajo, sacó un trapito del bolsillo.

Qué elegante, joven...¿no quiere también un cafecito?-Dijo Manuel con voz suave mientras se limpiaba.

Ese no es Alessandro, ¿verdad?-Dijo Mayte desde el sofá abriendo un ojo y sonriendo medio dormida.

¿No es Maximiliano?-Preguntó Manuel mirándola dudando-Entonces...¿eres Alessandro?-Bajó la mirada al bebé esperando alguna señal por respuesta.

-Maximiliano respondió con otro estornudo.

Perfecto, gracias por confirmar-Bromeó Manuel.

Mayte soltó una risa leve, mientras que desde la cuna móvil Cielo comenzó a moverse y a soltar pequeños sonidos de protesta, Doña Mimí apareció en la sala como por arte de magia, levantando una ceja.

Esa sí es Cielo, siempre protesta cuando no es el centro de atención-Dijo Doña Mimí segura con una sonrisa.

Igualita a su abuela-Soltó Manuel con una sonrisa traviesa, y Doña Mimí le lanzó un trapo limpio como si fuera un proyectil suave.

Las suave carcajada de Mayte hizo eco en el salón, y las risas por parte de Gris y Doña Mimí fueron cortas pero suficientes como para saber que se había tomado bien la broma de Manuel, por primera vez en varios días Manuel había reído hasta que le dolió la panza, ese momento había sido como un rayo de sol entre las nubes, como un respiro que recordaba que, incluso entre pañales, cansancio y ausencias, la vida seguía abriéndose paso con dulzura.

...

El ambiente era sereno, solo interrumpido por los pequeños ruiditos de los recién nacidos y los pasos discretos de Gris, que entraba y salía como un susurro, asegurándose de que todo estuviera en orden, era la encargada de tener pañales, biberones, mantas suaves a la mano, ella y Doña Mimí se entendían con solo mirarse, una preparaba una infusión de hierbas para la recuperación de Mayte, la otra la servía y regresaba sin hacer ruido, entre ambas cuidaban no solo el cuerpo de Mayte, sino también su espíritu, aún frágil pero fuerte.

Manuel quien por fin había logrado dormir a Maximiliano, observaba la escena desde la cocina, vestido con la camiseta arrugada y pantuflas, despeinado y sin pensar aún en juntas ni correos, sentía que el tiempo tenía otro ritmo ahora, a pesar del agotamiento, era uno de esos momentos que hubiera querido guardar en un frasco, como un recuerdo cálido en días fríos, su casa ya no era la misma, su hogar había cambiado para siempre, estaban agotados, pero juntos, adaptándose poco a poco a esta nueva etapa.

Manuel había decidido adaptarse junto a Mayte a esta nueva etapa como padres de tres pequeños, incluso había reorganizado su agenda para trabajar desde casa el primer mes, quería estar allí, acompañar cada despertar, cada llanto nocturno, cada cambio de pañal, cada mirada entre Mayte y los bebés, no podía ni quería alejarse aún, cada minuto con ellos era un nuevo comienzo, una promesa de estar siempre con ellos.

El tratoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora