Si las miradas pudiesen matar, Shizune estaría a tres metros bajo tierra en este instante. Ver la ironía de que una mujer con el suficiente razonamiento para callar tal secreto le quite a un niño de doce años —algo despistado— el papel de decir un secreto, hace que suelte una risa en medio del silencio sepulcral que adueña la habitación. Las tres personas me observan con confusión y paro de reír. Me siento en la cama y comienzo a jugar con mis dedos y la sábana, a la vez que siento las miradas de los demás sobre mí.
—¿Podrían dejarme sola para arreglarme? —pido con amabilidad.
Sin decir nada y en silencio, los tres salen de la habitación del hotel donde mi cuerpo había reposado durante horas, quizá días. Me levanto de la cama y el dolor invade mi cuerpo. Camino hacia el baño y, una vez dentro, me quito la misma ropa que usé desde la batalla (que también estaba manchada de sangre). Quito la venda que cubre mi mano derecha y observo la herida. Entonces, recuerdo la sustancia púrpura que envolvió mis manos varias veces. De no ser porque Naruto tenía su mano vendada, podría haberle hecho daño. «Llegando a casa pediré que me informen más sobre el asunto de mis manos», anoto en una lista mental.
Abro la regadera y dejo que al agua caiga en la bañera, esperando a que la temperatura suba y se torne tibia la falsa cascada. Me acerco al lavamanos, donde reposan dos cepillos de dientes (de Naruto y Jiraiya, yo no traje) y un cepillo para el cabello. Tomo el que se usa para la cabeza y me comienzo a alaciar mi cabello esponjado por el vapor que se concentró gracias a la temperatura del agua.
Tomo fuerza mentalmente y dirijo mi mirada hacia el espejo, encontrándome con mi reflejo. Tengo la ceja izquierda partida, un moretón en la mejilla del mismo lado y, para culminar mi mala apariencia, en mi cuello está la temida marca de maldición de Orochimaru. Dejo el cepillo a un lado y llevo mi mano a la marca, que es casi igual a la de Sasuke. Paso mis dedos por las tres aspas negras y mi respiración se entrecorta al saber que mi yo del pasado ha desaparecido desde que los dientes de Orochimaru se insertaron en mi cuello.
(...)
Seco mi cuerpo con una toalla, lentamente por el dolor que abunda en mi pequeño cuerpo. Me coloco la ropa que usaba antes de llegar aquí: una blusa de manga larga verde, unos pantalones cortos negros y mis botas. Si mis guantes siguieran intactos, los usaría; pero no es la ocasión y éstos están destruidos.
Con nuevas vendas cubro mis manos y después seco mi cabello lo mejor posible. Luego coloco la banda en mi cuello, para cubrir la marca. Salgo del baño y me vuelvo a recostar en la cama, mirando al techo. Tengo tantas dudas y miedos en mi cabeza que neutralizan mi capacidad para pensar. Miro por la ventana, intentando buscar algún punto en la vista que tengo para aburrirme y poder volver a dormir. Pero escucho golpes en la puerta y me obligo a sentarme.
—¿Sí? —digo con voz apenas audible. Vuelven a tocar la puerta y aclaro mi voz—. Adelante —digo con firmeza, o eso creo.
La puerta se abre y veo a un hombre anciano que me inspira confianza. Segundos después, a su lado aparece el chico de ojos violeta oscuro y cabello gris sin la túnica de Akatsuki. En otra ocasión que lo viera, me pondría en posición de defensa; pero al verlo junto a mi nuevo maestro, mantengo mi instinto bajo control.
—Hay varias cosas que debemos y deben hablar —dice Jiraiya.
Paseo mi mirada en ambos varones y asiento con la cabeza. Ellos lo toman como una invitación para entrar y sentarse en la otra cama, donde duerme Naruto. Mi supuesto hermano toma el lugar más alejado a mí.
—Necesito explicaciones —suelto sin poder contener más mi desesperación.
Jiraiya vacila y mira al chico en busca de su aprobación para contarme lo que sea que tenga en mente. El niño peligrís asiente y mi maestro se vuelve hacia mí.
—Takeshi decidió desertar de Akatsuki en cuanto te vio —suelta de manera brusca y directa.
Miro instintivamente a mi hermano y él me devuelve la mirada.
—Quiero hablar a solas con él —le pido a Jiraiya.
Él se levanta de la cama y sale por la puerta, cerrándola tras de sí. Takeshi evita mirarme y pasea su mirada, nervioso, por toda la habitación.
—¿Por qué dejaste Akatsuki? —le pregunto.
—Yo no sabía que eras mi hermana, tampoco. Sólo sabía el nombre de mi madre y mi padre. Akatsuki me prohibió alejarme de ellos y me asignó entre los dos más poderosos de la organización, para que no escapara.
Su forma de hablar es atropellada, como si lo estuviera atacando para sacar información.
—¿Cómo lograste salir? —Él me mira a los ojos y sé, en ese instante, que lo que dirá no es bueno ni para él ni para mí.
—En los nueve meses que estuve en el vientre de mi... nuestra madre —corrige y trago saliva—, ellos aprendieron sobre el Seisujikan. Cuando ella se fue, me comenzaron a criar ellos como si fuera un arma. Con lo que ellos sabían, me entrenaron sin piedad y me vi forzado a obedecerles en lo que quisieran...
En el momento que calla, su mirada se pierde y no resisto a mi instinto de acercarme. Me siento a su lado y él retrocede, un poco asustado. Con lentitud y precaución, acerco mi mano a la suya en señal de consolación.
—Está bien si no quieres continuar —le digo.
—No, lo haré —me asegura—. Después de conocerte —desvía su mirada de mis ojos hacia el suelo— y que dijeran toda la verdad sobre nosotros, me decidí a estar contigo, porque eres mi familia. Utilicé mi kekkei genkai para teletransportarme al lugar donde nos conocimos. Después de quitarme la túnica de ellos, busqué pistas por todo el lugar hasta dar contigo y la batalla. Te vi en peligro y no dudé en ayudar, pero...
—Está bien —lo detengo a tiempo, antes de que mencione la marca.
Alejo mi mano de la suya y medito sus palabras. Entonces, pregunto:
—¿Por qué me ayudaste?
A lo que él responde, mirándome a los ojos:
—Eres mi hermana.
Mi corazón se enternece y, con sólo mirarlo a los ojos, sé que dice la verdad.
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Una Llama Congelada
FanfictionUn tonto. Un amargado. Un impuntual. Tres varones que eran mis personajes favoritos de una historieta. Los tres lograban que mis días tuvieran una pizca de felicidad. Pero, sin saber por qué, mis días no sólo se volvieron plenos de felicidad, sino q...
