Capítulo 40: Un festival inundado

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Hola chic@s. Estoy muy agradecida. Gracias a vosotros, esta historia está llegando lejos. ¡¡Seguid así!! Antes de continuar, quiero informaros de que en los siguientes capítulos hablaré del tercer libro de Los descendientes en la versión de Tania. Como hice antes de empezar con el segundo libro, os pido que os leáis el tercer tomo y luego sigáis con mi historia. Muchísimas gracias por leerla. Y ahora, continuemos.

Había llegado un día muy esperado para los habitantes de Áuradon. En la playa del Rey Tritón, todos los años se celebra un festival del mar en el que las sirenas y criaturas marinas actúan y nos muestran su talento a los habitantes de la superficie. Era la primera de todas las festividades que las diferentes regiones de Áuradon iban a ir celebrando para mostrarnos su cultura, costumbres y talento.

Aquel año, iba acompañada de Ben, Mal, Evie, Carlos, Jay y Arabella, la sobrina de Ariel y amiga de Evie. Estábamos en la balconada real junto a la parejita Ben y Mal, que saludaban sonrientes a todo el mundo. Mientras, los demás nos hacíamos fotos y comentábamos las actuaciones. Había bailes hechos por las hermanas de Ariel, canciones cantadas por Sebastián, el risueño cangrejo de acento cubano, y una gran orquesta llena de talentosas criaturas marinas. Yo, que llevaba puesto un vestido color verde esmeralda con los hombros al descubierto y unos botines negros con peregrinas doradas, algunos brazaletes hechos de cuerda y una cinta amarilla en el pelo, un atuendo elegante que no solía llevar a menudo, pero que me sentaba genial, contemplaba cada una de las maravillosas almas talentosas que había en el escenario que había emergido de las profundidades del mar.

Después de disfrutar de unas cuantas actuaciones, llegó un descanso y el grupo entero nos fuimos a ver el mercadillo en el que se vendían auténticos tesoros totalmente desconocidos para los habitantes terrestres. Ben y Mal no se separaron en ningún momento. Mi amiga parecía estar nerviosa por el comportamiento que creía que debía tener la novia real y trataba de procesar todas las cosas que le estaban pasando en su nueva vida, que era muy diferente a la que había sido su infancia y parte de adolescencia, en la que había sido conocida como la segunda persona más malvada de la Isla de los Perdidos, después de su madre.

Mientras tanto, los chicos y yo fuimos a parar a un puesto de helados con sabores muy curiosos hechos con ingredientes marinos. Arabella nos dijo a qué sabor terrestre se asemejaban. Cada uno se pidió de un sabor. Yo, de chocolate, ¿cómo no? Es lo más delicioso que existe. Seguimos paseando por los puestos de ropa y vi que Carlos se probaba camisetas con mensaje y sombreros y aunque los otros hijos de los villanos lo veían como algo normal, a mí siempre conseguía sacarme una sonrisa. ¿Por qué? Algo dentro de mí sabía la respuesta, pero aún no quería que saliera a la luz. Temía estropear la perfección de nuestra amistad.

Tras un largo paseo, nos detuvimos a hablar y a esperar a que terminara el descanso. De pronto, oímos a través de los altavoces la voz del presentador, que nos pedía volver a nuestros asientos correspondientes, ya que iba a continuar el espectáculo. Arabella nos recomendó ir a ver la carrera de mariposa de un millón de metros de los hombres sirena.

-¿Y tú no vienes?, le preguntó Evie.

- Tengo que saludar a mi familia - respondió ella - Mi abuelo da una recepción bajo el mar. Os veo luego en la carrera sin aletas.

Todos nos despedimos de ella y, como nos dijo, volvimos al estadio a ver aquellos Juegos del Reino de los Mares. A mí y a Evie nos encantó el baile de aletas sincronizadas y a los chicos, las batallas de boxeo submarinas. ¡Estaba siendo un día increíble! Pero, como muchas veces suele ocurrir en los mejores momentos, pasó algo inesperado que arruinó el día. De repente, se desató una gran tormenta. Así, de la nada. Unos enormes nubarrones negros surgieron rápidamente y de ellas, cayeron rayos, truenos y una gran catidad de gotas de lluvia que nos estaban empapando de arriba a abajo.

-¡Vaya...! Se acabó la fiesta, exclamé cubriéndome como podía con los brazos.

-¡Vámonos de aquí! ¡Seguidme a la limusina!, gritó Ben.

Todos fuimos corriendo hasta la limusina real, calados hasta los huesos. Una vez dentro, respiramos hondo y Ben pidió al chofer que arrancara lo antes posible.

-¿Dónde está Arabella?, preguntó Carlos a Evie.

- Está bien. Sigue con su familia, respondió ella leyendo un mensaje de texto de su amiga.

-¡Qué mal que el festival haya acabado así!, solté, apenada mientras me escurría el vestido.

- Ya ves, lo llevan preparando tanto tiempo para esto, añadió Jay, algo frustrado.

¡Y no nos equivocábamos! Ese precioso Festival del Mar se había terminado desastrosamente por culpa de esa inoportuna tormenta. Pero, ¿de dónde había salido?

- He visto miles de tormentas, pero nunca, ninguna como esta, comenté contemplándola desde la ventanilla.

- La verdad es que es una tormenta un tanto extraña. Estaba todo soleado hasta hace unos minutos, añadió Carlos.

Todos estaban de acuerdo. ¿Qué habría desatado una tormenta tan fuerte, así, de repente, en un día tan bonito y soleado, como estaba haciendo? Es raro que llueva en Áuradon porque casi siempre hace sol. Lo más extraño es que no se habían anunciado lluvias para ese día y que la tormenta se desató de un momento a otro. Quería pensar que había sido casualidad, pero debido a los acontecimientos surrealistas que habíamos vivido los últimos meses, no podía dar nada por sentado.

Al llegar a la Academia Áuradon, ya secos y más tranquilos, decidimos que había llegado el momento de encargarnos de los talismanes. Eso fue justo lo que dijo Mal al bajar de la limusina.

- Esperaba a que lo dijeras, dijo Evie.

Al parecer, a Jay le hacía ilusión quedarse con la cobra dorada. Pero a Evie y Carlos les daba mal rollo tener esos artilugios cerca. La manzana decolorada de Evie, el anillo estropeado de Carlos, la terrorífica cobra dorada de Jay, la cual ya lucía como un simple palo sin brillo, y el misterioso Huevo del Dragón de Mal debían ser destruidos.

- Creo que es lo mejor. No podemos fiarnos de ellos - dije mirándolos todos mientras me recorría un escalofrío - ¿Estáis preparados?

Los cuatro asintieron, aunque muy en el fondo, sentían cierta pena al deshacerse de unos amuletos tan poderosos que les recordaban sus orígenes, los cuales rechazaban pero siempre permanecerían en su interior.

- Avisaré al Hada Madrina de que vamos para allá, dijo Ben.

- De acuerdo, dijo Mal.

Entonces, nos fuimos todos al despacho de la directora. Allí, nos esperaba la reluciente hada que poseía el artefacto con más poder del continente, su varita mágica. Ella anhelaba nuestra visita tarde o temprano. Una vez habíamos entrado todos, comenzamos a hablar sobre dicha decisión.

La historia de Tania PorterHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora