Capítulo 79: El paso del tiempo

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Tras la fiesta de celebración del compromiso de los reyes de Áuradon, el resto de los hijos de los villanos disfrutaron de aquel primer verano en nuestras tierras verdes, coloridas y alegres. El curso empezó y, mientras que Ben, Mal, Jay, Evie, Chad, Lonnie, Audrey y Doug ya se habían graduado, a Carlos, Jane y a mí aún nos quedaba nuestro último curso en la Academia Áuradon, en el cual estuvimos, constantemente, ayudando a los hijos de los villanos a adaptarse y a estudiar con nosotros. Incluso a Uma, Harry, Gil y los jóvenes más mayores, que venían en horario extraescolar a clases de Bondad curativa, impartidas por el Hada Madrina.

Durante mi último curso, yo pasé a ser la nueva capitana de los Caballeros guerreros de Áuradon, entrené a los miembros del equipo, entre los que seguía estando Carlos. Y, como ya sabéis lo que me gusta a mí romper las reglas, cambié una norma del reglamento para que tanto los chicos como las chicas que quisieran se apuntaran al equipo de torneo. Junto a Lonnie, la presentamos ante el Hada Madrina y la dirección del R.O.A.R y el Torneo y nos dieron el visto bueno. ¡Y fue todo un éxito! Hijos e hijas de héroes y villanos se sumaron al equipo y ganamos todos los partidos. Gracias a mí, las chicas empezaron a tener las mismas oportunidades en el deporte que los chicos. Yo tuve el honor de ser la primera chica del torneo y ahora estaba al mando de todos los chicos y chicas que se quisieran unir a los Caballeros. Incluso Celia, mi nueva gran amiga, se apuntó al equipo y se le daba de maravilla. Juré que al graduarme, ella sería muy sucesora como capitana del equipo del Torneo. Al terminar las clases, Harry venía a recogerme a la salida y, por la tarde, salíamos a divertirnos con nuestros amigos.

Cuando acabó el curso, fue mi graduación y, después, me inscribí en la misma universidad que Carlos para estudiar lo mismo que él, veterinaria. Siempre fue nuestro trabajo soñado y era un gozo estudiar juntos. Gracias a que fui a clase con él, me sentí mucho más a gusto, ya que tenía a mi mejor amigo, alguien de confianza, y además, podía contar con su ayuda para estudiar. Los veranos y las Navidades volvía a la selva con mis padres y, también, con Harry, que en seguida les cayó muy bien, tanto a mi madre como a mi padre, a pesar de que este le tuvo enfilado al principio para que no se le ocurriera ser un mal novio conmigo. Harry se enamoró de los animales de la selva e, incluso, le enseñé a hablar el idioma de los gorilas para que aprendiera a entenderlos. Mi vida parecía tomar un buen rumbo y yo me sentía feliz, pero, entonces, las cosas empezaron a cambiar. Es lo que tiene el paso del tiempo.

Cinco años después de que la barrera de la Isla de los Perdidos se rompiera para siempre, yo me encontraba, como de costumbre, en pleno mes de julio en mi cabaña en el campamento de mis padres. Ya había terminado la carrera y aún me quedaban muchos días de vacaciones antes de volver a la ciudad para empezar en la clínica veterinaria que tenía pensado abrir justo en septiembre. Pero aún no sabía ni cómo la iba a llamar, ni con qué más empleados trabajaría. Se acercaba una nueva era a mi vida.

Aquel día estaba jugando con las crías de Terk, la chimpancé que se había criado junto a mi padre desde que él llegó a manos de mi abuela, la gorila Kala. Ellas eran mis primas gorila y estaba pintando al óleo en una de las cabañas del campamento con ellas cuando escuché el sonido de una notificación de mi móvil y me levanté a ver de qué se trataba. En la pantalla, vi un mensaje de Carlos, al que seguía teniendo agregado como "Perrito", que decía que en dos minutos llegaría a la entrada de la selva, lo cual provocó que se me dibujara una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Mamá, ahora vuelvo! ¡Tengo visita!, dije en voz alta.

- Vale, cariño, dijo mi madre desde el interior de su cabaña.

Atravesé la selva trepando por los árboles, columpiándome de las lianas y deslizándome entre las ramas como si estuviera surfeando sobre ellas. Estaba en mi hogar y me sentía más libre y más orgullosa de ser una chica de selva que nunca. Aterricé en un sendero por el que caminé hasta llegar a la carretera de tierra y, de lejos, vi un carruaje, que se había detenido en la parada y del cual se estaba bajando un chico de pelo rizado blanco, que vestía con una camiseta blanca y negra, unos pantalones cortos rojos y unas deportivas negras. No llevaba ninguna maleta consigo, sólo una mochila roja con un símbolo de dos huesos blancos y negros cruzados entre sí. Se giró y vi su cara llena de pecas, sus ojos marrones y su enorme sonrisa. Para entonces, su pelo se había rizado muchísimo y el tenerlo tan abundante le hacía muy adorable, más de lo normal.

La historia de Tania PorterHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora