- ¡FRANCISCA! ¡RAIMUNDO! - Los gritos de Leonor inundaron la sala y provocaron el llanto de Tristán, el cual se había quedado dormido en el carrito. Semejante despertar le había asustado.
Como resortes, Raimundo y Francisca se separaron y comenzaron a abrocharse y recolocarse sus respectivas prendas.
Leonor centró su mirada en el pequeño Tristán para disminuir el azoramiento de los muchachos. Así, entre sus brazos, el pequeño volvió a calmarse.
Pasados unos segundos, los cuales sintió como horas la pobre Leonor, Francisca y Raimundo habían terminado de arreglarse y tenían la respiración controlada nuevamente.
- No gastáis ningún tipo de conocimiento. - Espetó Leonor enfadada. No por haber sido testigo de su amor, si no por la poca cabeza de manifestarlo de ese modo en un lugar que estaba al alcance de cualquiera.
- Tiene razón, Leonor. - Contestó Raimundo mientras se acercaba a ella con el propósito de coger en brazos a Tristán.
Francisca, tratando de quitar hierro al asunto, preguntó a Raimundo si Ramón había logrado avanzar en sus pesquisas contra Salvador.
- El siguiente paso es recabar más testimonios de testigos que estén dispuestos a declarar las barbaridades cometidas por Salvador ante el juez. - Contestó Raimundo tratando, en balde, que Francisca no notara la desazón que eso le provocaba, pues ¿quién iba a estar tan alunado de declarar en contra de Salvador?
- Se me antoja un imposible. - Murmuró a modo de respuesta Francisca, mientras arrebataba de los brazos de su padre a Tristán para volverlo a dejar en el carro de paseo.
Raimundo rodeó con sus brazos a Francisca y, tras darle un cálido beso en la sién, decidió dar por concluida la conversación. Leonor, maldiciéndose por romper ese breve momento de calma, tomó la palabra. - Francisca, deberíamos volver a la Casona, en breve va a dar el mediodía y no tengo preparada la comida.
Francisca asintió. Por su mente estaba empezando a rondar un idea y no quería dejarla pasar, pero necesitaba la complicidad de alguien con el que hace apenas semanas jamás hubiera contado. Y así, sin darle más vueltas y decidida con lo que iba a hacer, inició el plan. - Raimundo, mi bien, esta tarde tienes visitas, ¿no? ¿A qué hora acabarás? A Tristán y a mi nos encantaría merendar contigo y con tu padre.
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El campanario anunciaba las cinco de la tarde mientras Francisca se dirigía a La Traba junto a Tristán por el camino que unía dicha hacienda con la de los Montenegro. Francisca se detuvo en seco: no podía entrar por la puesta principal, ¿qué pensarían las criadas?. Y en ese mismo instante, tuvo la solución.
- Francisca, ¿qué diantres haces ahí? - Preguntó un asombrado Ramón al ver a través de la ventana a Francisca, con Tristán en brazos, haciéndole aspavientos desde el jardín. Ramón abrió rapidamente la ventana y tomó en brazos al pequeño Tristán, mientras miraba desconcertado como Francisca, ágilmente, se aupaba lo suficiente para saltar por la ventana y entrar en la estancia. - Raimundo me dijo que os llegaríais sobre las seis de la tarde. - Dijo Ramón todavía desubicado con la escena que estaba sucediendo frente a él.
- Quería hablar asolas con usted. - Contestó Francisca sin rodeos mientras se quitaba todos los restos de las ramas y hojas que había arramblado a su paso para lograr entrar por el jardín y, de ese modo, esquivar a cualquier criada. - Lamento el estropicio que he ocasionado en el jardín, pero consideré que era la mejor opción para no ser vista.
Ramón seguía con Tristán en brazos sin entender absolutamente nada de lo que había hecho la Montenegro. - Francisca, hoy es el día que tiene la tarde libre el servicio, por eso entendió Raimundo que habías decidido en venir hoy.
Francisca se sonrojó. Acababa de quedar como una estúpida frente a Ramón Ulloa. Su ego bien sabía que jamás podría perdonárselo. - Así es, no obstante desconocía la hora en la que el servicio por completo abandonaba sus obligaciones. - Contestó a modo de explicación mientras se dirigía a la mesa de licores. - ¿Puedo? - Pregntó a Ramón sin mirarle a los ojos mientras sujetaba con su mano una botella de brandy.
- Que sean dos. - Contestó Ramón ahora preocupado por el modo de proceder de Francisca. - Y dime, ¿qué querías hablar conmigo que no debe saber mi hijo?. - Dijo mientras se sentaba en el sillón con Tristán todavía en brazos.
- Quiero que sea sincero conmigo y que me diga como va el asunto que tenemos entre manos. - Dijo Francisca tras catar el licor. - Si le soy sincera, aunque soy consciente de que no es una afrenta fácil, cada día que pasa estoy más impaciente. - Volvió a beber mientras se decidía a sentarse al lado de Ramón mientras tomaba de sus brazos a Tristán.
- Hoy mismo llega nueva documentación. En cuento la analicen mis abogados y, si es de suficiente calibre, nos confirmarán si con ello ya es suficiente para procesar la oportuna denuncia. - Contestó Ramón mientras ahora era él el que se ponía de pié y rellenaba su copa.
- Don Ramón, estoy dispuesta a aguardar si con a nueva documentación los abogados no garantizan el garrote vil para Salvador. Cualquier otro posible desenlace no nos sirve ni a Tristán, ni a Raimundo ni a mi. - Espetó de carrerilla Francisca mientras que, por primera vez, miraba fijamente a los ojos al Ulloa. - Salvador debe morir para que nosotros podamos vivir.
Ramón sintió una mezcla de orgullo y agradecimiento tras oír esas palabras. Orgullo por ver como Francisca defendía como una leona a su hijo y a Raimundo. Y agradecimiento por haber sido tan valiente de sincerarse con él sin ambajes.
- Francisca... - comenzó a decir mientras se acercaba lentamente a ella. - Salvador morirá. - Sentenció mientras extendía sus manos hacia la joven Montenegro. - Ajusticiado o no, pero su desenlace ya está escrito. - Terminó de decir mientras tomaba con sus manos las de Francisca y observaba como unas lágrimas descendían por sus mejillas.
- Gracias. Muchas gracias. - Contestó sinceramente agradecida Francisca pues, hasta ahora, no sabía la falta que le hacía a su propio corazón escuchar que Salvador moriría.
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Raimundo y Francisca
RomanceRaimundo, con 24 años, acaba de terminar la carrera de Medicina y ha vuelto a Puente Viejo para quedarse. Francisca, de 22, se dedica a administrar sus tierras junto a su padre, Enrique Montenegro. Ambos se conocen desde niños y la amistad inicial s...
