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Capítulo 30

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Sintiéndonos
Vanesa Martín

Narra Vanesa

- Lo que quiero decir, es que no hay nada... - trago grueso - Ha sido algo... imprevisto. De momento, es... sólo eso.
- ¿Sólo? ¿De verdad quieres hacerme decírtelo?
- ¡No! Sólo fue un...
- ¿¡Un qué!?
- Ya sabes...
- No, no lo sé Vanesa.
- Joder...
- ¿¡Un qué!? ¡Dilo!
- Un...
- ¡Vamos!
- ¡Un beso!

Ya está, nos habíamos destruido.

¿Esto es todo?

¿Hasta aquí?

¿Por un... beso?

- Más de uno. - Recalca.
- Vale, sí. Ya está, ¿contento?
- No.

Por fin levanta su mirada hacia mí. Sus ojos están cristalinos y rotos, al igual que nuestros corazones.

- ¿Y... ha... significado, algo... para tí?
- No, no lo sé. - Me sincero. - Trato de averiguarlo.
- ¿Lo amas? - Dice casi en un susurro.
- ¿Qué? - Lo he escuchado, pero necesito... tiempo.
- Que si lo amas.
- Yo... no, no sé.
- Es simple, una pregunta de si o no. ¿Lo amas? - Sigo sin responder. - ¿Es esa persona con la que deseas compartir tus noches, tus mañanas, los días, todo aquello que te pasa...? ¿Es quién te espera con los brazos abiertos cuando vuelves de trabajar y mira con cara de bobo la pantalla del móvil cada vez que esta se enciende mostrando un mensaje tuyo? ¿Aquel que, de una forma u otra, se entrega en cuerpo y alma a ti y daría hasta su propia vida por tí si fuera necesario? - Respira y su mirada me quema. - ¿A quién amarías... por siempre?
- No... no sé. - Digo casi de forma inaudible. Aún estoy en shock tras haber escuchado todo esto. - Tal vez... algún día. Necesito tiem...
- Hoy no es ese día.

Y lo siguiente fue sentir sus labios desesperados sobre los míos, llevando una mano a mi espalda y la otra a mi nuca, quitándome el aire y la respiración, mientras todos nuestros sentidos se revolucionaban en ese beso, ese beso que por tanto tiempo extrañé.
Sentía sus labios atrapar los míos, mi piel erizada al sentirlo y la locura que siempre nos acompañó, viva como hace tiempo.

Mis manos corrían libres por su espalda mientras él dejaba un rastro de besos hasta mi cuello. Dejándonos llevar, y de un rápido movimiento ambos quedamos tendidos en ese sofá, él encima de mí.

Y realmente quería contestar, porque necesitaba que él entendiese, arreglar las cosas, no podía pasar tanto tiempo en el que ni una llamada o un mensaje deseándome buenos días o preguntando qué tal, tanto tiempo sin saber de él y él de mí, de sabernos como antes. Pero su cercanía me podía más, su cuerpo sobre el mío, sus dedos enredándose en mi cabello y acariciándome, con su respiración en mi piel, y sus besos en mi cuello, sintiéndonos. Él y yo y nadie más.

Se sentía como si supiese que tenía control total sobre mí, como si estuviera demasiado ocupado en mi cuerpo como para entablar esa conversación.

Nuestros cuerpos cada vez más juntos, aunque esto no fuera posible, entre besos regados por mi piel, con las respiraciones alteradas, con un frenesí contenido, haciendo uso de todo mi autocontrol y reuniendo toda la fuerza de voluntad presente en mi cuerpo, lo frené. Atrapé sus manos fuertes con las mías y detuve sus besos haciendo que ambos nos mirásemos, calmando nuestras respiraciones y a nuestros cuerpos que ya no podían volver a separarse.

- Espera... - dije casi de forma inaudible.
- ¿Qué, qué pasa? - Preguntó confundo pero asustado a la vez.
- Espera, espera - decía intentando respirar, mirándole fijamente a los ojos, regresando a la vida - para...
- ¿Por... estás bien? - preguntó detallandome.
- Sí, sí... No podemos... no aquí - dije un poco asfixiada.
- No perdamos el tiempo... - susurró cerca de mi oído, muy bajito, con un tono bastante ronco, suave y lento. Muy sexy para mi gusto.

Como él dijo no perdimos tiempo recogiendo los abrigos que habían quedado en el suelo o cuestionandonos si hacíamos lo correcto. En esta realidad idealizada sólo existíamos él y yo, y ni el tiempo en estos momentos podría separarnos.

Agarrados de la mano y entre besos y caricias subimos a la primera habitación, aquella en la que una hora atrás había estado llorando con el único consuelo de mi Amparo.

No podía dejar de mirarlo, de detallarlo, cada parte de él que me traía loca, sus ojos brillantes al mirarme, tiernos pero al mismo tiempo conteniendo a una fiera en momentos así, sus labios rosados quietos, más impacientes por unirse a los míos.

Sus labios me atraparon, devorando los míos, con sus manos tocando toda mi espalda por debajo de aquella tela, traspasándome la piel, con fuerza, llevándome hasta chocar con la cómoda.
Sus besos me recorrían y yo como podía me aferraba a él.

Me había cogido en brazos, yo lo rodeé con mis piernas, aferrándome a su cuello y con la respiración alterada. Sus manos se enredaban en mi camiseta, tirando hasta deshacerse completamente de ella. Volvimos a mirarnos, pero poco, porque no tardé un segundo en comerle la boca, con tanta fuerza que ambos caímos en la cama, yo sobre él y luego él sobre mí, besándome y mis piernas enredándose en él como tanto amamaban.

-Después de tanto esto es como una primera vez. - Me dijo mientras mordía mi cuello.
- Todas las primeras veces que quieras.

De un tirón terminó de bajar mis pantalones, dejándolos caer al suelo, enredando sus dedos en mi braga, tocando toda la piel que podían. Mientras, mis manos recorrían su espalda deshaciéndose de todo rastro de tela, rasgando, aferrándome fuerte a él.

Sentir su cuerpo contra el mío, en esa cama, mientras nos hacíamos uno, piel con piel, sudorosos, con sus manos libres reconociéndome y sus gruñidos fuertes, que se mezclaban con mis gemidos, anclando mis manos a su espalda.

Presos de la desesperación, los movimientos eran cada vez más rápidos, fuertes, incontrolables. Mis dedos se enredaban en su pelo, en un intento de acercar sus labios a los míos, mientras me miraba con los ojos entrecerrados y sin parar de moverse, entendiendo que él no tenía el control, yo tampoco.

Lo habíamos perdido.

Una vez más.

. . .


- Te... he... ech...ado de... menos. - Logré decir entre jadeos.

Su única respuesta fueron sus labios a mi boca llevándome al cielo una vez más.

. . .

Sus manos se adentraban en mi pelo, con la mirada fija en mis ojos, justo en el borde de la cama, con ambas gargantas al borde de un grito, enrojecidos por todos lados, un par de locos, sintiéndose más que nunca.

Hasta que nos cueste respirar.

Hasta sentir que se nos iba la vida, juntos, piel con piel, temblorosos, en lo que sería tan irrespetuoso llamar orgasmo, porque no, no había sido sólo eso, había sido muchísimo más.

Acabamos tendidos en la cama, inmóviles, desnudos, con posibles daños en la piel, uno que otro moretón y las mejillas ardiendo. Despeinados, sudorosos, con la respiración intentando normalizarse, en silencio, pero su mirada fija en mis ojos, lo decía todo, dulce, brillante, con una pequeña sonrisa, con una pierna doblada y un brazo reposando sobre su estómago, muy en paz.

Llevó su mano a mi cara y acarició hasta mis labios, con cuidado, mientras yo le dejaba uno que otro beso en la punta de sus dedos, acercándome a sus labios, besándole lento, muy suave, porque nunca bastaba.

- No sabía lo mucho que te extrañaba. - Dice cerca de mi oído.
- Me has hecho mucha falta. - Digo abrazando fuerte su cuerpo.
- Te amo.

Claro estaba que después de tanto no queríamos un segundo lejos, al menos, no por esta noche.

Esta noche que fue testigo de cómo nuestros labios se buscaban, nuestros cuerpos se movían en perfecta sintonía, fundiendo nuestras pieles siendo uno solo, una y otra vez.

.
.
.

¿Y, bien...?
¿Cómo va esto?
¿Qué pasará?

Segunda oportunidadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora