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Capítulo 44

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La electricidad
Melendi & Aitana

Narra Vanesa

Desperté por los rayos del alba, el sol apenas empezaba a asomar, pero la persiana estaba abierta y mi mente ya funcionando. La promesa que le hice a Lola resonaba con fuerza en mi cabeza, pues no me veía con fuerzas de levantarla, si por mí fuera me quedaría con ella así todo el día.

Fue entonces que noté un peso extra sobre mí, un cuerpo pegado al mío y una mano en mi vientre. No necesité girarme para saber de quién se trataba.

¿En qué momento?

Aunque lo cierto es que me daba igual, estaba demasiado agusto en este momento como para hacerme más preguntas, no tenía fuerzas ni para cerrar aquella persiana y seguir durmiendo junto a ellos, los cuáles no daban señales de ir a despertar en breve.

Cogí la mano de Melen que descansaba en mí y la levanté para poder incorporarme y agarrar su móvil. Miré la hora y con las mismas dejé su móvil en la mesilla y volví a colocar su mano sobre mi estómago, siempre me había gustado dormir así, en esta misma posición, con él.

- Vane, no te muevas tanto. - Dijo adormilado.

Su voz rugosa y un tanto ronca de recién despertado erizaba cada vello de mi piel y una corriente eléctrica me recorría cada vez que la escuchaba. Esta respuesta involuntaria de mi cuerpo me hacía ver que yo no tenía control.

Comencé a hacer caricias, primero por su mano y poco a poco fui subiendo por su brazo, girando y quedando a milímetros de su cara, recordando aquel beso que me dió ayer por la noche. Inconscientemente una sonrisa se dibujó en mi rostro y mis dedos fueron directos a acariciar sus labios, mientras los míos susurraban su nombre.

- Cariño. Duerme, es temprano. - Dijo besando mis dedos.

Tomó mi mano y una vez más me abrazó apretándome fuerte contra él. Yo hacía uso de toda mi fuerza de voluntad para no caer rendida ante él.

- Melen. - Susurré muy cerca de sus labios.

Quería besarlo pero había algo, mejor dicho alguien, que me lo impedía, por ello y con los ojos cerrados me volví a alejar de él pegando mi espalda a Lola.

- Amor te has dejado la persiana abierta. - Susurró.
- Ciérrala. - Respondí del mismo modo.
- Déjalo, cierra los ojos y no se nota. - Dijo volviéndome a tomar.
- Me gustaría, pero es tarde, Lola…
- ¿Qué?
- Te llama. - Inventé.
- Quién me mandaría… - Calló de repente tras abrir los ojos y volver un poco en sí.

Tras despertar de su mundo de ensueño.

Se hizo el silencio entre ambos tal vez un poco incómodo pero él solamente sonrió, como si no hubiese dicho nada o no fuese a decirlo.

- Buenos días. - Saludó amigable, dejando atrás lo ocurrido.
- Ya era hora corazón.

Pasamos un rato en silencio, hablando a través de nuestras miradas, comunicándonos en un idioma que sólo nosotros entendemos. Complicidad.

Pensaba que solamente iba a acariciarme cuando llevó su mano a mi costado, pero mi risa me indicó que esas no eran sus intenciones.

Intentaba frenarlo sin mucho éxito pues él era más fuerte, mis carcajadas eran cada vez mayores y no podía parar de moverme, eso sí con cuidado de no despertar a Lola que seguía durmiendo plácidamente.

Nuestras risas se mezclaban en una, su cuerpo sobre el mío y sus manos sin parar de hacerme reír, ambos jugando en la cama como dos niños chicos, que se miran sin tocarse, sin dobleces, libres.

Tras una intensa guerra de cosquillas ambos volvimos a caer tendidos en la cama, abrazados y con una sonrisa que no nos cabía en la cara.

- Tenemos que despertar a Lola.
- ¿Seguro? Podríamos dejarla descansar.
- Tú se lo prometiste.
- Lo sé. - La miro. - Se ve tan tranquila. No quiero despertarla para…
- Tranquila, seguro que todo pasa. - Dice dejando una mano en mi hombro. - Me da a mí que si no la despertamos tendríamos un problema con esta chavalita.
- Sí. - Dije a la vez que dejaba salir una risilla. - Tiene carácter.
- Es tu hija, ¿qué esperas? - Respondió de broma haciendo alusión a la mentirijilla de ayer.
- Te juro que no me esperaba que funcionase tan bien.
- Yo sí. - Respondió ganándose un golpe por mi parte. - Au. - Se quejó con cara de inocente.

De nuevo el silencio se apoderó de la habitación, pero por poco tiempo. Me puse de rodillas en la cama y me acerqué a Lola. Intenté llamarla y darle unos suaves toques, aunque se movía no despertó.

- Déjame a mí. - Dijo Melen.

Se puso a mi lado, en la misma posición que yo y comenzó a acariciar a la niña y a susurrarle. De un momento a otro escuché una risilla, él me miró triunfante. Ya sabía por dónde iba.

- Lola. - Decía mientras seguía con las cosquillas. - Lolilla.

La escena era muy tierna, ella ya estaba despierta aunque seguía con los ojos cerrados, pero su sonrisa y las risas la delataban. Ellos dos jugando en la cama, envueltos en risas y de lo más naturales, siendo ellos dos, dos niños.

- Cuidado. - Gritó Lola.

Pero para mí fue tarde. Melen ya estaba encima mía en un nuevo ataque, y yo estaba indefensa.

- Ven Lola. Ayúdame. - Le dijo.

Ella no lo dudó y se sumó a Melen.

- Traidora. - Decía como podía entre risas. - Serás…
- Esa boquita. - Regañó Melen.
- Sí, sí. - Apoyó a Melen la niña. - Es que sino me hace cosquillas a mí. No lo siento. - Decía riendo.

Una vez más las miradas de Melendi y yo se cruzaron y fue cuestión de segundos qué Lola estuviese tumbada en la cama y nosotros contra ella en esta guerra tan divertida.

- ¡No! Os habéis aliado. Me rindo, me rindo… - Decía muerta de la risa.

Casi media hora más tarde estábamos los tres, unos encima de otros, bocarriba en la cama, sudorosos y con dolores de tanto reír.

¿Podría catalogarlo como uno de los mejores despertares de mi vida?

Sí, definitivamente sí.

Esto es felicidad de la buena.

. . .

Otro día más llegamos al hospital, esta vez en mi coche y tal vez un poco menos nerviosos, más amigos, cómplices de un maravilloso despertar.

Lola seguía analizado todo con esa mirada suya tan inquietante, observando cada médico, cada paciente, cada sonido que se escuchaba, todo a nuestro alrededor.

Hoy habíamos pasado sin problema y el lugar estaba menos concurrido. Y sentados en el mismo lugar de ayer esperamos, pero esta vez con otras caras, ánimos distintos, manteniendo conversaciones y compartiendo alguna que otra risa.

- Familiares de Luis Hernández. - Exclamó uno de los médicos que habíamos visto entrar varias veces en aquella habitación.
- Aquí. - Respondió Lola prácticamente saltando de la silla.

El doctor nos miró, primero a Lola y luego a mí, con una sonrisa forzada y ojos tristes.

- Díganme qué relación tienen con el señor Hernández por favor.
- Yo soy su hija, él es amigo, muy amigo - Repitió dándole a entender al médico que era importante. - Y ella es mi mamá. - Dijo tomando mi mano con seguridad.

Joder, ¿de dónde saca tanta fuerza esta niña?

El médico me sonríe y yo asiento con la cabeza para dar más credibilidad a las palabras de la niña.

- ¿Podemos pasar? - Preguntó Lola impaciente, mientras intentaba ver detrás del hombre de bata blanca.

Él seguía mirándome con aquella mirada triste que no me transmitía nada bueno, como pidiendo permiso para darle paso a la niña, esperando que fuera yo la que tomase la iniciativa.

Pero qué iba a hacer yo que apenas la conozco desde hace un mes.

- ¿Podemos - Tomé aire y volví a empezar. - ¿Podemos pasar?
- Claro, pero antes necesito hablar con usted.

Segunda oportunidadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora