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Capítulo 62

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Llueven las luces
Vanesa Martín

Narra Vanesa

Conocía estas calles como la palma de mi mano, cada curva y lugar exacto de los semáforos, los desvíos y rutas alternativas. Perfectamente podría hacer el camino con los ojos cerrados, una y otra vez, porque no me canso.

Por otra parte, sentir sus manos en mi vientre, con su pecho completamente pegado a mi espalda, en un intento un tanto estúpido por resguardarse, al interrumpirlo y asustarlo cuando tomé aquella curva sin disminuir la velocidad, pero con total seguridad en lo que hacía, era la mejor sensación del mundo.

- Cabrona. - Habló sin separarse, todavía consternado por el susto.

Yo sólo podía reír, sin verle la cara sabía perfectamente lo que pensaba y sentía. Pocas veces podía sentirlo así, tan vulnerable. Y era tan tierno y gracioso a la vez, no podía perder esta oportunidad.

Quién lo diría. Este hombre, de casi dos metros, aferrado fuertemente a mí cintura, con miedo, pero con fe ciega en mí. Sobretodo eso.

Seguí manejando lejos de las luces de la ciudad, de los ruidos y de la gente, en sentido contrario al mar. Subía colinas por caminos poco frecuentados para finalmente deterneme a un lado del andén, aparcando en un trozo de tierra que había, literalmente, en medio de la nada.

- ¿Hay que bajarse? - Preguntó dubitativo.
- Puedes quedarte aquí si lo prefieres. - Contesté guardando el casco y alejándome de allí.

No tardó nada en alcanzarme. Me seguía a través de la maleza, sin tener ni puñetera idea de dónde estábamos o a dónde íbamos, pero me seguía, sin objeciones, ni dudas.

Me detuve por última vez, girándome para verlo directamente a los ojos. Tomé sus manos y caminé de espaldas, agachados para no chocar con las ramas bajas de algunos árboles y finalmente solté una de sus manos permitiéndole ver la maravillosa vista que se extendían ante nosotros.

No estábamos demasiados altos, pero lo suficiente para ver toda la ciudad desde arriba. Era bonito, mi Málaga lo es, tal y como el mar que se extendía ante nosotros, diferentes trozos de tierra entraban y salían de él, pero era imposible ver toda la amplitud de este, haciéndose infinito ante nuestros ojos.

Era imposible permanecer indiferente ante semejante maravilla.

- Wow...

Fue lo único que logró decir, pues miraba a todos lados, maravillado, pasando de un lado a otro rápidamente, pero deteniéndose en cada cosa.

- ¿Te gustan las vistas? - Pregunté sacándolo de su ensimismamiento.
- ¿Que si me gustan? ¡Esto es una locura! - Contentó volviendo su vista al frente. - ¿Cómo no sabía yo de este lugar?
- Hay tantas cosas que no sabes...
- Pero para eso estás tú, para mostrármelas. - Contestó rodeando mi cintura con su brazo, uniéndome a él.

Dejé caer mi cabeza sobre su pecho y pasé mi brazo por su espalda, cerrando los ojos dejando que el latir de su corazón me invadiera.

Pasamos un buen rato así. Él admirando el paisaje y sin descuidar un segundo su agarre sobre mí, mientras yo, inconscientemente, dibujaba figuras sin sentido sobre su pecho con mi mano libre.

- ¿No tendrás por casualidad una manta por ahí?
- ¿Qué? - Pregunté dejando atrás la fantasía que estaba viviendo. - ¿Qué has dicho? - Repetí, esta vez mirándole a los ojos.
- Ver el amanecer desde aquí debe ser increíble.
- Lo es. - Confirmé.
- ¿A cuántos has conquistado en este lugar? - Soltó dejándose caer sobre la hierba.
- Sólo a tí. - Contesté tumbandome a su lado.
- ¿Quieres decir que soy la primera persona a la que traes aquí?
- Puedes sentirte privilegiado. - Dije con cierto tono burlón en la voz, uno que sólo me salía estando con él, cuando era yo, sin más.
- No me lo creo.
- Creételo. Este no es mi lugar de citas. No me van los picnic en colinas, o los amaneceres en compañía... Este es mi lugar seguro, un lugar que pocas personas conocen, tranquilo y perfecto para afrontar los problemas. - Contesté inconsciente, abriéndome totalmente, como siempre cuando se trataba de él. - Aquí es donde vengo a evadirme de todo y de todos, a donde voy cuando no quiero que me encuentren. Aquí puedo ser yo sin que nadie me cuestione.
Y sólo sé que es la hora de volver cuando las luces de la ciudad se encienden o el sol comienza a ascender en el cielo, dándome fuerzas para afrontar un nuevo día.

Lo solté todo casi de seguido, sin pensar ni poder detenerme, pero no me importaba, él no haría nada en mi contra, de eso estaba segura. Podría decirle cualquier cosa y no me delataría.

- ¿Quieres decir que nunca has hecho el amor aquí? - Solamente negué. - Sobre el césped rojo...
- Es naranja. - Corregí.
- Me da igual.
- Y no voy a tener sexo aquí, jamás.
- ¿Por qué? - Preguntó extrañado.
- Este es mi lugar seguro y, si alguna vez, me enamoro, no puedo hacer el amor aquí, aunque nos sobren las ganas. Porque si a posteriori no funciona, que al fin y al cabo es lo normal, no podría volver aquí. Yo vengo aquí a evadirme de todo, y no puedo permitir mirar a un lado y recordar todo lo que un día fuimos. Verme con alguien más, haciendo el amor sobre la hierba, con Málaga a nuestros pies... y que al final no está en mi vida, es un suicidio. Cada recuerdo.

Soltó un suspiro a modo de asentimiento mientras procesaba todo lo que había dicho y dándome la razón en aquel silencio.

- ¡OYE!
- ¿¡Qué!? - Exclame sobresaltada por su grito.
- ¿Han tocado al timbre? - Preguntó ya sin mirarme.
- Yo no he escuchado nada.
- No, claro. ¿¡Pero cómo ibas tú a escuchar algo, que estaba habland...

Fue interrumpida, y esta vez no nos quedó duda.

Alguien había tocado al timbre.

- ¿Esperas a alguien? - Pregunté levantándome tras de ella.
- Sí, claro, a las 1 de la mañana... - Siguió hablando mientras nos acercábamos juntas para ver quién era y qué era tan importante, como para molestar a estas horas.
- Tampoco hace falta qu...
- Melendi.

Estaba tan sorprendida que no se había dado cuenta de que me había interrumpido.

- Ehh, no, no he dicho nada de...
- Está aquí. - Dijo volviendo a verme e interrumpiéndome de nueva cuenta.
- ¿Qué? - La aparté para mirar por la mirilla. - No puede ser, está en Málaga.

Conforme hablaba mi voz se hacía más pequeña, disminuyendo su volumen hasta terminar en un susurro que sólo yo podía escuchar. Y es que no daba crédito a lo que estaba viendo.

Era él.

Estaba al otro lado de la puerta, con Lola en brazos cubierta por su abrigo, que la protegía del frío madrileño mientras dormía.

- ¿Cómo...
- Ahora lo sabremos. - Y abrió la puerta sin darme tiempo a decir nada más.


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Tal vez no sea muy largo, pero no quería demorarme más en actualizar.
El próximo se viene fuerte y espero que compense.
Un saludo y feliz año 💜

Segunda oportunidadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora