77. Pesadilla

102 5 6
                                        

¡Hola! Cuando ya casi nadie daba nada por el final de esta historia... ¡Volvemos! Espero que estéis preparadas para el final, porque iré publicando dos capítulos por semana hasta el final... ¡Y con algunas sorpresas! Muchas gracias por adelantado a quienes aún tenéis interés en saber cómo acaba UVC. Espero que el final esté a la altura. Por el momento, aquí está el primero de los capítulos. ¡Nos leemos!

—¡Sííííí! La hermanita ya está aquí. Mira, Alejandro.

—Ten cuidado, Emma, así, despacito.

—Huy, está llorando, mamá. ¿Tiene hambre?

—Creo que no, acaba de comer.

—¿Entonces qué le pasa?

—Es muy pequeña. Creo que aún tiene que acostumbrarse a estar con nosotros.

—Pero Alejandro no era así... ¿Es que la hermanita no quiere estar con nosotros?

__________________________________________________

(Amaia)

Le hice caso a Alfred cuando me dijo que firmáramos el permiso para el contrato de la niña.

—Recapacitará, ya lo verás —me prometió.

Y le creí. Claro que le creí. Con todas mis fuerzas.

Helga no podía irse. Tenía diecisiete años, por favor. ¿A dónde se suponía que iba a ir con esa edad, sin ni siquiera haber terminado el bachillerato?

—Si nos oponemos ahora, entonces se irá, pero por las malas —había añadido Alfred.

Y me pareció convincente, sobre todo después de escuchar su parte de la conversación con el malnacido de Ben Ortega. Pensaba que era imposible odiar a alguien más que a Mateo Carabel, pero este demonio estaba disputándose el empate. Y los dos tenían parte de su objetivo en común: Helga. Claro que uno la quería para su propio beneficio, mientras que para el otro era una simple forma de hacerme daño a mí.

—¿Y si...? —titubeé—. ¿Y si al final se fuera, Alfred? —me atreví a preguntarle, sintiendo el pánico en cada fibra de mi ser.

Solo me había respondido un silencio cargado de significado, y un abrazo que intentaba sostenerme tanto como sostenerse a sí mismo.

Al menos, habíamos conseguido retomar un poco nuestra figura de autoridad para con Helga, pero aún no estaba segura de si eso nos iba a servir de algo.

—Queremos hablar contigo sobre el permiso para el contrato, Helga. Y sin malas caras, o no pondremos de nuestra parte —la había avisado Alfred.

Ella había abierto mucho los ojos.

—¿Pero vais a poner de vuestra parte?

—Eso dependerá de ti y de tu actitud. Como comprenderás, no vamos a firmar ningún permiso si no estamos tratando con alguien adulto y responsable —le había explicado su padre.

Sus ojos se habían puesto opacos por un momento, pero había acabado asintiendo. Entonces se había sentado en la mesa de la cocina, donde siempre acabábamos tratando todos los asuntos importantes, y nos había hecho un gesto con la cabeza, dándonos a entender que estaba lista.

En ese momento había vuelto a sentir el miedo, porque me pareció estar enfrentándome a una persona madura y serena. Pero no, eso era solo la apariencia. Por dentro, Helga estaba tan perdida como nosotros con ella. ¿Verdad?

¿Verdad?

Antes de empezar había mirado a Alfred en busca de apoyo. Siempre se me había dado mal llevar el peso de la conversación, especialmente con Helga. A mí me escuchaba menos que a su padre, si es que eso era posible.

Una voz compartidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora