17. ¿Dónde estaba?

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—Helguita, ¿por qué te has escapado del cole?

—No me he escapado, papi. Solo me he ido porque quería ir a Pamplona a ver a los abuelos. Todo el mundo hablando de los suyos y yo los echaba de menos... No entiendo por qué mamá se ha enfadado conmigo.

—No se ha enfadado, es que se ha asustado mucho. Solo tienes seis años. Las niñas de seis años no se van solas a visitar a los abuelos. ¿Lo entiendes, peque?

—¡Es que ese es el problema! ¡Ya no soy peque! Yo solo quería ir a visitar a los abuelos. Emmita siempre dice que la familia es importante... Y Pamplona seguro que no está tan lejos.

—Sí está un poco lejos, Helga. Prométeme que nunca lo volverás a hacer. La próxima vez, si quieres visitar a los abuelos o a los yayos nos lo dices a mamá o a mí, ¿vale? Pero no puedes escaparte del cole, que todo el mundo nos preocupamos...

—Que no me he escapado. ¡Y no! No te lo prometo. De todas formas, da igual, la señora que me vio en la esquina me trajo de vuelta al cole aunque yo no quería... ¡No lo entiendo!

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(Alfred)

No me sorprendió la llamada de Amaia, más bien al contrario. ¿Quién no se la iba a esperar, después de lo que acababa de escuchar por la radio?

Estaba en el despacho de Suebre Music, organizando documentos (sin duda, la parte más tediosa de la discográfica), y me había puesto el programa de fondo. Me había dado mucha rabia no haber podido ir, pero se nos había estropeado un aparato en el último momento y Jaume no podía estar para recibir al técnico, así que se me había hecho tarde.

"No puede ser, Alfred. La próxima vez dejas la máquina estropeada si hace falta", me reconvine. Claro que me remordía la conciencia, porque era cierto que la máquina necesitaba arreglo urgente, o tendríamos que posponer todavía más a algunos cantantes con los que ya llevábamos retraso. "Pero la vez anterior también llevó Amaia a Alejandro a la radio, con lo poco que eso le gusta".

No, no había excusa posible, sobre todo porque parecía que habíamos alcanzado un buen equilibrio, y sentía que no podía despistarme. Aunque ella había disfrutado mucho viendo a Alejandro en la radio, de eso no había duda. Cualquiera se habría sentido orgulloso ante lo bien que lo hizo.

Encima, el técnico había acabado antes de lo esperado, pero no lo suficiente como para que me diera tiempo a llegar, por lo que había decidido quedarme haciendo el papeleo y escuchándolos en la radio.

Lo más emocionante era que se trataba de la primera vez que iban los tres juntos a un programa: Alejandro con su asertividad y corrección, algo totalmente sorprendente a sus casi trece años; Helga con su desparpajo, que me sacó más de unas risas... Y Emma con su timidez.

Giré el boli entre las manos. Amaia llevaba razón al final: habría que apoyarla y ayudarla en este tema, porque, aunque acababa de cumplir los dieciséis años, se cortaba mucho cuando sabía que la estaban escuchando y no se sentía en confianza. Era solo que me chocaba tanto viniendo de Emma... Con nosotros siempre era divertida, atenta y hasta un poco mandona, como buena hermana mayor.

Y luego estaba el otro asunto, el de la composición. Mi princesa ya había venido varias veces a preguntarme acerca de eso, y yo me moría de ganas por contárselo todo. Pero también sabía que se guiaría mucho por lo que yo le dijera, y no quería condicionarla: era un proceso que tenía que ir descubriendo por sí misma.

—¿Y por qué no se lo explicas así, y ya? Hoy ha venido a preguntarme a mí, como si yo supiera qué responderle... —se había quejado Amaia una noche, mientras nos cambiábamos en el cuarto para ir a dormir.

Una voz compartidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora