45. Sacar la fuerza

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—¿Qué tal tu primera clase de piano, princesa?

—¡Papiiii! ¡Ha sido muy guay! Aunque también un poco aburrido. Yo quería tocar y tocar... Así. Como mamá.

—Ja ja ja. Ya veo. Te imagino perfectamente.

—¿Cuando sea mayor?

—Sí... Y hoy en la clase también.

—Jo, papi. ¿Cuánto voy a tardar en tocar el piano así?

—El tiempo que haga falta. Pero lo importante no es eso. Lo importante es que aprendas a encontrarte a ti misma con él. Y, después, a expresarte.

—¿Como mamá y tú con el idioma del teclado?

—Umh... Sí, y no. Verás, Emma: la música en sí es un idioma. Y, como tal, podemos expresarnos con él, pero eso solo sirve si tú le abres tu corazón primero.

—¿Y cómo se hace?

—Eso lo irás descubriendo con el tiempo...

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(Emma)

En el momento en el que vi a Helguita, supe que había dejado de ser nuestra baby.

En realidad, después de haberla visto interpretar Allà dalt, la canción de la yaya, desnudándose de aquella manera, había comprendido que no iba a volver Helguita, sino Helga. Y el reencuentro no había hecho más que confirmármelo.

Cuando la estreché entre mis brazos, sentí su respuesta, firme y segura. El mismo sentimiento que transmitían sus ojos.

Por el contrario, yo no sabía si ellos podían decir lo mismo de mí. Papá no dejaba de lanzarme miradas todo el rato, como para cerciorarse de que estaba bien. Y yo trataba de corresponderle con una sonrisa, esperando que eso le reafirmara.

Lo que sí me llenaba de felicidad era ver que papá y mamá no se habían soltado desde que los habíamos recibido. Los ojos de mamá irradiaban emoción, como si fuera una adolescente, e incluso habría dicho que la notaba sonrojada en algunos momentos. Creo que se iban a divertir mucho.

En realidad, la adaptación de papá y Helga a la vuelta había sido bastante normal. Aparte de unos cuantos días de recuperarse del agotamiento y el jetlag, me sorprendió ver que era como si nunca se hubieran ido.

Bueno, no del todo. Al menos con Helga.

—¿Estás evitándolos? —le pregunté un día. Helga estaba en su lugar favorito de la habitación, el poyete de la ventana, desde el que miraba al exterior.

La había pillado rechazando una llamada.

Ella esquivó deliberadamente mi mirada, así que yo me había acercado para sentarme a su lado.

—Estoy deseando que me cuentes —le susurré.

Ella me lanzó una sonrisa vergonzosa.

—Es raro volver a estar en casa, Emma —me reconoció por fin—. Aquí todo sigue igual.

La tomé de la mano.

—Y tú has cambiado, ¿no? —Ella asintió, aunque no añadió nada más—. Pero tampoco te creas, aquí las cosas también han cambiado. Ya has visto a mamá.

—Sí, y puede que ese sea el único cambio bueno. Porque también he visto a Álex, y no entiendo bien lo que pasa, pero me imagino que es por esa chica, ¿no?

Fruncí el ceño, sorprendida. Helga se encogió de hombros.

—Escuché a mamá y papá hablando —explicó, y no pude menos que sonreír: esa era Helguita.

Una voz compartidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora