47. El campo de batalla

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—Hell, ¿por qué no viniste ayer?

—¿Ayer? Estaba ocupada, Stefi.

—¿Ocupada? Ya veo… Eres muy buena en eso de creerte tus propias mentiras.

—¿Es que acaso te crees que tengo necesidad de mentirte?

—A mí no. Pero a ti misma sí. Eres de las mías: ¿para qué reconocer que te sacó de tus casillas que Esteban y Víctor no te siguieran el juego? Y encima después nos ignoraron con el monopatín…

—Puedes pensar lo que quieras. Me da igual.

—Claro que puedo. Solo espero que no seas tú nunca la que estés en su lugar, ignorando a los demás. Eso sería muy injusto, ¿no?

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(Helga)

Desde que volvimos rechacé muchas llamadas. Muchas.

Stefi y su pandilla estaban insistentes, y no me había planteado cómo me iba a enfrentar a ellos. La verdad era que durante la gira no había querido ni pensarlo, y ahora el problema me iba a estallar en la cara. Mi hermana me había dicho antes de irme, en uno de mis momentos de queja, que en realidad tenía suerte, porque no tendría que enfrentar mis problemas, al contrario que ella. En ese momento había pensado que llevaba razón, porque aún estaba decidida a escaparme en Buenos Aires. Pero ahora sé que, en realidad, solo lo estaba retrasando.

Porque, si algo había descubierto en ese viaje, es que no era tan invencible como creía.

Bueno, no. Sí que podía serlo, solo que ahora también era más consciente de en qué tenía que emplear mis fuerzas. Y, en ese momento, estaba tratando de concentrarlas en decidir sobre el otro asunto.

Reconozco que en el aeropuerto me había hecho mucha ilusión conocer al padre y a las hermanas de David. Vicky me había llamado especialmente la atención, aunque con esa melena cobriza era imposible que no lo hiciera, pero también me había ayudado a comprender por qué David se había fijado en mí desde el principio, a pesar de lo que dijese. Y no, no era por el pelo: el mío sin duda era más oscuro, y más rebelde. Nadia, por el contrario, parecía el ser más frágil y bonito de toda la tierra, y solo con mirarla ya te entraban ganas de protegerla... Habría que enseñarla: las chicas no somos unas pobres desvalidas.

Claro que, una vez se me pasó el jetlag, empecé a arrepentirme de haberme escabullido en el aeropuerto para conocerlas a ellas y a su padre. Seguro que David, y toda su familia, se habían creado unas expectativas que yo no iba a cumplir, porque no estaba dispuesta a ello, básicamente. Ni con David ni con nadie. Y la conversación con Emma me lo había recordado.

Sin embargo, me sorprendió que David no me llamó ni me escribió en los primeros días. En absoluto. Y más rápido de lo que me gustaría reconocer, me encontré mirando el móvil a cada segundo, para ver si lo había hecho. ¿Se había olvidado de mí? ¿Había estado jugando conmigo? Así que en esto se quedaban todas sus promesas, ¿no?... Un momento, ¿pero de qué promesas estaba hablando?

La gota que colmó el vaso fue cuando mis padres decidieron que iríamos a Pamplona a pasar las fiestas. Con Stefi y la pandilla resultó ser la excusa perfecta, porque la del jetlag ya la había agotado, pero con David... ¿Me iba a ir y no nos íbamos a ver en todas las Navidades? Al volver seguro que se habría olvidado de mí, si ni siquiera me había escrito. Pero quizás era eso lo que se merecía, por capullo. No sabía lo que hacía pensando en él. Yo sí que debería olvidarlo...

Y así seguía mi lucha interna, hasta que dos días antes de marcharnos supe que no podría irme así. Porque no, es que yo no lo iba a olvidar. Y necesitaba saber. Necesitaba saber.

Una voz compartidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora