7. Esta pequeña aventura

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—Muchas gracias por haber acompañado a Amaia hoy, Alfred. Estoy seguro de que le ha hecho mucha ilusión.

—Por supuesto, Mateo. Me consta que ha disfrutado mucho durante todo el proceso. Así que gracias a ti.

—La verdad es que no podría haber soñado con nadie mejor. Amaia es maravillosa.

—Sí que lo es. No sé qué haría sin ella.

—Pues eso... Espero que no lo digas por decir.

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(Alfred)

En realidad, supe que esas fotos no significaban nada desde antes de que Amaia me quisiera dar explicaciones, aunque no puedo negar que las agradeciera. Por desgracia, la prensa del corazón seguía sin haber cambiado nada en todos esos años. O, en cualquier caso, únicamente había ido a peor. Y esa revista en concreto no era la primera vez que trataba de sacar dinero a nuestra costa.

Pero tampoco puedo negar que, por un momento, sentí miedo. El mismo miedo que durante aquella época en la que las inseguridades y la soledad comieron a Amaia y quiso buscar su camino lejos de mí. A pesar de que aparto ese momento de mis pensamientos como si de veneno se tratase, a pesar de que trato de omitirlo y ni siquiera lo considero parte de nuestra historia..., tengo que reconocer que lo pasé muy mal. Me sentí muy decepcionado, también conmigo mismo, porque no había sabido adelantarme a la situación, no había sido capaz de prever sus necesidades. Aunque tampoco había dejado de quererla ni un solo momento, igual que ahora, después de tantos años.

Por desgracia, aún seguía fallando en lo mismo. Porque ahí estaba, después de haber conducido varias horas sin parar desde Barcelona para enmendar mi error. Después de haber puesto en pausa muchos asuntos y haber tenido que delegar tantos otros. Después de haber probado suerte con la canción que siempre le dedicaría, igual que ella también me la había dedicado a mí. Pero era necesario: no me iba a permitir llegar tarde otra vez.

Quizás era el momento de dejar de apartar los errores del pasado para empezar a aprender de ellos. Porque había vuelto a estar a nada de perderlo todo.

Y Amaia se había llevado a los niños. Fue entonces, al verme solo en casa, cuando fui capaz de entender un poco a Amaia. No porque ella estuviera materialmente sola, en esta etapa justo era la que estaba más pendiente de ellos, sino porque se 'sentía' sola, sin apoyo, sin soporte. Y ahí llevaba toda la razón.

Había llamado a mi madre llorando y ella se había limitado a preguntarme: "Saps el que has de fer?" (¿sabes lo que tienes que hacer?).

Claro que lo sabía.

Y por eso estaba ahí.

Cuando me bajé del coche y vi todas las llamadas perdidas de Amaia, me recorrió un suspiro de alivio: parecía que había escuchado la canción que le había dedicado. Y contaba con que eso me allanaría el terreno.

Pero entonces había llegado mi suegra con esa revista. Javi había estado lenta en reaccionar porque no me esperaba allí, pero a Amaia se le había demudado la cara y había corrido a quitársela de las manos, antes de que las miradas curiosas de nuestros hijos pudieran recrearse en lo que, irremediablemente, ya había entrado por sus ojos.

—Mami, papi, ¿qué es eso? —preguntó Alejandro, con el ceño fruncido, seguro que tratando de procesar lo que había creído ver. Emma había apretado los labios y una sombra momentánea había recorrido los ojos de Helga.

Amaia se bajó y se puso a la altura de los dos pequeños, posando su mano en la barriga de Alejandro.

—¿Qué os decimos siempre papá y yo de este tipo de revistas? —les preguntó, con voz suave, mirándolos alternativamente a los tres.

Una voz compartidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora