—Papá, ¿y yo a quién he salido?
—Pues a mamá, sin duda, princesita. Has sacado sus mismos ojitos. ¿Y sabes desde cuándo lo sé?
—Umh-umh...
—Desde que te pusieron en mis brazos. Aunque bueno, ahí también abriste la boquita y me sacaste la lengua, sinvergüenza.
—Jijiji...
—¿Pero quieres saber en qué momento me enamoré de ti?
—Sí, sí, sí.
—Desde el primer momento, Emma. En cuanto supe que estabas en la barriguita de mamá.
—¿Ahí ya era tu princesa?
—Bueno, ahí eras nuestra cuqui.
—Ahora Helguita es tu cuqui.
—Sí, sí lo es.
—Papá, ¿y por qué elegisteis que Mireia fuera mi canción?
—Ay, princesa. No la elegimos nosotros. La elegiste tú.
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(Emma)
No conservo muchos recuerdos de mis primeros años, pero los que tengo son muy nítidos y casi siempre están asociados a papá. Me acuerdo de sus problemas para hablar antes de que naciera Alejandro, y también de cómo me cantaba Mireia cada noche antes de ir a dormir. Cada uno de los hermanos tenemos una canción asociada por distintas circunstancias, igual que cada uno nos hemos decidido por un instrumento musical. Mireia no solo es mi canción, sino que es mi primer recuerdo musical, junto con el de estar sentada con papá escuchando a mamá tocar el piano.
Mireia y el piano, quizás los dos elementos que más definieron mis primeros años.
Papá siempre decía que no es casualidad que Mireia fuera mi canción, porque habla de la familia, y yo eso lo supe sentir desde el primer momento, en el que di mi primera patada en la barriga de mamá mientras ellos la ensayaban para enviársela a Judit Nedderman como regalo de cumpleaños. Entonces mamá le contestaba que ella ya había sentido mis patadas, y que no era la primera vez que me movía, pero papá por regla general se limitaba a responderle haciéndole cosquillas.
—¡No, Alfred, no! ¡Para! ¡Para! ¡Te he dicho que pares, de verdad! ¡¡Que lo paso fatal!!
Casi puedo sentir todavía mis carcajadas viendo a mamá dando patadas en el sofá, tratando de zafarse.
Claro que después llegó Alejandro, que si escuchaba a mamá gritar (o a cualquiera, en realidad), se ponía a llorar, porque se pensaba que le estaban haciendo daño. Así que mamá ganó esa partida y yo pasé una temporada de celos, hasta que Alejandro se ganó un hueco en mi corazón por derecho propio. A fin de cuentas, siempre ha sido tan bueno que no podía reprocharle nada.
Y por último llegó Helguita, que fue un gran contraste para toda la familia, porque básicamente pedía que las cosquillas se las hicieran a ella, que las canciones se las cantaran a ella... Y no sé cómo lo conseguía, pero al final todos acabábamos haciendo lo que quería. La más pequeña, quién nos lo iba a decir.
Por ejemplo, cuando jugábamos a los conciertos. Alejandro siempre se pedía ser el guitarrista, y Helga la batería, como Gloria, a la que adoraba. Así que yo me conformaba con ser la vocalista, a pesar de que, ya entonces, me temblaban las rodillas delante de nuestro micrófono de juguete. ¿Pero qué pasaba? Que Helga no estaba contenta con mi voz, así que acababa cogiendo ella el micrófono, y tocando la batería y, como te descuidaras, pulsando las cuerdas de la guitarra de Alejandro. Así que Alejandro acababa llorando, y yo daba el concierto por cancelado y me iba al piano que, por suerte, nunca había llamado la atención de Helga. No, el piano es demasiado delicado para ella. Helga necesita potencia, electricidad, que la música recorra todos sus nervios.
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Una voz compartida
FanficAmaia y Alfred han empezado a formar una familia, pero nadie decía que fuera a ser un camino fácil. Después de haber superado por completo el accidente, y ahora con Emma, Alejandro y Helga en sus vidas, los cinco se disponen a seguir adelante, a pe...
