31. Sonrisas

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—Eres un pesado, Álex. ¡Otra vez escuchando esa canción! ¿Es que no te cansas nunca?

—Pero es que es mi canción favorita, Helga. Y habla sobre el amor. ¿Tú no quieres estar enamorada?

—¿Enamorada? ¿Qué es eso?

—Pues es cuando quieres mucho a una persona...

—Entonces no vale, porque yo estoy enamorada de mucha gente: de papá, de mamá, de la yaya, de...

—Pero no. Es especial...

—¿Y tú cómo sabes que es especial? ¿Eh, so listo? Que solo eres un año mayor que yo...

—Ay, Helga, que no. Que eso lo sabes y ya está. Igual que lo sabes cuando una canción es especial.

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(Alejandro)

Después de aquella tarde tan loca en la que Helga se escapó de casa, al principio las cosas parecieron no cambiar mucho. Bueno..., al menos para mí. Pero sí es verdad que se produjo un cambio en el ambiente.

En primer lugar, porque Helga vino a pedirme disculpas, algo que no recordaba que hubiera hecho nunca.

—No me mires con esa cara de pavo, o retiro las disculpas —me amenazó.

—No, no, no. Perdón.

Ahí estaba. Siempre conseguía que yo acabara disculpándome, lo cual le quitaba importancia a lo suyo. Pero, para mi sorpresa, esta vez no estaba dispuesta a dejarlo pasar.

—No, Álex. Lo digo en serio. Sabía que el director del teatro había llamado y que venían a recogerme. Debería haberte esperado y no haberme marchado por mi cuenta...

Sus palabras me emocionaron y me acerqué a ella, pero no me atreví a abrazarla. En realidad, tenía ganas de preguntarle por qué se había marchado si sabía que iban a recogerla: ¿había pensado que serían papá o mamá?

Estaba perdido en mis pensamientos cuando Helga me sorprendió dándome un abrazo. Yo la cogí por la cintura: más me valía pedir un deseo, porque no sabía cuándo se volvería a repetir esto. Mi deseo fue que me volviera a abrazar pronto.

No tardó mucho en separarse y mirarme un poco azorada, y me sentí en la necesidad de quitarle importancia al asunto.

—Bueno, que me han dicho que te vas medio año de vacaciones así, de gratis —le recordé, sonriendo.

—¿De vacaciones? ¿Qué vacaciones? ¿Acaso no te han contado que es un castigo? —se quejó Helguita, devolviéndome la sonrisa.

—Ya quisiera yo que todos los castigos fueran así —continué, en broma.

En ese momento había entrado Emma, que nos había preguntado sobre qué hablábamos, a lo que Helga había contestado de forma somera.

—Será la primera vez que estemos tanto tiempo separados —había añadido, con voz ronca, de la emoción. Quién nos iba a decir que lo iba a llevar tan mal...

—¡Pero si tú eres la primera que siempre dices que quieres irte! —le recordé.

—¡No cuando me obligan! —contrapuso ella.

Entonces Emma y yo habíamos cruzado una mirada, negando con la cabeza: siempre quería tener la última palabra, y eso nunca cambiaría.

Durante las siguientes semanas tratamos de hacer más cosas en familia, compaginándolo con la discográfica y los últimos conciertos y festivales del disco de papá. Hubo uno al que incluso fuimos todos y que no se me olvidará nunca.

Una voz compartidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora