(Helga)
David me estaba esperando, por supuesto.
Lancé un bufido de desesperación cuando reconocí su voz, a pesar de que todavía no le distinguía bien entre las sombras.
—¿Ahora resulta que te has convertido en mi guardián y yo no me he enterado? —le pregunté, volviéndome hacia él y encarándole.
David dio unos pasos hacia mí y la diferencia de altura se hizo aún más evidente. Maldije para mis adentros. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser tan bajita?
—Sabes que es una estupidez tratar de intimidarme, ¿no? —le solté, tratando de estirarme todo lo que podía. Casi podía sentir los pausados latidos de su corazón debajo de su camiseta, y eso me ponía aún más nerviosa. Traté de controlarme.
David se limitó a abrir los ojos con sorpresa y soltar su típica carcajada, como si hubiera dicho la cosa más graciosa del mundo. De verdad que me desesperaba.
—¿Intimidarte? Pero sí...
Entonces se había dado cuenta de la cercanía de nuestros cuerpos, otra vez. Se había callado de repente y había dado un paso hacia atrás. Yo le había mirado con la típica expresión de "llevaba razón", pero él seguía un poco desconcertado. ¿Se estaba poniendo rojo? Umh... Eso me gustaba.
—Helga, no estaba tratando de intimidarte. Solo me preguntaba si eres consciente de que estás a punto de salir sola, de noche y en una ciudad que no conoces —hizo hincapié en esas palabras, con un tono que prácticamente me dejaba como loca.
—Te ha faltado añadir que soy muy pequeña —le recordé. Me conocía esos argumentos, y nunca me habían frenado—. Pero, en cualquier caso, querría saber a ti qué te importa eso.
—Creo que no eres muy consciente de lo que implica, Helga. Buenos Aires no es España, y dependiendo de a dónde vayas, la cosa puede ponerse fea —continuó insistiendo.
Qué pesado.
—¿Es que no me puedes dejar que haga lo que me dé la gana? No sé lo que hago todavía aquí discutiendo contigo... —me recordé entonces.
Di media vuelta para bajar por las escaleras, ya que él estaba bloqueando el ascensor. Como había previsto, David empezó a seguirme.
Justo antes de empezar a bajar me giré. No iba a permitir que me siguiera. Además, ya estaba perdiendo demasiado tiempo y llegaría tarde a mi cita con Celeste.
—Déjame en paz —siseé, tratando de no elevar la voz, porque el cuarto de mi padre estaba cerca—. Solo voy a ir a dar un paseo y NO necesito un guardaespaldas. Así que vuelve a tu habitación o iré al primero que encuentre y le diré que me estás acosando —me atreví a amenazarle.
El corazón me latía con fuerza, y tuve que tragar saliva porque me sentía un poco mal. No quería tener que acusarle de algo que era mentira, pero si se interponía en mis planes, lo haría. Sin ninguna duda.
—Helga, deja de actuar como una niñata. Los dos sabemos que no te atreverías...
Me entraron ganas de abofetearle. ¡Yo no era ninguna niñata! ¿Pero cómo podía decirme eso?
Noté cómo me encendía de ira, y me dejé llevar por ella. Entonces se me ocurrió que lo mejor para deshacerme de él sería perderle de vista, así que le pegué un empujón de forma casi instintiva y empecé a bajar por las escaleras a todo correr. Estábamos en la cuarta planta, pero en la segunda me desvié por la planta. Quizás podría bajar hasta la piscina y salir por allí.
No dejaba de mirar hacia atrás. Por desgracia, el empujón solo le había despistado unos segundos, y escuchaba sus pasos detrás de mí, acechándome. Mierda. Corriendo era tan rápido como nadando. ¿Es que acaso podía tener peor suerte?
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Una voz compartida
FanfictionAmaia y Alfred han empezado a formar una familia, pero nadie decía que fuera a ser un camino fácil. Después de haber superado por completo el accidente, y ahora con Emma, Alejandro y Helga en sus vidas, los cinco se disponen a seguir adelante, a pe...
