1. Rompiendo tradiciones

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—Cariño, hoy me han vuelto a llamar del colegio porque te estabas portando mal...

—Pero, mamá, es que mi profe no me entiende.

—Tienes que aprender que eso no es excusa para que no te portes bien, Helga.

—Ya, claro. Ya sé que no me crees.

—Eso no es verdad. Te prometo que hablaré con el profesor.

—No hace falta. Ya sé que todo lo hago mal. Ni siquiera queríais tenerme.

—Helga, eso no lo vuelvas siquiera a pensar. Y escúchame bien: desde el principio, fuiste la mejor sorpresa que podríamos haber soñado.

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(Alfred)

Llegué eufórico de la reunión con Universal.

Acababa de entregar las maquetas de EAAA, y me atrevería a decir que se había convertido en mi disco más personal. Pero claro, como me recordaba mi madre, eso era lo que yo siempre decía...

No sé, tenía la impresión de que este era distinto, porque me había inspirado en mi familia para componerlo.

Mi familia... Esa era la temática, y aún me emocionaba cada vez que me refería a ellos: Emma, Alejandro... Y Amaia. Mi musa. Mi todo. A fin de cuentas, ella siempre había sido casa, y ahora habíamos formado casa juntos.

Esa mañana Mario y yo habíamos viajado muy temprano a las oficinas de Universal en Madrid, donde nos habíamos reunido para entregar las maquetas. Incluso había estado presente el Director General. Y respecto al resultado... Solo diré que brindamos con cava.

Por eso estaba deseando volver a casa, para celebrarlo con quien realmente me importaba: ella. Porque Emma y Alejandro ya estarían dormidos, por supuesto.

Crucé el umbral de la puerta y a Amaia le faltó tiempo para abalanzarse sobre mí. Sabía que me estaría esperando. Me abrazó con fuerza, casi diría que con necesidad...

Sentí cómo me acariciaba la nuca, como tanto le gustaba, y hundía su cara en mi cuello. Yo hice lo propio, aspirando el aroma de su melena castaña. Me apretaba con fuerza, y traté de devolvérselo, agarrándola por la cintura y atrayéndola hacia mí, como si quisiéramos ser uno. Pero antes...

Busqué sus labios. Ella me miró, con ojos brillantes. Ya le había escrito al salir de la reunión, así que yo no tenía nada que añadir, pero ella sí:

—Te lo dije —murmuró, mientras me cubría de besos.

La cogí por la cintura, correspondiéndola, pero llevándola a la cocina al mismo tiempo. Teníamos que celebrarlo brindando: era la tradición.

—¿Qué tal los niños? —le pregunté a Amaia, mientras buscaba las copas.

Me puse a abrir casi todos los armarios, ya que no podía concentrarme de la emoción y miraba a Amaia cada dos por tres. Ella me devolvía la mirada con ojos brillantes. Sin embargo, ahora que me paraba a mirarla con detenimiento, pude notarle que estaba nerviosa, por cómo jugueteaba con las manos.

—Pues muy bien... Emma quería quedarse despierta esperándote, para que le cantaras Mireia, como cada noche... —me respondió. Le noté un cierto temblor en la voz.

Mi princesa. Se me encogió el corazón. ¿Acaso podía ser más bonita? Me gustaba bromear con Amaia, porque con tres años estaba más pendiente de las cosas de su hermano que ella misma a veces.

—Se la habrás cantado tú, ¿no? —le respondí, con una pequeña carcajada.

—Bueno, más bien la he cantado yo con ella —añadió Amaia, también riendo—. Pero ya sabemos que es la niña de tus ojos... —continuó, un poco más seria.

Una voz compartidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora