Parte 10.
Sonó el timbre cuando estaba sola en casa con Eric.
El niño ya tenía dos meses y yo me encontraba recuperada, así que papá y mamá habían decidido tomarse unos días de descanso y se habían ido a la playa. O esa era la versión oficial, porque en realidad yo sabía que estaban intentando que David y yo encontráramos nuestra dinámica y nos hiciéramos responsables como padres.
Aún me quedaban unos meses antes de volver con mi discográfica, pero cada vez pensaba en el futuro con más frecuencia: ¿cómo iba a ser capaz de compaginar la maternidad con el trabajo en el extranjero, y sin quitarle a David su derecho como padre? Me parecía una locura, así que terminaba apartándolo de mi mente. Él tampoco sacaba el tema, aunque ahora pasaba menos tiempo con nosotros porque sí se había reincorporado, y prácticamente cada hueco libre que tenía era para estar con Eric. Su amor por el niño me producía una ternura que nunca me habría visto capaz de sentir.
Ahora no se encontraba en casa porque había salido a comprar pañales hacía poco, así que me recorrió un escalofrío cuando supe de quien se trataba. Dejé la guitarra en el sofá y le eché un vistazo al niño, que se había quedado dormido escuchando mis torpes acordes.
Al abrir la puerta me encontré frente a frente con Mónica. David me había avisado que vendría a verlo a él y al niño, y que probablemente saldrían a dar un paseo los tres, si a mí no me importaba. Como siempre, sentí que no podía negarme a nada de lo que él me pidiera, pero la coincidencia no podía haber sido peor: nunca me había encontrado a solas con Mónica. ¿Es que acaso no había llamado a David para preguntarle si era un buen momento? ¿O es que se había adelantado ella?
―¡Helga! ―me saludó al entrar.
Se acercó a darme dos besos y no me quedó más remedio que aceptarlos. Nunca había sido afectuosa con extraños, y ella no solo lo era, sino que además mi instinto me gritaba que era la competencia.
―¿No te ha dicho David que ha salido de casa? ―le comenté, yendo al grano.
No me apetecía nada tener que aguantar esta situación, pero quizás fui más brusca de lo que pretendía, porque Mónica se quedó de piedra. Su mirada se endureció y nos invadió un silencio tenso que ninguna se atrevía a romper. Y mejor que no lo hiciera yo, porque ya sabíamos lo que podía pasar.
―Siempre fui consciente de que no nos lo ibas a poner nada fácil, ¿sabes? ―me soltó ella de sopetón, con voz áspera.
Me permití una pequeña sonrisa: por fin se nos caían las máscaras. Hasta ese momento solo había visto a la Mónica comprensiva y enamorada de David, dispuesta a adaptarse a lo que él quisiera para hacerlo feliz, pero el mero hecho de que estuviera ahora en mi casa me dejaba entrever sus garras, dispuestas a arañar en cuanto tuviera ocasión.
―Es lo que tiene compartir un hijo ―le respondí, con su mismo tono.
―Pues deberías haberlo pensado mejor antes de dejarle ―contraatacó. Venía dispuesta a todo―. David llegó a mí destrozado, Helga. Hubo momentos en que llegué a dudar de que se enamorase de mí, pero luché por él. Sigo luchando por él.
―No hace falta que me lo restriegues. Sé lo que supuso para él ―le recordé, tratando de mantenerme firme ante el chantaje.
El problema es que era muy consciente de que, probablemente, todo lo que estaba diciendo era verdad. Estaba probando de mi propia medicina en aquellos que más quería, y era muy difícil mantenerse impasible.
―¿De verdad? Porque creo que no tienes ni idea. Fui yo la que lo ayudé a reconstruirse, y esperé a que se recuperase hasta que estuvo en condiciones de volver a...
ESTÁS LEYENDO
Una voz compartida
FanfictionAmaia y Alfred han empezado a formar una familia, pero nadie decía que fuera a ser un camino fácil. Después de haber superado por completo el accidente, y ahora con Emma, Alejandro y Helga en sus vidas, los cinco se disponen a seguir adelante, a pe...
