8. La amenaza invisible

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—Helguita, este año ya te toca elegir instrumento en el conservatorio. Tienes que ir pensando cuál vas a querer.

—Ya lo sé, papá. Voy a querer la batería.

—¿La batería, Helga? Pero eres muy pequeña para eso. ¿Por qué no eliges otro? Ya tendrás tiempo...

—No. He elegido la batería. Ese es el que quiero.

—Pero, cariño... ¿Por qué no te lo piensas mejor? La batería no nos cabe en casa.

—Eso no es verdad. Es que no queréis comprármela. Pero yo no voy a cambiar de opinión. Solo quiero tocar la batería.

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(Helga)

No me hizo falta ver la foto de la revista para saber de lo que iba a hablar. Con dos padres famosos, no es que ese tipo de secretos aguantaran mucho tiempo siendo secretos.

Aunque papá y mamá trataron de que no la viéramos, probablemente para no confundirnos más, cuando salieron por la noche, conseguí colarme en la cocina y cogerla del alto estante en el que la habían dejado. Los abuelos nos habían mandado a la cama y se habían ido a dormir, así que no esperaba encontrarme a nadie en el camino. Porque por supuesto que no me iba a quedar sin verla, aunque para ello hubiera tenido que llevarme planeándolo todo el día. Además, ¿acaso había algo que yo no supiera ya?

Pero era esa duda, esa pequeña y persistente duda de que a lo mejor me había equivocado, la que me llevaba a no decir nada.

Así que había movido el taburete con mucho cuidado de no hacer ruido, me había subido a él y había alargado mi pequeña manita. Justo acababa de coger la revista cuando una voz me sobresaltó y estuvo a punto de hacerme caer del susto.

—¡Helga!

Me volví rápidamente para ver de quién se trataba y, sin querer, noté cómo la revista se escurría de mis manos hacia al suelo. Y allí estaba, en plena portada: la foto de mamá con el cantante con el que colaboró. Era del mismo momento en el que los había visto yo, a la entrada del conservatorio, solo que desde otro ángulo. Aun así, no se veía claro del todo que se estuvieran besando. ¿Cuál era el nombre del cantante? ¿Marcos? ¿Martín?... Ah, no. Mateo. Ese era. El maldito Mateo.

Me bajé rápidamente de la silla, sintiendo cómo empezaba a invadirme un ataque de ira. ¿Qué hacía mi hermana en la cocina?

—¿Has venido a espiarme? Es eso, ¿eh? ¿Es que acaso no podías dejarme tranquila?

—Helga, lo creas o no, no eres el centro del mundo —me aclaró, con una mirada condescendiente y un control en la voz que me sacaba aún más de mis casillas—. Solo había venido a por un vaso de agua. Pero ya veo que tú no —añadió, haciendo un gesto con la cabeza hacia la revista, que seguía en el suelo.

—La vi, Emma —le reconocí, tratando de que entendiera que no era solo que yo fuera una cotilla o una entrometida. Era que quería comprobar. Necesitaba comprobar—. La vi justo cuando sacaban esa foto.

Me acerqué a mi hermana y pude apreciar cómo dudaba un poco antes de volver a responderme.

—¿Pero es que acaso no sabes que las revistas malas están esperando cualquier cosa para lanzarse sobre papá y mamá, aunque no sea verdad?

—Pero es que esta vez los vi —insistí. Sentía el nudo que se estaba formando en mi garganta.

Emma se acercó más a mí y me puso las manos sobre los hombros.

—Helguita, lo que tienes que ver es que papá y mamá están ahora aquí juntos, cenando solos. Y que papá ha venido a por mamá y a por nosotros. —Su tono se había tornado ahora dulce y suave, casi musical.

Una voz compartidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora