—Cuquita..., ¿qué te pasa?
—Nada.
—Amaia...
—Bueno, que he hablado con Lorenzo.
—¿Hablado?
—Está bien. Hemos discutido. Quiere que prepare otro disco, ni que fueran churros... Alfred, ¡no te rías!
—Es que llevas razón, y tú nunca has sido de sacar discos como churros. Le habrás dicho que no, me imagino.
—...
—¿Amaia?
—Le he dicho que me lo pensaría, teniendo en cuenta que ahora vas a empezar con la discográfica, y no sabemos cómo nos va a ir...
—Pues no, cuquita. Si no quieres hacerlo, mañana mismo lo llamas y se lo dices. No nos faltará de nada y, mucho menos, si conlleva algo que no quieras hacer.
—Pero...
—No, Amaia. No te hace falta nada.
__________________________________________________
(Amaia)
La vuelta de Alfred me supo a comienzos. Porque, desde que estaba en casa, me sentía capaz de todo.
Disfruté infinito de las Navidades en Pamplona, pero alegría y sufrimiento parece que siempre van de la mano. Por cada cosa bonita en mi vida, tenía una negativa, que aparecía dispuesta a contrarrestarla.
Primero fue la situación con Laura. Reconozco que la idea de Alfred me pareció una locura de principio a fin. Pero él siempre tiene la suerte de que sus locuras suelen salir bien. No me explico cómo lo hace, pero le funciona.
Cuando los vi bajarse del coche en la comisaría para poner la denuncia, los habría abrazado a todos y no los habría soltado en toda la noche. Laura traía un golpe en el pómulo que hizo que me entraran ganas de devolvérselo a quien se lo había propinado. ¿Cómo podían pagarlo con un ser tan frágil? ¿Cómo se podía ser tan desalmado como para eso? De ahí que me saliera solo el deseo de acoger a Laura en nuestra casa esa noche, hasta que al día siguiente se resolviera un poco la situación. Y estaba dispuesta a acompañarlos a los dos en todo el proceso, que iba a ser duro.
Para empezar, porque Laura llevaba razón, y Seve estaba tratando de escapar cuando fueron a detenerlo. Se habían encontrado a la madre llorando desconsolada, pidiéndole que perdonara a Laura, o que se la llevara con él. Y por poco se la lleva, sí, pero por delante. Estaba claro que esa mujer iba a necesitar ayuda después de recuperarse de la última paliza, porque no estaba en su sano juicio.
Laura se había ido a vivir temporalmente con Marta y Fernando, así que estaba bastante cerca de nosotros, y eso lo pudimos notar todos, empezando por Álex.
—Puedes venir aquí siempre que quieras, Laura —le había hecho notar yo, dándole un abrazo antes de marcharse. Sentía como si tuviera que apretarla para que no se deshiciera en pedazos.
Ella me había mirado a los ojos y había asentido. Estaba claro que no era de muchas palabras, y si alguna vez lo había sido, las circunstancias la habían obligado a cambiar. Pero sí que volvió a casa, sobre todo a tocar y a cantar con Álex, al que, desde el disco que grabó de pequeño con sus hermanas, apenas habíamos escuchado entonando. Y oye, eso tampoco lo hacía mal. Él ordenó su horario para poder seguir estudiando y trabajando en la discográfica, pero no había duda de que sus prioridades habían cambiado, porque todo su tiempo libre se lo dedicaba a Laura.
A veces me encontraba observándolos desde el pasillo cuando estaban en el estudio o en el cuarto de Álex, y tengo que reconocer que me fascinaba verlos juntos: porque apenas hablaban, pero eran capaces de comunicarse con las miradas, de una manera tan poderosa que quería pensar que así era como nos pasaba a Alfred y a mí.
ESTÁS LEYENDO
Una voz compartida
Fiksi PenggemarAmaia y Alfred han empezado a formar una familia, pero nadie decía que fuera a ser un camino fácil. Después de haber superado por completo el accidente, y ahora con Emma, Alejandro y Helga en sus vidas, los cinco se disponen a seguir adelante, a pe...
