28. Aire y tiempo

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-Amaia... ¿estás segura? Puedo aplazarlo. Nada es más importante que los niños y tú.

-Sí, Alfred. Confío en tu intuición.

-Pero voy a estar muy ocupado. Tendré menos tiempo para vosotros, y los horarios...

-Habrá que reorganizar, pero si nos contamos el uno con el otro, saldremos adelante.

-Cuquita... Aún estamos a tiempo de seguir con nuestra vida.

-La discográfica ha sido tu sueño desde que Joe te lo anunció en OT, Alfred. Y yo sé que eres capaz, y que no te vas a olvidar de tu familia.

-¿Y si lo hago?

-Daría igual, Alfred. Porque siempre, siempre, volveremos el uno al otro.

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(Alfred)

No sé si me lo esperaba, pero cuando ocurrió no me pilló por sorpresa. Porque había visto los signos, pero también sabía que Amaia ya se había peleado con ella y no había conseguido nada: si Helga no quería reconocerlo, no lo haría.

A veces me podía la frustración y me sentía demasiado impotente. Entonces trataba de buscarla, de mirarla a los ojos y decirle sin palabras que me lo podía contar. Que estaba ahí para escucharla. Ella solo me sonreía, y en el fondo de sus ojos podía vislumbrar la misma máscara que se ponía para interpretar su papel en el teatro.

Tampoco me gustaban mucho sus amigos, pero sabía que no eran rivales para ella a menos que se dejase engatusar, y eso sí era un peligro muy real. Había intentado que me los presentara, conocerlos, demostrarle que estaba dispuesto a acceder a su mundo sin juzgarla, pero Helga había respondido con indiferencia. Así que me había limitado a esperar.

Entonces había recibido la llamada de Amaia el domingo por la mañana.

Casi estábamos preparándonos para salir desde Galicia. Volar hasta allí con todo el equipo seguía siendo tan caro que alquilábamos furgonetas y nos hacíamos el camino por carretera. Y no me arrepiento, porque siempre te daba para conocer al equipo y ponernos al día. En esta ocasión, me había servido para conocer a David, el nuevo miembro; los demás habían tocado conmigo al menos en otra gira. Y luego estaban Pol y Gloria, los veteranos.

David, por su parte, era un chaval que apenas acababa de cumplir los dieciocho. Podría ser perfectamente otro de mis hijos, pero le notaba una madurez bastante inusual, lo cual conllevó que hiciera buenas migas con Alejandro. Y me encantó; ya solo por eso había merecido la pena darle la oportunidad.

Esa primera llamada de Amaia me había dejado con una sensación rara. Tenía demasiada urgencia en la voz.

-¿Qué ocurre, papá? -me preguntó Alejandro, que volvía de meter algunos instrumentos en una de las furgonetas, junto con David.

-Nada, me ha llamado mamá. Vamos a darnos prisa, me gustaría salir cuanto antes...

Alejandro me lanzó una mirada elocuente, pero por su gesto me di cuenta de que no iba a decir nada más delante de David. El muchacho se dio cuenta y, para mi sorpresa, se adelantó.

-Voy a buscar a los demás para avisarlos -sugirió, lanzando una pequeña sonrisa, que me recordó a las de mi propio amigo David. Sí, quizás por eso me gustaba tanto: desde que le había visto esa sonrisa al entrevistarle había sabido que podía ser familia, igual que mi amigo, y eso era más importante que la edad o la experiencia.

-Papá..., ¿ha pasado algo con mamá? -me insistió Alejandro, acercándose.

-No, no. Al menos, que yo sepa. Pero... No sé, me ha dejado intranquilo. Además, como está sola...

Una voz compartidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora