39. Búsqueda

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—Papá, ¿por qué has querido que estuviera en esta reunión con Ferrán, Jaume y contigo?

—¿Tú por qué crees?

—Umh... Bueno, este artista tiene unas peticiones un poco raras, pero tú ya lo habías acordado con él, ¿no? Jaume y Ferrán no tienen nada que decir.

—Sí... y no. Jaume y Ferrán son los que me bajan los pies al suelo, Alejandro, por eso su opinión es muy importante. Pero, por encima de todo, está la obra del artista. Y su proceso de creación, cómo él lo ha concebido, es algo inviolable. Tú aún no puedes estar en las discusiones que tengo con los cantantes, por eso quería que al menos estuvieras en esta reunión.

—¿Pero significa eso que hay que darle siempre la razón al cantante?

—No, hijo. Nuestros artistas no son meros clientes: la relación profesional va mucho más allá. También es nuestro deber aconsejarles y velar por los intereses de la discográfica, aunque siempre habrá quienes tengan las ideas muy claras, y a veces apoyarlos será un riesgo... ¿Entiendes?

—Sí, papá, ¡pero todo junto me parece imposible! ¿Cómo es que no te vuelves loco?

—Ay, Alejandro... Es posible que ya lo estuviera.

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(Alejandro)

El disco de Laura había ido tomando forma, lento pero seguro. Me enteré de que ella vivía en Lérida, y por eso podía venir solamente los viernes por la tarde y algunos sábados. Las primeras semanas había quedado con Agustín para acabar de darle forma a las canciones y a los arreglos, y él me pasaba el informe de los resultados puntualmente.

—A menos que se tuerza todo, Alejandro, el disco va a ser una maravilla —me había contado un día por teléfono—. La semana que viene será nuestro último día, y luego ya volverá a 'tus dominios' para empezar a grabar, cuando os parezca. ¿Por qué no te vienes el viernes y así ves cómo está el asunto? —preguntó entonces.

—¿Sí? ¿Tú crees que es necesario? —había tratado de cerciorarme. Si me invitaba él...

—Tu padre lo hace a menudo con los artistas que le interesan mucho, y yo creo que este sería uno de los casos.

Así que no había costado mucho convencerme. Jaume y Ferrán tenían el resto de artistas bajo control. Dependiendo del año, siempre sacábamos dos o tres discos y algunos singles en torno a Navidades, así que esta era una época de cierto ajetreo.

Agustín Reguera era un buen amigo de Mario, un antiguo representante de papá, con el que él había colaborado para ayudar a algunos de sus representados. Papá nunca lo había necesitado, pero cuando había decidido montar la discográfica y le había pedido consejo a Mario, este no había dudado en mencionar a Reguera. Ya tenía una cierta edad, pero eso contribuía a su amplia experiencia con artistas de todo género y tipo.

—¡Alejandro! ¡Qué bien que hayas venido! —me había saludado, con efusividad. Cuando no estaba en modo profesional, era como el tío enrollado que todo el mundo quería tener—. ¿Preparado para escuchar a nuestra pequeña estrella? —me preguntó, con voz enigmática—. Hoy seguiremos trabajando en el último tema, que para mí es uno de los mejores, junto con otro. Ya verás: una pequeña joya intimista sin acabar de perder el punto country.

Su presentación no hizo sino aumentarme las ganas de escucharla, además de que hacía más de un mes que no veía a Laura. Sin embargo, a ella parecía no ocurrirle igual, porque noté cómo se tensaba nada más verme.

—¡Laura! ¿Recuerdas que te avisé que iba a invitar a Alejandro a venir hoy, por ser nuestro último día? —nos había introducido Agustín, que también se había dado cuenta de la situación—. Es algo que su padre hace con mucha frecuencia, así que me pareció lo normal en este caso.

Una voz compartidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora