—Pero Alejandro, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras?
—Me he peleado con Helga, ¡y me ha gritado!
—¿Pero qué ha pasado? A ver, ven aquí, cuéntamelo bien.
—Ha dicho cosas feas de mi canción, y también ha dicho que a mamá y papá no les gustó ir a Eurovisión.
—Anda, cálmate. Helga se ha puesto un poco nerviosa. Ya sabes que a ella no le gusta su canción...
—Ya, ¿pero por qué tiene que meterse con la mía?
—Pues no sé... A lo mejor es que está un poco celosa...
__________________________________________________
(Emma)
Le hice caso a mamá.
Llevaba razón: no podía seguir languideciendo mientras veía a los demás florecer. Era hora de enfrentar el problema hasta el final, costara lo que costase. Aunque me moría de miedo, porque no sabía lo que iba a encontrar.
—Solo cosas tan preciosas como tú. ¿Qué te crees? —me susurró papá, dándome un abrazo, el día que le hice partícipe de mi resolución.
Cuando se separó tenía los ojos iluminados.
—A lo mejor... A lo mejor es que no sirvo para esto —le reconocí.
Ahora fueron mis ojos los que se llenaron de lágrimas. Tragué saliva.
—Mira, Emma, estoy seguro de que eso es imposible. Alguien que escribe maravillas como las tuyas ha nacido para esto. Te lo aseguro —sentenció, haciendo un gesto con la cabeza que reafirmaba sus palabras—. Ya sabes que yo para estas cosas tengo ojo...
Lancé una pequeña risa, tratando de destensarme.
—Si tú lo dices...
—Me parece mucho más importante que descubras si realmente es lo que quieres, Emma. Porque tú lo quieres. No porque sientas la presión, o por ser hija de quien eres...
—Y hermana —recalqué, con un regusto amargo.
Papá me miró con intensidad, cogiéndome por los hombros.
—¿Ves? A eso precisamente me refiero.
Esa última frase me dejó clavada en el sitio, y no tardé mucho en descubrir el motivo: reflejaba mi miedo más profundo. Miedo a no ser lo bastante buena, a no estar a la altura, lo cual me llevaba a ponerme el listón demasiado alto aunque no quisiera. Y luego me frustraba cuando no lo conseguía.
El día que llegué a esa conclusión con la psicóloga me llevé toda la tarde llorando, pero me supo a liberación. Aquella garra que me había estado atenazando tanto tiempo empezaba a suavizarse... y salió en forma de música. Por eso, el día que acabé de componer mi primera canción en años también lloré mucho. La música volvía a mí: no estaba todo perdido.
El siguiente paso fue tomar la decisión de empezar a hacer lo que yo deseaba, no lo que pensaba que le gustaría a los demás. Claro que esto fue mucho más difícil.
—¿Qué pasa, Emma? ¿Quieres algo?
—No... No, papá.
—Eh, ¡espera! —me llamó, apresurándose para cogerme y que no me marchara—. Si has venido es por algo, ¿no?
—Es que estás muy ocupado... —me quejé. Ahí estaba otra vez mi deseo de ser perfecta.
Bajé la mirada.
—Mírame, Emma. Y pídemelo —me insinuó. Yo abrí mucho los ojos—. ¿Qué crees? ¿Que no sé lo que pretendías? Recuerdo a una renacuaja que me ponía los mismos ojitos que me estás poniendo ahora y siempre conseguía lo que quería...
ESTÁS LEYENDO
Una voz compartida
Fiksyen PeminatAmaia y Alfred han empezado a formar una familia, pero nadie decía que fuera a ser un camino fácil. Después de haber superado por completo el accidente, y ahora con Emma, Alejandro y Helga en sus vidas, los cinco se disponen a seguir adelante, a pe...
