54. De la noche a la mañana

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—Emma, ¿a dónde vas?

—A casa de Lucas. Hoy Simón tiene clase y quiero ver cómo aprende...

—¿Simón? ¿Simón tiene clase?

—Claro, Alejandro. Él también puede aprender, a su manera.

—¿En serio? ¿Pero no sería tan lento, tan lento, tan lento, que no lo conseguiría nunca?

—Mira, a lo mejor no te das cuenta, pero todos tenemos nuestro ritmo. ¿O no te parece que a veces Helguita lo quiere todo demasiado rápido?

—Sí... Mucho...

—¡Pues todo el mundo es igual! Y, si de verdad queremos a alguien, trataremos de adaptarnos a su ritmo, porque solo así podrán dar lo mejor de sí mismos.

—¿Aunque me vuelva loco?

—Es lo que tiene el amor, Alejandro. Pero eso ya lo descubrirás...

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(Alejandro)

Me parecía mentira.

Me parecía mentira que Laura y yo pudiéramos pasar juntos el tiempo que quisiéramos. Durante las primeras semanas no me lo podía creer, pero poco a poco fui empezando a hacerme a la idea. Además, nos veíamos con mucha frecuencia, ya que Laura no acababa de sentirse cómoda en casa de su hermana, con la que estaba viviendo de forma temporal.

—A la psicóloga le parece bien que no pase mucho tiempo allí si no quiero, y Marta lo sabe —me explicó uno de los primeros días, como excusándose.

Yo ya estaba descubriendo que esa era una de las secuelas que padecía, la tendencia a disculparse por las decisiones que tomaba, porque no estaba acostumbrada a tomarlas, o a que fueran aceptadas.

—Estupendo. Sabes que no tienes que avisar para venir aquí —le recordé, apretándole la mano para reafirmar mis palabras.

La situación por la que pasaba ahora tampoco era fácil, con Seve en prisión preventiva y su madre ingresada mientras le hacían pruebas. Aunque esa incertidumbre fue la que menos duró: estaba claro lo que iba a ocurrir.

—La van a llevar a un centro psiquiátrico, por un periodo indefinido —nos anunció Laura, un par de semanas después.

Mamá, que la había recibido, vaciló antes de contestar. Era complicado cuando nunca antes te habías enfrentado a ello.

—Umh..., seguro que es lo mejor para ella —soltó por fin—. ¿Entonces tú te quedas en casa de tu hermana?

Laura asintió.

—Por un periodo indefinido —concretó, con una sonrisa irónica.

—Bueno, siempre puedes hacerte rica e independizarte —le recordé, bromeando.

Su sonrisa se ensanchó, por lo que pude relajarme. Aún dudaba de si lo que decía cuando estaba con ella podía quedar fuera de lugar.

—Pues vamos, que los discos no se hacen solos.

Y allá que nos íbamos escaleras arriba, a ensayar al estudio. Al principio apenas hablábamos: ella me enseñaba algunas melodías y letras que estaba componiendo, y tocábamos la guitarra juntos.

—¿Puedes practicar con el violín? —me preguntó en una ocasión, pillándome desprevenido.

—Claro —me limité a contestarle.

El violín era mi instrumento, a fin de cuentas. Para mí tocarlo era tan natural como comer. Elegí La Chacona, una pieza que me gustaba especialmente por toda la emoción que transmitía, a pesar de la dificultad técnica. Y me pasó como siempre, que cuando se trataba del violín y yo, todo lo demás desaparecía: solo podía centrarme en transmitir mis emociones a través de él.

Una voz compartidaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora