25

263 32 3
                                        

Solo faltaba el último hombre, no nos complicaríamos mucho, solo agarraríamos a cualquiera que pasara en nuestro regreso a la casa. 

Jean encendió el motor, y juntos nos embarcamos en la última cacería de la noche. El coche avanzó con un rugido sordo a través de las calles desiertas, mientras mi mente se enfocaba en la próxima víctima. Poco después de haber arrancado, avistamos a un hombre que avanzaba torpemente por el medio de la calle.

Era un hombre con una gabardina oscura que llegaba casi hasta el suelo. Sus pasos eran vacilantes, y su mirada nerviosa se movía de un lado a otro, como si intentara escapar de algo invisible. La ansiedad en su postura era palpable, y mi intuición me decía que no estaba allí por casualidad.

Al ver el auto acercarse, su nerviosismo se intensificó. Aumentó el paso, tropezando con frecuencia, pero sus movimientos eran aún demasiado lentos para poner en peligro nuestra misión. Jean redujo la velocidad del vehículo, y me preparé para salir.

Abrí la puerta del coche y me dirigí tras el hombre, lista para la acción. La noche estaba fresca y el silencio que rodeaba la escena era inquietante. El hombre giró la cabeza, notando mi aproximación. Su mirada se encontró con la suya, y un grito ahogado de terror escapó de sus labios.

—¡No, por favor! —balbuceó el hombre, acelerando su paso a una velocidad tambaleante. Parecía estar bajo el efecto de alguna droga o afectado por un problema. Sus pasos eran cada vez más erráticos, como si intentara escapar de un fantasma.

Comencé a seguirlo con firmeza, moviéndome con la misma precisión felina que había usado anteriormente. Estaba a punto de atraparlo cuando, con una rapidez hasta ahora oculta, comenzó a correr gritando frenéticamente.

—¡No, no, no! —gritó el hombre, su voz quebrada por el pánico—. ¡No sé nada, por favor!

La situación se estaba complicando. La energía frenética del hombre era desconcertante, y cada uno de sus movimientos caóticos solo aumentaba mi irritación. Sin más cautela, avancé con pasos firmes y decididos, desenvainando mi navaja mientras lo seguía rápidamente.

Con un salto ágil, lo alcancé y lo arrastré hasta el callejón más cercano. Allí, lo golpeé con fuerza en un intento de tranquilizarlo. El hombre cayó al suelo, respirando pesadamente y con los ojos desorbitados por el miedo.

—¿De quién estás corriendo? —le pregunté, mi voz gélida y llena de irritación—. Esto no va a durar mucho, te lo aseguro.

El hombre me miró con desesperación, sus palabras saliendo atropelladas de su boca.

—¡Un hombre alto! ¡Me golpeó! ¡Dijo que la cacería había comenzado! ¡Me ordenó que huyera y que me iba a buscar para matarme!

Mi mente procesó rápidamente la información, pero no me conmovió. Mostré una falsa preocupación, aflojando mi agarre ligeramente.

—Oh, eso suena terrible —dije, mi tono suave y casi compasivo. El hombre pareció relajarse un poco, pensando que había encontrado un momento de tregua.

Pero mi rostro se transformó rápidamente en una sonrisa sádica.

—Qué lástima, pero no me concierne.

Sin darle tiempo a reaccionar, hundí la navaja en su estómago, mis ojos fijos en los suyos mientras sentía la resistencia de su carne ceder bajo la presión. Su rostro se contorsionó de dolor y horror mientras subía la navaja, abriendo la perforación.

—Bruja... —susurró el hombre con sus últimas fuerzas, sus palabras ahogadas por la agonía.

Ante su tierna contestación, no hice más que soltar una risa burlesca. Mientras observaba su vida desvanecerse, mi expresión era una mezcla de satisfacción y diversión peligrosa. Cuando finalmente murió, solté su cuerpo y me volví hacia Jean, que había estado observando desde la distancia.

Sinfonía de la muerte (Alastor x Tn)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora