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Comenzamos a seguir al hombre, manteniéndonos a una distancia prudente para no ser detectados. Alastor avanzaba con una determinación casi predatoria, cada movimiento calculado para maximizar el suspenso. Sus ojos brillaban con una luz perversa, y la atmósfera a nuestro alrededor se cargaba con una tensión creciente.

La persecución era lenta pero meticulosa. El hombre, cada vez más agitado, corría a través de las calles vacías, girando de vez en cuando para mirar hacia atrás con un temor palpable. Su respiración era audible incluso desde la distancia, y podía ver su figura tambalearse de vez en cuando.

Alastor se mantenía firme a mi lado, sus movimientos tan elegantes y calculados que parecía que estaba disfrutando cada segundo de la cacería. Cada vez que el hombre giraba en una esquina, nosotros hacíamos lo mismo, siguiendo su rastro con una precisión inquietante.

—Es fascinante ver cómo el miedo puede transformar a una persona —comentó Alastor—. La desesperación hace que sus movimientos sean erráticos y su juicio se nuble. Es un espectáculo que nunca deja de entretenerme.

Miré a Alastor, con la mente abrumada por la intensidad de la situación y el impacto de sus palabras. La noche estaba llena de posibilidades, y a medida que la caza avanzaba, sentí una conexión más profunda con Alastor y su visión macabra del mundo.

A medida que el hombre se adentraba más en el laberinto de calles vacías, la emoción de la caza y la intensidad de la noche se entrelazaban en una danza oscura y seductora. Donde cada sombra parecía un cómplice silencioso mientras la cacería continuaba. El aire gélido mordía mi piel, pero no lograba penetrar el calor oscuro que Alastor irradiaba. Sus pasos resonaban con un ritmo deliberado, casi burlón, como si disfrutara prolongando el tormento del hombre que corría delante de nosotros.

El hombre, evidentemente agotado, comenzaba a perder fuerza. Sus piernas se movían con dificultad, y su respiración era un jadeo irregular y desesperado. Cada vez que intentaba acelerar, parecía más un animal acorralado, consciente de que el final estaba cerca. Alastor lo observaba con esa mezcla de curiosidad morbosa y desdén, como un depredador que saborea el miedo de su presa antes de darle el golpe final.

—Es casi poético, ¿no lo crees? —murmuró Alastor, su voz apenas un susurro, pero cargada con una intensidad que me hizo estremecer—. Cómo la desesperación puede convertir a un hombre en una simple criatura movida por el instinto de sobrevivir. Pero, al final, todos sucumben.

El hombre tropezó, su caída fue torpe y llena de angustia, pero se levantó de nuevo, aunque cada vez con menos vigor. Alastor, que había mantenido su paso constante, se detuvo un momento, permitiendo que la distancia entre ellos se acortara aún más.

—Es hora de actuar, querida Tn, —dijo con una sonrisa ladina, su tono suave pero con un filo de perversidad—. Observa cómo se hace.

Sin previo aviso, aceleró el paso, sus movimientos se tornaron fluidos y precisos, como un lobo que da el salto final hacia su presa. En cuestión de segundos, Alastor estaba a escasos metros del hombre. Este, al darse cuenta de la cercanía de su perseguidor, intentó correr nuevamente, pero sus piernas ya no respondían. La desesperación se apoderó de él, sus ojos se abrieron de par en par, llenos de terror.

—¡Vamos, corre! —exclamó Alastor, alzando la voz con un tono burlón y sombrío, su resonancia cortando la noche como un cuchillo—. ¡Corre mientras aún puedas! ¡Vamos, muéstrame de qué estás hecho!

El hombre intentó obedecer, pero solo logró tropezar una vez más, cayendo de rodillas en el suelo cubierto de nieve. Su cuerpo temblaba, y podía escuchar sus sollozos ahogados por el miedo.

Alastor se acercó lentamente, disfrutando cada segundo de la escena. Cuando estuvo a su lado, se inclinó ligeramente, dejando que su sombra cubriera al hombre.

Sinfonía de la muerte (Alastor x Tn)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora