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2 semanas antes...

El día estaba jodidamente raro. Nublado, casi tan oscuro como si fuera de noche, y el aire cargado de esa sensación densa de que algo estaba a punto de joderse o salir muy bien. Miro el reloj de mi escritorio: 14:45 pm. Antony debería estar por llegar ya. Por fin, después de andar todo un maldito mes estirando mis brazos por todo el maldito mapa, tocando las puertas de la familia Genovese, al fin había conseguido que respondieran. Y después de semanas, semanas de espera, lo único que me mandan es una carta cutre diciéndome que alguien vendría en representación de la familia. Tienen que estar bromeando conmigo. Una carta. Como si fuera una puta invitación a una boda.

Pero lo importante aquí es que, aunque me tuvieran con el culo en espera, ya los tenía. Estaban dentro de mi terreno, y con un poco de maña, los podía tener comiendo de mi mano. Los Genovese, la familia italiana más jodidamente influyente en todo el maldito submundo. Hacían de todo, pero su fuerte siempre había sido la droga. Aunque el tráfico de armas tampoco se les escapaba, siempre había una pistola o dos entre los paquetes de cocaína. Sí, con ellos podía hacer grandes negocios, y no solo pequeños intercambios de mierda. Esto era el jodido futuro.

Me aparté del ventanal cuando escuché los golpes en la puerta. Era hora. Me senté en mi escritorio con una calma que apenas podía mantener. "Harper, abre la maldita puerta", le ordené por el intercomunicador. Mi cabeza ya estaba jugando el partido, preparando las palabras, las frases. Sabía lo que iba a ofrecer y cómo lo iba a envolver en un bonito lazo, aunque dentro fuera un veneno.

Cuando la puerta finalmente se abrió y Antony Genovese entró, casi me cago de risa. Qué jodida decepción. Pensaba que iba a ver a uno de esos italianos grandes, curtidos, con cara de que te parten la boca de un solo golpe. Ya sabes, uno de esos que de solo mirarte te hacen pensar que te van a romper los huesos si los miras mal. ¿Y qué tengo delante? Un flacucho. Un puto rubio desaliñado con la cara como si acabara de bajarse de una fiesta de tres días. Sus ojos, que deberían ser azules o algo así, estaban casi completamente negros, inundados por sus pupilas dilatadas. ¿Qué se había metido este cabrón? Debía estar hasta el culo de coca o algo peor.

Quise echarlo a la mierda. La pura decepción. Pero me contuve, porque la cosa no iba de su cara o de su estado físico. A la mierda con eso. Aquí estábamos por los negocios, y si este idiota era la marioneta de los Genovese, me iba a servir igual. Solo tenía que asegurarme de que no se cayera de la silla a mitad de la conversación.

—Buenas tardes, señor Antony Genovese. Siéntese, por favor —le dije con una sonrisa falsa, la más plástica que he usado en mi vida. Mi voz sonaba calmada, como si no me estuviera cagando de risa por dentro.

Antony me lanzó una sonrisita, una de esas que dicen "me importa una mierda lo que pienses." Se dejó caer en el sillón de cuero como si le perteneciera, con esa actitud de niño mimado que me saca de quicio.

—Buenas tardes —dijo, arrastrando las palabras con ese maldito acento italiano que se supone que le da clase o algo así.

Lo miré bien, de arriba abajo. La ropa, a pesar de estar medio desordenada, era de diseñador, de esas marcas caras que jamás me compraría porque soy más práctico. Y los anillos. Oro, plata, lo que fuera. El cabrón estaba adornado como un maldito árbol de Navidad, cada dedo brillando con algo. Qué ostentoso hijo de puta.

—Es un placer finalmente conocer a un representante de su familia —le dije mientras entrelazaba los dedos sobre la mesa —. Como debe saber, estamos aquí para hablar de negocios. Grandes negocios.

Antony solo asintió, lento, como si el tiempo no existiera para él. —He oído que tienes propuestas interesantes, Víctor —dijo, apoyando su barbilla en la mano, con una expresión que me daban ganas de golpear. Ese aire de superioridad perezosa que me hinchaba las pelotas.

Sinfonía de la muerte (Alastor x Tn)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora