Presente...
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Los gritos de Peyster estaban al borde de matarnos. No paraba de llorar, de gemir como si el mundo se le estuviera desmoronando, cuando en realidad solo éramos nosotros los que ya no podíamos soportarlo. Una semana de estos alaridos incesantes y, honestamente, no entiendo cómo no se le había roto la voz. ¿Cómo Jean no lo mató todavía? Cada maldito sollozo era una tortura más, un martillo que me golpeaba el cráneo.
— ¿No tienes el tranquilizante? —le pregunté, ya al borde de perder la paciencia. Si estuviera completamente sana, sin la maldita faja que me recordaba la herida, no tendría reparos en encargarme de esto yo misma, sin quejas.
Jean suspiró, agotado, y se masajeó las sienes como si con eso pudiera aliviar la tensión.
— Está en el tercer gabinete —dijo, señalando vagamente con una mano mientras mantenía la otra en su cabeza. Suspiró de nuevo—. Ya lo intenté. Pero se despierta a la media hora.
— Entonces doble ración —respondí sin pensar, con ese tono seco y desesperado que reflejaba lo harta que estaba.
Me levanté sintiendo el dolor en mi abdomen. La herida no estaba totalmente curada, y aunque pretendiera que lo estaba, mi cuerpo me lo recordaba cada que podía. Llegué hasta el gabinete, mis dedos tanteando hasta encontrar el maldito tranquilizante. Lo saqué junto con las agujas, apretando la jeringa en mi mano como si de alguna forma esto pudiera ser la solución a todos nuestros problemas.
Peyster, con la boca tapada, seguía gritando. Era increíble, pero incluso con el trapo amordazándole, lograba hacer ruido. Y no cualquier ruido. No. Gritos guturales, desesperados. Jean me observaba, tranquilo, o al menos intentaba parecerlo, pero yo sabía que estaba tan harto como yo.
Cuando abrí la puerta de la habitación, Peyster me vio acercarme con las agujas en la mano y el muy desgraciado se asustó. Su cara pálida se contorsionó de pavor y empezó a arrastrarse por el piso como una maldita lombriz, desesperado por alejarse de mí.
— Quédate quieto, Peyster —le dije con el tono más sereno que pude conjurar, aunque la ira burbujeaba por dentro—. Esto se va a terminar hoy, pero tienes que colaborar.
Pero, como era de esperar, no hizo caso. Siguió lloriqueando, gritando, arrastrándose.
Jean se levantó para quedarse a mi lado, pero no movió un músculo para detener a Peyster, quizás esperando que yo lo calmara de una vez por todas. Mi paciencia estaba al borde, ya no podía más. Y en un arrebato, con la desesperación mordiéndome, di un paso rápido hacia él, levantando la aguja en el aire.
Pero Peyster, en su terror, se movió en el último segundo. Desesperado, lanzó una patada que me dio de lleno en el estómago, justo donde la herida aún no estaba cerrada del todo. El dolor fue tan agudo que caí de rodillas, el aire se me escapó del cuerpo como si me hubieran apuñalado de nuevo. Me dolía todo. Era como si alguien hubiera abierto la herida otra vez.
— ¡Señora! —escuché a Jean gritar, sus manos firmes aferrándose a mis hombros para evitar que me desplomara por completo. El dolor era tan intenso que sentía como si me estuviera ahogando.
Pero eso no duró mucho. Apenas un segundo después, Jean me soltó, dejándome apoyada en la pared, y se lanzó contra Peyster como un animal salvaje. Los golpes resonaron por toda la habitación, y con cada uno de ellos Jean le gritaba, su voz rugiendo con furia contenida.
— ¡No te atrevas a tocarla de nuevo! ¡Por tu culpa casi muere, maldito bastardo!
Cada palabra iba acompañada de un golpe. Cada golpe era más fuerte que el anterior, y Peyster, ese desgraciado que no paraba de gritar, estaba ahora reducido a un amasijo de carne temblorosa en el suelo.
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Sinfonía de la muerte (Alastor x Tn)
Fiksi PenggemarEl tiempo es dinero y Tn lo sabe. No importa tener las manos manchadas cuando hay entre medio grandes negocios. Ahora que se encuentra en la recta final de su gira, desea explorar nuevos terrenos, y que mejor que en el bajo mundo. Pero no siempre s...
