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El metal frío de la puerta vibró bajo mis nudillos por segunda vez. Silencio.

Miré el reloj en mi muñeca con un ligero fruncimiento de ceño: 11:25 de la mañana. Si bien no era tan temprano como para que alguien estuviera profundamente dormido, tampoco era la mejor hora para irrumpir en la casa de alguien sin previo aviso. Pero no me quedaba de otra.

Resoplé con impaciencia y levanté la mano para tocar por tercera vez, pero antes de que pudiera hacerlo, la puerta se abrió con un rechinido.

Allí estaba él.

Husk se frotaba la cara con una mano, arrastrándola por su piel como si intentara borrar la hinchazón del sueño. Con la otra, se sujetaba del marco de la puerta, sin molestarse en disimular su desánimo. Sus ojos oscuros, aún pesados por el letargo, me miraron bajo un par de cejas fruncidas.

Pero lo que más llamó mi atención fue su apariencia: la misma camisa blanca, arrugada y desabrochada hasta casi el abdomen, con las mangas arremangadas a medio brazo. Apenas se sujetaba con un solo botón cerca del ombligo, dejando entrever la piel tostada de su torso y el vago atisbo de una cicatriz vieja. Sus pantalones estaban desabrochados, descansando peligrosamente bajos en su cintura, y su cabello negro, normalmente peinado hacia atrás con gel, estaba suelto y revuelto, con mechones cayendo sobre su frente.

Se hizo a un lado con un suspiro pesado, permitiéndome pasar sin decir una palabra. Entré sin dudar, sacudiendo la cabeza con leve irritación.

—Buenos días —dije, mientras la puerta se cerraba detrás de mí—. ¿Recién te despiertas?

Él solo gruñó como respuesta mientras se estiraba con pereza. Sus brazos, marcados y tensos tras el movimiento, casi tocaron el techo bajo de la sala. Su camisa se deslizó un poco más hacia los lados con el gesto, amenazando con abrirse por completo.

Con un resoplido gutural, Husk dejó caer los brazos tras un suspiro satisfecho, y sin decir nada más, comenzó a recoger su cabello en una coleta improvisada. Su reflejo en la ventana mostraba el gesto perezoso con el que lo hacía, tirando de los mechones con una despreocupación que solo él podía permitirse. Algunos cabellos rebeldes quedaron sueltos, cayéndole sobre el rostro en una maraña oscura.

Me crucé de brazos, dándole una mirada rápida.

—No te enfades, muñeca —murmuró con una media sonrisa cansada—. No es mi culpa que vengas tan temprano.

—Te llamé al bar antes de venir. No contestaste.

—Porque estoy aquí.

—Y Alastor me dijo que probablemente estarías aquí, así que vine.

Se encogió de hombros, caminando con pasos arrastrados hacia la cocina.

—¿Y para qué me buscabas?

Lo miré con una ceja arqueada, como si la pregunta fuera absurda.

—Ya sabes para qué.

Husk sacó un vaso de la alacena con calma exasperante, sin apurarse en lo más mínimo. Vertió un poco de whisky sin siquiera pestañear, tomó un sorbo y luego apoyó el vaso en la mesada con un golpe sordo. Se giró levemente, dándome una mirada pesada, como si estuviera midiéndome en su somnolencia.

—Si es por lo de ayer, podrías haber esperado hasta que fuera al bar —dijo finalmente—. Ahí tengo todos los números.

—Así que tengo que esperar. 

—No me hagas verte todo somnoliento y con resaca a esta hora. No es muy atractivo que digamos.

Levanté una ceja, cruzándome de brazos con fingida sorpresa.

Sinfonía de la muerte (Alastor x Tn)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora