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Luego de un rato riendo y hablando sobre trivialidades, Husk decidió que era momento de irse. Le di un abrazo rápido antes de verlo desaparecer por la puerta principal. La estufa aún rugía con fuerza, llenando la casa de un calor acogedor, mientras Alastor seguía encerrado en la cocina, claramente ofendido. Ahora, sola en la sala, sabía que no podía dejar las cosas así. Tenía que hablar con él, aclarar lo que sea que estuviera pasando por su cabeza.

Me acerqué con pasos suaves hacia la cocina. El silencio de la casa se volvía más pesado a cada paso que daba, como si el aire mismo fuera un muro entre nosotros. Finalmente, me detuve frente a la puerta de la cocina, tomando una respiración profunda antes de girar lentamente la perilla y adentrarme en lo que sentía como el teatro personal de Alastor.

Allí estaba él, de espaldas a mí, frente a la ventana, cortando verduras con una precisión casi obsesiva. Su perfil era serio, rígido, y el sonido del cuchillo sobre la tabla era el único sonido que rompía el sepulcral silencio de la habitación. Cerré la puerta con suavidad tras de mí, apoyándome contra ella por un momento, observándolo en su concentración silenciosa. El ambiente era tenso, casi sofocante, pero no podía dejar que ese silencio persistiera.

Con pasos delicados, me acerqué a él por detrás, sintiendo cada latido de mi corazón resonar en mis oídos. Sin pensarlo mucho, lo rodeé con mis brazos, abrazándolo por la cintura. Mis manos descansaron suavemente sobre su abdomen, y apoyé mi mejilla contra su espalda. El calor de su cuerpo contrastaba con el frío de su actitud.

— Querido... Ya estoy mejor... — susurré, intentando romper la barrera invisible entre nosotros. — No sigas enojado como un niño...

El cuchillo seguía cortando el pimiento frente a él, su silencio era casi ensordecedor. Esperé, apretando ligeramente el abrazo, como si eso pudiera hacer que sus barreras se desmoronaran. Pero no hubo respuesta.

— Al... — intenté hablar de nuevo, pero esta vez fui interrumpida por su voz cortante.

— Tomaste café. — Su tono era frío, casi acusatorio. — ¿A dónde te subiste para agarrar la cafetera?

Parpadeé, sorprendida por su pregunta. No era lo que esperaba escuchar en absoluto. Una risa suave y divertida escapó de mis labios, sin poder evitarlo.

— Si te digo, haces voto de silencio por el resto de tu vida. — Respondí entre risas, intentando suavizar la tensión en la sala. Mis manos acariciaron suavemente los lados de su abdomen, buscando una respuesta más cálida. — Vamos, anda... mírame.

Alastor soltó el cuchillo con desdén sobre la tabla de cortar. El sonido fue casi un eco en la pequeña cocina, y su cuerpo se enderezó con una rigidez que no prometía nada bueno. Permaneció inmóvil, negándose a mirarme. Sentí el peso de su ofensa envolviendo la habitación.

No podía dejarlo así. Con una leve fuerza, lo giré suavemente para que quedara frente a mí. Finalmente lo tuve cara a cara, y lo que vi en sus ojos me sorprendió. No había rastro de su clásica diversión, sus ojos estaban oscuros, serios, sin brillo. La diversión cruel que solía ver en su mirada se había desvanecido por completo, dejándome con un Alastor que parecía extraño, casi desconocido.

Sin esperar más, lo abracé, esta vez más fuerte, apoyando mi cabeza en su pecho, escuchando el ritmo acelerado de su corazón. Él no se movió, pero tampoco me empujó. El silencio entre nosotros ahora era diferente, más profundo.

— No quiero pelear contigo... — susurré contra su pecho, sintiendo cómo sus manos permanecían rígidas a su lado. — Solo quiero que sepas que ya me siento mejor. Que me dejes ser yo misma.

El sonido de su respiración era lento y controlado, pero el peso de sus emociones se sentía en cada segundo que pasaba sin decir nada. Sabía que lo había herido de alguna manera, que él sentía que estaba desafiando su protección, pero necesitaba que entendiera que no podía seguir así.

Sinfonía de la muerte (Alastor x Tn)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora