Temblor

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El sol estaba cayendo entre los edificios, la ciudad estaba muy tranquila, demasiado para ser la ciudad de Bogotá, donde los automóviles hacían ruidos y la gente hacía bullicio.

Armando y Betty ya se encontraban en su hogar. Estaban en su cama viendo una película mientras Camila jugaba con sus muñecos al té. Estaba todo muy tranquilo.

Hasta que todo se empezó a mover estrepitosamente.

—¡Está temblando!— exclamó Betty al tiempo de que se levantaba de la cama.

—¡CAMILA QUÉDATE QUIETA DONDE ESTÉS, YA VOY!— gritó Armando temiendo que a su niña le caiga algo colgado, o lo que fuere.

El piso se movía con gran intensidad mientras que Armando tomaba de la mano fuertemente a Betty y buscaba a la pequeña Camila, que, sin entender, estaba aterrorizada abrazando a Lola, el muñeco que le regaló su papá desde que todavía no nacía.

Por suerte, ellos siempre le habían dicho a Camila que nunca cierre la puerta de su habitación, ya que, como en este caso, si pasaba una emergencia ellos no podrían ayudarla; entonces, pudieron entrar a la habitación de Camila sin problemas de puertas trabadas.

—¡Papi!— exclamó la pequeña mientras se aferraba al cuello de Armando.

Él, por su parte, mantenía a su hija en su brazo izquierdo mientras que con el derecho sostenía a su mujer de los hombros, en señal de protección. Luego de unos segundos eternos, paró el temblor, pero igualmente, ellos bajarían del edificio y se meterían al auto para ir a una zona segura.

—Mis reinas, vamos a bajar con cautela e iremos por el coche, ¿Si?. Mi amor— se dirigió a Betty— ten a Camila en brazos y yo las ayudo, llevaré una mochila con nuestras cosas por si hay alguna réplica.— le dijo con seguridad.

Ella asintió y con Cami —quien ya tenía 5 años— se dirigieron a las escaleras de emergencia del edificio donde se encontraba el apartamento.

La escalera estaba saturada, lleno de familias y personas que querian salir lo más pronto posible. Betty agarró bien fuerte a Camila y empezó a bajar las escaleras.

De lejos se escuchó —Permiso, permiso por favor— que era Armando tratando de alcanzarlas.

Al llegar a ellas con la mochila que preparó, las sostuvo y terminaron de bajar y salir. Fueron al auto familiar y Armando le dijo a Betty que fuera con Camila atrás.

—Mami, ¿Por qué el piso se movió? ¿Por qué no estamos en casa ahora?— dijo con pena Camila.

—Ya te enseñaré el por qué de éste suceso, pero ahora debemos ir a un lugar más seguro porque se puede volver a mover el piso y puede llegar a ser peor. Con papi te cuidaremos, no te preocupes.— le dijo acomodándole el pelito detrás de la oreja.

Armando arrancó el auto y con mucha cautela, llegó a una zona acampada, donde no había nada, solo tierra. Las calles estaban saturadas, lleno de personas tratando de ir o llegar, pero el embotellamiento era ensordecedor.

Armando se giró para atrás y miró a sus mujeres.

—Princesa, ¿Quieres un sándwich?

—Si papi, me siento como aventurera, como Alicia con esto ojojoj— rió con diversión.

Ambos padres rieron aliviados de poder llevarle calma a su niña y que vea todo como una aventura.

Armando abrió la mochila y sacó un par de sándwiches envueltos en servilletas, uno para Cami y otro para Betty, aunque él mismo no tenía apetito. Estaba demasiado pendiente de los noticieros que sonaban en la radio del auto. La locutora informaba que el temblor había tenido epicentro en un municipio cercano y que se estaban evaluando daños estructurales en varios sectores de Bogotá.

Betty acarició la espalda de Camila, que ya mordía su sándwich como si realmente estuviera de picnic. —Menos mal que Lola estaba conmigo— murmuró la niña abrazando fuerte al muñeco entre bocado y bocado.

—Lola siempre va a estar contigo, mi amor —le aseguró Betty—, pero nosotros también. Pase lo que pase, papi y yo siempre vamos a estar aquí para cuidarte.

Armando, al escucharla, soltó un suspiro largo. La tensión de su cuerpo fue cediendo poco a poco. Estiró la mano y le acarició la mejilla a Betty con ternura. —Gracias por mantener la calma, mi amor. Yo sé que estabas tan asustada como yo, pero por Cami… lo hiciste perfecto.

Betty sonrió con los ojos húmedos. —Tú también, Armando. Ver cómo nos protegías… me dio fuerza.

En ese instante, un nuevo movimiento, más suave que el anterior, sacudió la tierra. Camila abrió los ojos grandes y miró a sus padres. —¡Otra vez!— gritó, abrazándose a Betty.

—Tranquila, princesa, es una réplica —explicó Armando con voz firme, aunque su propia garganta se cerraba de miedo—. Por eso estamos aquí, en un lugar abierto. No va a pasarnos nada.

El coche se mecía ligeramente, y el silencio de la noche se rompía con el murmullo nervioso de las demás familias que también habían buscado refugio en aquel descampado. Luego, todo se calmó.

Betty besó la frente de su hija. —¿Ves, mi amor? Ya pasó. Y pasará tantas veces como tenga que pasar, pero mientras estemos juntos, no debemos temer.

Camila, todavía algo temblorosa, sonrió tímidamente. —Entonces… ¿somos como un equipo de superhéroes?

Armando y Betty se miraron, y la tensión se rompió con una risa compartida. —Claro que sí, mi amor —dijo Armando—, somos el mejor equipo de superhéroes del mundo.

Y esa noche, bajo el cielo despejado de Bogotá y con la tierra aún temblando en sus memorias, la familia Mendoza Pinzón aprendió que la verdadera fortaleza no estaba en los muros de su apartamento, sino en el abrazo que los mantenía unidos.

El frío de la noche empezaba a sentirse en el descampado, y Betty envolvió mejor a Camila con una manta que Armando había sacado de la mochila. La niña se acurrucó contra su madre, mientras sus ojos comenzaban a cerrarse, agotada por la tensión del temblor.

—Parece que ya se quiere quedar dormida —susurró Betty, acariciándole suavemente el cabello.

Armando las miró desde el asiento del conductor y sonrió con ternura. —Que se duerma tranquila, amor. Aquí está segura.

El silencio se hizo más cómodo entre ellos, interrumpido solo por el viento que rozaba el auto y el murmullo de otras familias a lo lejos. Betty levantó la vista y encontró los ojos de Armando fijos en ella.

—¿Sabes? —dijo él en voz baja—, cuando todo empezó a moverse, lo único que pensé fue en ustedes dos. En llegar a donde estuvieran, abrazarlas y no soltarlas nunca.

Betty le sostuvo la mirada, con un brillo de emoción. —Y lo hiciste, Armando. No hubo un segundo en el que no sintiera tu fuerza. Eres nuestro refugio.

Él extendió la mano y ella la tomó con cuidado para no despertar a Camila, que ya dormía profundamente sobre su pecho. Permanecieron así, unidos, mientras el cansancio también empezaba a pesarles.

—Cuando todo se calme —murmuró Betty—, volveremos a casa. Pero quiero que recuerdes algo, Armando… Nuestra verdadera casa no son esas paredes, sino esto: tú, yo y nuestra hija.

Él apretó su mano con cariño, emocionado por sus palabras. —Tienes toda la razón, mi vida. Con ustedes, no necesito nada más.

El reloj del auto marcaba la medianoche. Afuera, la ciudad aún intentaba recomponerse, pero dentro de ese pequeño espacio, la familia Mendoza Pinzón había encontrado una calma propia, envueltos en el calor de su amor y la certeza de que, mientras permanecieran juntos, nada podría quebrarlos.

FIN

𝓞𝓷𝓮 𝓢𝓱𝓸𝓽𝓼 𝓐𝓻𝓶𝓮𝓽𝓽𝔂Donde viven las historias. Descúbrelo ahora