Abrió la puerta de su casa con una sonrisa dibujada en el rostro, dejando atrás el cansancio del día apenas puso un pie dentro.
—¡Mis amores, papi ya llegó! —exclamó con entusiasmo, su voz resonando cálida por todo el hogar.
Betty, como cada tarde, había dejado el trabajo en la empresa para dedicarse de lleno a cuidar a Cami, su niña de apenas diez meses. Mientras tanto, Armando solía encargarse de las tardes. Pero esa escena, esa tarde, iba a marcarlo para siempre.
Al entrar, colgó el saco en el perchero de manera automática. Y al girarse para buscar a sus dos tesoros, el corazón se le detuvo un segundo.
Allí, en medio del living, vio lo que sería uno de los momentos más memorables de su vida: su pequeña Cami, tambaleándose con determinación, avanzando hacia él por sus propios medios.
—Papá... pa... ¡pá! —balbuceaba con esfuerzo, su vocecita como un canto sagrado.
El mundo se apagó a su alrededor. El tiempo se detuvo.
Armando cayó de rodillas, con los brazos abiertos, los ojos inundados de emoción pura.
—¡Muy bien, mi amor! Lo estás haciendo tan bien... —dijo con la voz quebrada, apenas un susurro de felicidad contenida.
Desde atrás, Betty los miraba con ternura, visiblemente emocionada, las manos sobre el pecho.
—Hoy estuvo intentando todo el día… pero viniste tú, y se animó definitivamente. Solo te estaba esperando. —le comentó con una sonrisa temblorosa.
El maletín de cuero cayó al suelo, olvidado. Lo único que existía ahora era ella. Su hija. La niña que venía creciendo tan rápido que dolía.
Y cuando finalmente Cami llegó a él, cayendo rendida en sus brazos, Armando la alzó con cuidado, la apretó contra su pecho y no pudo evitarlo más.
Las lágrimas brotaron sin pedir permiso.
—Estás creciendo tan rápido, chiquita… —susurró, besándole la cabeza con devoción—. Te juro que ayer cabías entera en una sola mano…
Betty se acercó despacio y se agachó junto a ellos, abrazando a ambos con fuerza, formando un nido de amor y ternura.
—Ya no va a parar, amor… va a caminar, correr, hablar… —le dijo ella, también con los ojos húmedos.
—Y yo voy a estar ahí para cada paso —afirmó Armando con convicción, acariciando la espalda diminuta de su hija—. Para sostenerla si tropieza, para aplaudirla si avanza, y para llorar como ahora... porque no puedo creer lo afortunado que soy.
Y así, los tres se quedaron en el suelo, abrazados, mientras la tarde caía suavemente afuera. Adentro, en esa casa, todo era luz.
***
Esa noche, cuando todo se aquietó y solo se escuchaba el leve zumbido de la ciudad a lo lejos, Armando entró despacio al estudio. Cerró la puerta con cuidado para no despertar a nadie y se sentó frente al escritorio.
Todavía tenía los ojos enrojecidos. Le temblaban un poco las manos, pero no por nervios. Era la emoción.
Sacó una hoja de papel de buen gramaje, de esas que guardaba para ocasiones especiales. Tomó su estilográfica y, con el corazón aún palpitando fuerte, comenzó a escribir:
Bogotá, 2002
Para mi hija, Camila Mendoza Pinzón
Mi amor:
Esta noche, mientras duermes como un angelito en tu cuna, yo estoy acá, con el pecho lleno de palabras que no me caben y necesitan salir.
Hoy diste tus primeros pasos hacia mí.
No sé si algún día te vas a acordar de ese momento, pero yo… yo nunca lo voy a olvidar. Jamás. Entré a casa como cualquier otra tarde y de pronto, sin previo aviso, te vi caminar. Con tus manitas al aire, tambaleándote, balbuceando “papá”… y juro que fue como si el mundo entero se detuviera.
No hay ascenso, proyecto ni firma de contrato que se compare con lo que sentí cuando llegaste a mis brazos. Eres mi mayor logro, mi más grande orgullo, y el motor de todo lo que hago.
Te vi crecer en el vientre de tu mamá, te vi nacer entre lágrimas y temblores, y ahora te veo dar tus primeros pasos. Te juro, hija, que daría mi vida entera por tí.
Sé que vas a seguir creciendo, que vas a correr, saltar, volar… y sé que también vendrán caídas. Pero quiero que cuando leas esto sepas que yo estuve ahí. En cada paso, en cada tropiezo, en cada logro.
Y si alguna vez sientes que el mundo te queda grande, vuelve a mí. Porque acá va a estar siempre el mismo papá emocionado, con los brazos abiertos, esperando para sostenerte.
Te ama con toda su alma,
Papá
Armando dejó la carta dentro de un sobre, lo selló, y escribió en el frente: "Para abrir cuando tengas edad suficiente para entender el amor más profundo que existe."
Luego apagó la luz, se asomó al cuarto de Cami y la observó dormir por un largo rato.
Sabía que esos momentos no se repetían. Pero también sabía que ahora tenía algo más que un recuerdo: tenía una promesa escrita.
FIN
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𝓞𝓷𝓮 𝓢𝓱𝓸𝓽𝓼 𝓐𝓻𝓶𝓮𝓽𝓽𝔂
FanfictionAcá veran historias cortas de 1 solo capítulo en base a Armetty. Solo habrán historias sobre ellos (Camila puede que también) y nadie más. ✨Tu estabilidad emocional está asegurada acá. Habrán advertencias cuando haya algún capítulo fuerte. 💥No infi...
