Arma

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Camila estaba en casa de Samantha, una amiga suya del colegio. Era una tarde tranquila de sábado, con el sol cayendo despacio sobre el jardín y el sonido de los pájaros colándose por la ventana abierta. Las dos niñas, de apenas siete años, jugaban con muñecas y una casita de té sobre una mesita baja del living.

—Vamos a hacer una fiesta, ¿sí?— dijo Camila, acomodando con cuidado los pequeños platos de porcelana.

—Sí, pero falta el té de verdad— respondió Samantha con una sonrisa traviesa.

En ese momento, la madre de Samantha apareció en la puerta con las llaves en la mano.

—Niñas, tengo que salir un momento a comprar unas cosas, no tardo— avisó con tono apurado.

—¿Puedo quedarme con Cami?— preguntó Samantha.

—Claro, pero no toquen nada raro, ¿entendido? Vuelvo en un ratito.—

Cerró la puerta y el sonido del auto alejándose se perdió por la calle. La casa quedó en silencio, con el tictac del reloj como único ruido.

Durante unos minutos, siguieron jugando sin problema. Pero luego Samantha se levantó y fue hacia el aparador del comedor.

—Mi mamá tiene cosas guardadas ahí, mira— dijo con curiosidad infantil.

Sacó de un cajón una pequeña llave que colgaba de un llavero escondido detrás de un florero. Lo hacía casi como un juego prohibido, uno de esos actos que las niñas saben que no deben hacer, pero la intriga les gana.

—¿Qué hay ahí?— preguntó Camila, algo nerviosa.

—No sé, pero quiero ver— respondió Samantha, metiendo la llave en la cerradura.

El cajón se abrió con un clic seco. Dentro había papeles, una caja de madera… y un objeto envuelto en una tela gris.
Samantha lo sacó con las dos manos. Al quitarle la tela, apareció una pistola plateada, con el brillo apagado del metal.

—Parece de juguete…— dijo, frunciendo el ceño.

—¿Estás segura?— murmuró Camila, dando un paso atrás.

—Sí, mira, no hace nada— aseguró Samantha, sosteniéndola como si fuera una tetera.—Sirvamos té con esto, ¡como si fuera el jarrito de agua!— bromeó entre risas nerviosas.

Camila rió también, aunque su sonrisa era de duda. Las dos niñas inclinaron el arma sobre las tacitas, fingiendo que servían.
El metal frío chocó contra la porcelana.

Entonces, Samantha dejó la pistola sobre la mesita con un golpe suave.

El golpe hizo que el gatillo cediera.

Un estallido rompió el aire.

El sonido fue tan fuerte que el eco rebotó en las paredes, y el pajarito de la ventana salió volando despavorido.
Camila cayó hacia atrás, con un pequeño quejido, mientras el mantel blanco se manchaba de rojo.

—¡Camila!— gritó Samantha, lanzando la silla al suelo mientras se arrodillaba a su lado.

La sangre salía rápido del costado de su abdomen, empapando la tela de la remera celeste.

—¿Qué hago? ¡Camila! ¡Despierta!— lloró, desesperada, presionando con una servilleta la herida.

Sus pequeñas manos temblaban tanto que apenas lograban mantener la presión.

Camila sollozaba con voz débil:

—Duele… Samy, duele mucho… Quiero a mis papás...—

—¡No te duermas, por favor!— gritó la niña, con los ojos desorbitados y el rostro manchado de lágrimas.

𝓞𝓷𝓮 𝓢𝓱𝓸𝓽𝓼 𝓐𝓻𝓶𝓮𝓽𝓽𝔂Donde viven las historias. Descúbrelo ahora