La brujita traviesa🎃

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Ecomoda había cerrado temprano aquella tarde de octubre. Betty y Armando querían disfrutar de una noche en familia, la primera en la que Camila -ya de seis años- iba a disfrazarse y salir a pedir dulces.

Camila había insistido en ser una pequeña bruja, pero "una bruja buena", como aclaró con orgullo mientras Betty le ayudaba a colocarse el sombrero puntiagudo y la capa violeta. Armando no podía dejar de reír al verla:

-Mi amor, ¿segura que no te robaste esa escoba del departamento de aseo de Ecomoda? -bromeó.

-¡Papá! -protestó Cami, cruzándose de brazos-. Es mágica.

Betty se echó a reír mientras ajustaba la cinta del sombrero.

-Deja que vuele, Armando. Esta noche la magia es de ella.

Salieron los tres a recorrer las calles iluminadas con calabazas, fantasmas de papel y niños disfrazados corriendo entre risas. Camila sostenía su baldecito naranja y saludaba a todos los vecinos con su entusiasmo contagioso.

La noche transcurría perfecta, hasta que, en medio de un grupo de niños disfrazados de esqueletos y zombis, Cami se distrajo con una casa decorada con luces moradas y una máquina de humo que lanzaba neblina.

-¡Mira, papá, un castillo encantado! -dijo antes de soltarse de su mano y correr hacia allí.

Armando se giró justo a tiempo para verla perderse entre la multitud.

-¡Camila! -gritó, su voz quebrada de inmediato.

Betty, que venía a su lado, sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.

-¡No puede ser... Armando, se fue para allá!

Empezaron a buscarla entre la gente, llamando su nombre una y otra vez. Las calles estaban llenas de risas y música, pero para ellos solo había un zumbido de miedo y desesperación.

Camila, entretanto, había entrado al patio de la casa encantada. El humo artificial y las luces de colores la desorientaron. De pronto se dio cuenta de que no veía a sus padres por ningún lado.

-¿Mami? ¿Papi? -murmuró, apretando su baldecito con fuerza.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero entonces una voz amable la llamó:

-Hola, pequeña bruja. ¿Estás sola? -era una señora mayor disfrazada de hada, con una linterna en la mano.

-Me perdí... -dijo Cami, con la voz temblorosa.

-Tranquila, vamos a encontrar a tus papás.

La mujer la llevó hacia la esquina donde un policía ayudaba a niños extraviados. Apenas escuchó el altavoz anunciar:

"Se busca a los padres de una niña llamada Camila Mendoza Pinzón, disfrazada de brujita con capa violeta..."

Betty sintió que el alma le volvía al cuerpo.

-¡Esa es mi hija! -exclamó, corriendo con Armando hacia el puesto.

Cuando Cami los vio, corrió hacia ellos sin dudar. Betty se arrodilló y la abrazó con tanta fuerza que casi la levanta del suelo.

-¡Ay, mi amor! No sabes el susto que nos diste...

Armando se agachó también y la envolvió con los brazos.

-Prometo no volver a soltar tu mano, mi brujita mágica.

Camila sollozaba entre risas y lágrimas.

-Yo también los quiero mucho, pero... ¿podemos seguir pidiendo dulces?

Betty y Armando se miraron, riendo aliviados.

-Claro que sí -respondió Betty-, pero esta vez, todos juntos.

Esa noche terminaron sentados en la plaza, compartiendo los caramelos bajo el brillo de la luna. Betty pensó en silencio que, aunque el miedo había sido grande, el amor que los unía era aún más fuerte.

Y mientras Cami hacía volar su escoba imaginaria, Armando le susurró a Betty:

-Definitivamente... esta niña sí que tiene magia.

FIN

𝓞𝓷𝓮 𝓢𝓱𝓸𝓽𝓼 𝓐𝓻𝓶𝓮𝓽𝓽𝔂Donde viven las historias. Descúbrelo ahora