Defensa

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Betty salió rumbo a producción. Uno de los ingenieros había informado que una de las máquinas no funcionaba correctamente, y eso no era buena señal. Menos ahora, cuando faltaba tan poco para dejar a Ecomoda sana, ordenada... y finalmente renunciar a la presidencia. Ese era un tema que todavía generaba debate entre ella y Armando.
Para él, Betty debía seguir al mando: era la mejor presidenta que la empresa había tenido. Pero ella pensaba que él merecía otra oportunidad.
Aquella discusión se había transformado en una especie de tira y afloje en su reciente relación de noviazgo. Hablaban de todo, lo compartían todo… hasta los desacuerdos. Y eso también los hacía crecer.

Salió de sus pensamientos al cruzar las puertas de producción. Caminó decidida entre el bullicio, buscando el número de código de la máquina en cuestión. Estaba casi al final del salón, algo apartada, con apenas algunos trabajadores alrededor.

Al llegar, lo vio.

—¡Hola, presidenta! —exclamó el ingeniero Rodríguez, con una sonrisa que le provocó un escalofrío.

—Disculpe la demora, señor... —miró su placa— Rodríguez. Estaba resolviendo varios asuntos urgentes. Como usted sabrá, falta poco para que deje la presidencia… —intentó mantener su tono profesional, aunque ya algo en el ambiente le resultaba incómodo—. Pero dígame, ¿qué ocurre con esta máquina?

—Ah, sí. Está dando errores de calibración. Pero no se preocupe, yo le muestro —dijo, y se acercó demasiado.

Betty se irguió un poco, incómoda por la cercanía. Pero no dijo nada. Lo dejó hablar mientras tomaba nota mental de lo que decía. Cuando se inclinó hacia un costado para observar el panel de control, Rodríguez colocó una mano en su espalda. Más abajo de lo permitido. Mucho más.

Betty se tensó al instante, y giró sobre sus talones.

—¿Qué hace? —preguntó, en un tono seco y firme.

—¡Oh! Pensé que se iba a caer —dijo él con una sonrisa torpe, como si fuera una broma sin importancia.

Ella no respondió. Lo miró con frialdad. Se enderezó con toda la dignidad del mundo y retrocedió un paso.

—Gracias por la explicación. Haré que el técnico jefe venga a arreglarla —dijo, con voz firme y cortante.

Y sin esperar más, se dio vuelta y se fue.

Caminó con pasos rápidos por el pasillo hasta llegar al ascensor. No sabía si temblaba de rabia, de angustia o de impotencia. Solo quería salir de ahí. Respirar. Lavar esa sensación de encima. Llegó a Presidencia, cerró la puerta con fuerza controlada, y apoyó la espalda contra ella. Inspiró hondo. No iba a llorar. No. No ahora.

Justo entonces, la puerta volvió a abrirse. Armando entró con su sonrisa de todos los días, dispuesto a robarle un beso, como siempre hacía. Pero la sonrisa se desdibujó en cuanto la vio.

—¿Betty? —frunció el ceño y se acercó rápidamente—. ¿Qué pasó?

Ella intentó disimular, componiendo su expresión. Caminó hacia su escritorio.

—Nada, Armando. Solo fue un mal momento. Un problema con una máquina.

Él no le creyó ni un segundo. Se acercó aún más, suave, tomándole el brazo.

—No me mientas, mi amor. Tienes los ojos distintos, apagados. Estás pálida. ¿Quién te hizo algo? Porque estoy seguro que ésto fue causado por una persona.

—Nadie. Ya te dije que fue un momento incómodo. No es nada —dijo sin mirarlo, clavando la vista en unos papeles al azar.

Armando se quedó en silencio unos segundos. Luego habló, con la voz más grave y contenida que ella le había escuchado.

𝓞𝓷𝓮 𝓢𝓱𝓸𝓽𝓼 𝓐𝓻𝓶𝓮𝓽𝓽𝔂Donde viven las historias. Descúbrelo ahora