Nuestro mini universo

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Últimamente, Betty estaba más deseosa de lo normal. Luego de su luna de miel, llegaron a lo que sería su nuevo hogar. Todos los días había personas en la casa, familiares, amigos o empleados, ya que iban mejorando cosas, comprando muebles del gusto de ambos. Aunque, para ser sinceros, a Armando nada de eso le importaba: lo único que deseaba era ver feliz a su princesita. Todo lo demás era secundario.

En las noches, en cambio, el mundo quedaba reducido a ellos dos. Hacían el amor con una pasión desbordada, y lo que más sorprendía a Armando era la intensidad de Betty. Con ella, por primera vez, podía entregarse por horas, caer exhausto y, sin embargo, volver a empezar como si la adoración que sentía por ella lo resucitara.

Aquella noche, Betty fue más directa que nunca. Apenas cerraron la puerta tras despedirse de los Pinzón, ella se colgó de su cuello y, con la voz cargada de deseo, le susurró:

—Mi amor... hazme el amor.

Armando se quedó paralizado un segundo, luego sonrió, incrédulo.

—Uy, pero qué picarona se me está volviendo mi Betty... mi picarona preciosa —murmuró, devorándola con un beso.

Lo que siguió fue una sinfonía de besos, caricias y gemidos. Después del segundo round, cuando aún respiraban agitados, Betty soltó la bomba.

—Estoy embarazada.

El mundo se detuvo. Armando se giró, quedando él arriba de ella, los ojos fijos en su mujer como si no entendiera lo que acababa de escuchar.

—Dime... dime que no es broma... —su voz temblaba, un hilo entre el miedo y la ilusión.

—No lo es —sonrió Betty, acariciando su mejilla—. Tuve un retraso y compré una prueba sin que te des cuenta... salió positiva. Ya pedí turno con la obstetra. Y puedes ver la prueba dentro de mis cosas del baño...

El corazón de Armando explotó. Se llevó las manos al rostro, y las lágrimas brotaron sin contención.

—Soy... soy el hombre más feliz del mundo. ¡Dios mío, Beatriz! Ya no serás solo mi princesa... serás mi reina. Y nuestra hija... ¡nuestra hija será mi princesita!

—Todavía no sabemos si es niña o niño... —intentó corregirlo ella, entre risas nerviosas.

—Lo sé —dijo con una certeza feroz—. Es una niña. Lo siento aquí, en el alma. Será mi debilidad, mi certeza, mi razón de existir.

Bajó hacia su vientre, lo acarició con una devoción casi religiosa y comenzó a hablarle a esa vida que apenas comenzaba.

—Hola, mi amorcito... soy tu papá. Desde este instante te juro que daré mi vida para ser el mejor padre. Siempre estaré contigo: cuando te cambie los pañales, cuando te enseñe a caminar, cuando me pidas ayuda con la tarea o cuando quieras arreglar tu primera casa... siempre voy a estar. Eres mi mayor tesoro, te amo, te amo, te amo... —y besó su vientre una y otra vez, entre lágrimas.

Betty lo miraba atónita, conmovida. Jamás había imaginado semejante reacción en Armando. Lo amaba con todo su ser, y en ese instante lo confirmó: era el hombre de su vida.

Él subió hasta su boca y la besó como si quisiera grabar ese momento en la eternidad. Y, con una ternura ardiente, volvieron a amarse.

A la mañana siguiente, todo cambió. Armando se levantó con una energía desbordada, ordenando que se apuraran los trámites de la casa, que todo quedara listo lo antes posible. Dio la instrucción de que, a partir de ese día, cualquiera que quisiera entrar debía avisar con antelación: ese hogar era un santuario, y debía estar listo para recibir a su hija.

𝓞𝓷𝓮 𝓢𝓱𝓸𝓽𝓼 𝓐𝓻𝓶𝓮𝓽𝓽𝔂Donde viven las historias. Descúbrelo ahora