La luz de un secreto

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La noche anterior, Armando había puesto punto final a su historia con Marcela, y ese simple hecho bastó para que, al día siguiente, el aire en Ecomoda se volviera espeso, casi irrespirable, como si cada pared hubiese sido testigo de la ruptura y ahora guardara el eco de las palabras dichas. La tensión no era un rumor: se palpaba en los pasillos, en las miradas esquivas, en los silencios que se alargaban más de lo necesario.

Allí estaba Alejandra, a quien él, con una honestidad brutal, le dejó claro que no podía ofrecerle nada más que una amistad sincera, porque su corazón -entero, irrevocable- le pertenecía a Betty. También estaba Marcela, con el orgullo herido y el corazón hecho trizas, transformando el dolor en una furia contenida que apenas lograba disimular tras su elegancia impecable.

Mientras tanto, Betty atravesaba uno de los momentos más desgarradores de su vida. Desde su oficina, o incluso desde cualquier rincón en el que coincidiera con él, veía a aquellas mujeres hermosas orbitando alrededor de Armando y una pregunta cruel se repetía en su mente, insistente, despiadada: ¿cómo pudo haber creído que un hombre como él podía enamorarse de alguien como ella? Cada sonrisa que él ofrecía por cortesía, cada gesto diplomático, se convertía en una puñalada silenciosa que alimentaba sus inseguridades más antiguas.

Pero el dolor no terminaba allí.

Su embarazo era un secreto frágil y poderoso al mismo tiempo, una verdad que crecía dentro de ella con la determinación de lo inevitable. Sentía que llevaba en el vientre una cuenta regresiva que avanzaba sin pausa, acercándola al instante en que todo saldría a la luz. Esa mañana, al intentar subir la falda, el cierre se resistió más de lo habitual. El pequeño abultamiento, aún discreto pero ya innegable para ella, le arrancó un suspiro tembloroso. Con manos apresuradas y el corazón encogido, apretó la tela contra su pancita, intentando disimular lo que era, en realidad, el milagro más grande de su vida. Y en ese gesto íntimo, casi imperceptible, murmuró un perdón silencioso para su bebé, como si esconderlo fuera una forma de traición.

Armando, por su parte, lidiaba con la maraña de miradas, comentarios y expectativas que lo rodeaban. Intentaba ser correcto, mantener la compostura, no herir más susceptibilidades de las ya heridas; sin embargo, en su afán por no parecer brusco ni descortés, terminaba enviando señales ambiguas que solo complicaban más la situación. No se daba cuenta de que cada sonrisa diplomática era interpretada como una invitación, que cada palabra amable se confundía con interés.

Y mientras él se esforzaba por mantener el equilibrio entre la cortesía y la distancia, la única mujer que realmente le importaba lo miraba desde lejos con un dolor que él todavía no alcanzaba a dimensionar, convencida de que lo había perdido incluso antes de haberlo tenido por completo.

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En la sala de juntas el ambiente era denso, casi irrespirable. Beatriz ocupaba la cabecera de la mesa con la espalda erguida y el gesto firme, aunque por dentro todo en ella temblara. A su derecha estaba Nicolás, revisando los documentos con meticulosidad casi obsesiva; a su izquierda, Alejandra mantenía una compostura elegante, con las manos entrelazadas sobre la carpeta. Junto a ella se encontraba Mario Calderón, recostado en la silla con esa falsa tranquilidad que solo escondía expectación. Frente a él, al otro lado de la mesa, estaba Armando, serio, con la mandíbula tensa. Y, enfrentada directamente a Betty desde la otra punta, Marcela sostenía una sonrisa afilada que no prometía nada bueno.

El contrato de la franquicia de Venezuela descansaba abierto sobre la mesa, listo para ser firmado. El sonido de las hojas al moverse parecía amplificarse en el silencio expectante.

Fue entonces cuando Marcela habló.

-Esperemos que no se arrepientan de este contrato, ya que... la presidente no es tan confiable. Roba hombres... roba empresas... esperemos que no les robe a ustedes también.

𝓞𝓷𝓮 𝓢𝓱𝓸𝓽𝓼 𝓐𝓻𝓶𝓮𝓽𝓽𝔂Donde viven las historias. Descúbrelo ahora