Cuando casi te perdí (LHC)

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El sonido característico de las notificaciones lo sacó de su letargo. Revisó su celular sin mucho interés, pero al ver el remitente en la pantalla, su corazón dio un vuelco: Beatriz.

Por un instante fugaz, la esperanza se asomó. Tal vez era un mensaje conciliador, tal vez quería hablar... tal vez aún quedaba algo entre ellos. Entró rápidamente a su correo y abrió el mail.

No estaba preparado para lo que leyó.

"Asunto: Devolución de acciones y desvinculación definitiva

Estimado Dr. Mendoza:

Me dirijo a usted con el único propósito de formalizar la devolución de las acciones que obtuve al contraer matrimonio con usted. En este momento, deseo cortar todo vínculo que nos una, ya sea en lo personal o en lo profesional, con la única excepción de nuestra hija, Camila.

Asimismo, me permito hacerle una última recomendación respecto a su empresa, a pesar de que ya no formaré parte de ella: evite invertir en aerolíneas. La situación actual es inestable y se vislumbran indicios de una pandemia que afectará gravemente a ese sector. Por el contrario, le aconsejo considerar inversiones en el área de insumos sanitarios, cuyo crecimiento será significativo dadas las circunstancias.

Le deseo lo mejor en su vida personal y profesional. Tal como ha manifestado, no volveré a intervenir ni en su vida ni en los asuntos de la empresa. Dejo a su disposición las acciones, mi cargo y cualquier otro beneficio derivado de nuestra relación.

Atentamente,
Beatriz Pinzón Solano.

PD: en el archivo adjunto verá lo dicho autorizado legalmente."

En ese instante, sintió cómo algo dentro suyo se rompía irremediablemente. El corazón le latía lento, pesado, como si se negara a aceptar lo que acababa de leer. Beatriz no solo se iba de su vida... se marchaba con una dignidad que lo aplastaba.

Ella se alejaba para siempre, no con gritos ni reclamos, sino con la elegancia de quien ha amado profundamente... y ha sido herida más allá de lo tolerable.

Ya no estaría su voz guiándolo en los momentos de duda. Ya no tendría a su lado esa mente brillante que había salvado a su empresa una y otra vez. Pero nada de eso importaba. Porque lo que verdaderamente le partía el alma era saber que ya no la tendría a ella.

La había perdido. Por su orgullo, por su ego, por sus errores.

Leyó el correo una y otra vez, deseando que las palabras cambiaran. Pero no lo hacían. Beatriz se había ido. Y esta vez... era definitivo.

El correo seguía abierto, pero Armando ya no lo veía. Los ojos se le habían nublado de lágrimas y, aunque intentaba contenerlas, una terminó deslizándose por su mejilla y cayendo sobre la pantalla del celular. La limpió con la yema del dedo, como si con ese gesto pudiera borrar la decisión de Beatriz. Pero no. Era real. Era legal. Era definitivo.

Pasaron los días, pero él ya no era el mismo. Iba a la oficina vacía solo por rutina, aunque la mayoría del equipo trabajaba de forma remota. Las luces apagadas, los pasillos en silencio y las pantallas encendidas con reuniones frías por Zoom lo hacían sentir aún más solo. Apenas dormía. Apenas comía. Era un cuerpo vacío de propósito. Había perdido todo: a su esposa, a la mujer que lo había amado como nadie, y todo por su cobardía, su ambición... su egoísmo.

Una mañana, en medio de una videollamada de directorio que ni siquiera escuchaba, su celular vibró. Vio el número desconocido y contestó por impulso.

-¿Aló?

-Doctor Mendoza, le hablo del hospital San Rafael. Es sobre Beatriz Pinzón.

El corazón le dio un vuelco.

𝓞𝓷𝓮 𝓢𝓱𝓸𝓽𝓼 𝓐𝓻𝓶𝓮𝓽𝓽𝔂Donde viven las historias. Descúbrelo ahora