El salón de ballet olía a madera, transpiración dulce y esfuerzo. Las notas suaves del Lago de los Cisnes flotaban en el aire mientras las niñas giraban sobre sus zapatillas rosadas, con moños blancos sujetos al peinado. Entre todas, destacaba una figura delicada, de cabellos castaños y mirada determinada: Camila Mendoza Pinzón.
Betty la miraba desde el fondo con los ojos húmedos de orgullo. Su hija de nueve años, tan pequeña y tan fuerte, tan parecida a ella, pero con ese fuego inquieto que solo podía venir de Armando. Él, al lado de Betty, no paraba de grabar con el celular, sonriendo como si el mundo entero cupiera en ese salón.
-¡Esa es mi hija! -decía bajito, casi sin darse cuenta, mientras seguía cada paso con el corazón en vilo.
Y entonces ocurrió.
Fue sutil. Un pequeño tropiezo, una vacilación. Camila se llevó la mano al pecho. Sus labios se tornaron más pálidos. Dio un paso más, pero su cuerpo ya no respondió. Se desplomó en silencio, como si alguien le hubiera apagado el alma de golpe.
-¡CAMILA! -gritó Betty, lanzándose entre las butacas, sin sentir sus propias piernas.
Armando tiró el celular, que se estrelló contra el suelo, y corrió al escenario. La música seguía, pero el salón entero se sumió en un caos contenido. Las otras niñas se detuvieron. La maestra pidió ayuda. Alguien llamó a emergencias.
Camila no respondía.
Betty la sostuvo entre sus brazos, temblando.
-Amor... mi amor, abre los ojitos, ya pasó. Mamita está aquí. -Pero su voz se quebró.
Armando se arrodilló junto a ellas, con el rostro desfigurado por la desesperación.
-Respira, Camila... por favor, respira...
La ambulancia tardó cinco minutos en llegar. Para sus padres, fueron cinco vidas.
El hospital parecía hecho de vidrio y silencio. Las paredes eran blancas, limpias, demasiado limpias como para no resultar hostiles. Betty caminaba en círculos por la sala de espera del área de pediatría crítica. Tenía las manos cubiertas de sudor, pero el frío del aire acondicionado la atravesaba igual.
Armando estaba sentado, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. No había hablado en casi media hora. No podía. No encontraba las palabras, y si las encontraba, no serían suficientes.
-¿Por qué no dicen nada? -susurró Betty, más para sí misma que para él-. ¿Qué están haciendo allá adentro? ¿Y si...?
-No va a pasar nada -interrumpió Armando, con la voz ronca-. Camila es fuerte. Siempre lo ha sido.
Pero en sus ojos no había convicción, solo miedo contenido detrás de un muro que amenazaba con romperse en cualquier momento.
Finalmente, la puerta se abrió. Una médica joven, con bata verde y cara de agotamiento, salió. Llevaba el pelo recogido en una cola baja y una carpeta en la mano. Leyó los nombres en voz baja.
-¿Los padres de Camila Mendoza Pinzón?
Betty casi se tropezó al avanzar.
-Sí. Sí, somos nosotros.
-Soy la doctora Rodríguez, cardióloga pediátrica. Necesito que me acompañen, por favor.
No los hizo pasar a una sala privada. Solo los llevó a un rincón del pasillo, lo suficiente para apartarse de la vista de los demás.
-Su hija está estable. Está despierta, pero muy cansada. Le administramos oxígeno, su presión bajó mucho y el ritmo cardíaco era irregular.
Betty sintió alivio... hasta que la doctora continuó.
ESTÁS LEYENDO
𝓞𝓷𝓮 𝓢𝓱𝓸𝓽𝓼 𝓐𝓻𝓶𝓮𝓽𝓽𝔂
FanfictionAcá veran historias cortas de 1 solo capítulo en base a Armetty. Solo habrán historias sobre ellos (Camila puede que también) y nadie más. ✨Tu estabilidad emocional está asegurada acá. Habrán advertencias cuando haya algún capítulo fuerte. 💥No infi...
