Armando entró a la florería con paso decidido. El aroma a flores frescas lo envolvió de inmediato, y se quedó mirando los colores que lo rodeaban como si cada pétalo tuviera un mensaje distinto. Eligió primero un ramo de tulipanes rosados, delicados y alegres. Luego, sin dudar, otro de lirios blancos, elegantes y puros.
El vendedor lo observaba en silencio, con una media sonrisa. Esa clase de sonrisa que dice “sé más de lo que aparento”. Pero Armando, completamente concentrado, no notó nada. Pagó ambos ramos y salió del local con una expresión satisfecha.
Al llegar a casa, abrió la puerta con una sonrisa que le cruzaba todo el rostro.
—¡Mis amores! ¡Ya llegué! —gritó con entusiasmo.
A los pocos segundos escuchó los pasitos apresurados de su niña, el golpeteo alegre contra el piso de madera.
—¡Papi, llegaste! —exclamó Camila, y sus ojos se agrandaron al ver los ramos—. ¿Eso es para mí?
Armando se agachó y, con una sonrisa traviesa, le extendió el de tulipanes.
—Sí, mi amor… este es para ti. Y este —dijo mientras veía llegar a Betty, hermosa y serena en el marco de la puerta—, es para mamá.
Madre e hija tomaron sus flores y, casi como si hubieran ensayado la escena, las acercaron al rostro al mismo tiempo para olerlas.
—¿Y esto por qué es? —preguntó Betty, con una mezcla de sorpresa y ternura.
—Porque quiero ser detallista sin motivos —respondió Armando, mirándolas con el corazón en los ojos—. Quiero que mi niña crezca sabiendo lo mínimo que puede esperar de un hombre. Y porque las amo… y me sale del alma ser así.
Betty sonrió, enternecida, y le dio un beso rápido, de esos que dicen “te amo, pero si te beso más, la niña nos interrumpe”.
—Papi, estas son las flores que más me gustan, gracias —dijo Camila alzando los brazos—. ¡Te amo, papi!
Armando la levantó en el aire, y la pequeña se le prendió del cuello, llenándole la cara de besos entre risas y cosquillas. El hogar se llenó de una felicidad tan simple como profunda.
De pronto, el teléfono sonó y Betty fue a contestar.
—¿Aló?
—Mija, soy Aura María —se escuchó la voz entrometida del otro lado—. Acabo de ver a su esposo comprando dos ramos distintos de flores… ¿no será que tiene amante? Eso es muy raro, mija…
Betty levantó una ceja y soltó un suspiro.
—Aura —dijo con una calma que rozaba la ironía—, a menos que la amante sea una niña de ocho años, no creo. Y le pido, por favor, que no me llame para esas cosas. Usted lo hace por chisme, pero para mí no es cualquier cosa. No dudaré de mi esposo por comentarios así. Gracias.
Y colgó con la misma elegancia con la que se arregla el cabello una mujer segura de lo que tiene.
Desde el living, Armando alzaba a su hija entre carcajadas, sin imaginar la escena telefónica que acababa de ocurrir. Betty los miró desde lejos, con una sonrisa llena de amor. Y en silencio, pensó que, a veces, la felicidad olía a lirios y tulipanes.
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El grito se escuchó desde el patio.
—¡Ayyy, papiii! —la voz de Camila rompió el aire y a Armando se le heló la sangre. Dejó el café sobre la mesa sin pensarlo dos veces y salió corriendo.
La encontró sentada en el piso, con las rodillas raspadas y los ojitos llenos de lágrimas. Tenía la bici tirada a un costado.
—Mi amor… —dijo, agachándose enseguida—. ¿Qué pasó, mi princesa?
Camila sollozaba, temblando un poco por el susto.
—Me caí, papi… —dijo entre lágrimas—. Me duele...
Armando la levantó con suavidad, como si fuera de cristal. La abrazó fuerte, acunándola contra su pecho mientras le acariciaba el cabello.
—Shhh, ya, ya, mi amor… ya pasó, papito está aquí —susurró con voz baja, casi un arrullo—. A ver, déjame ver esa rodillita...
Ella sollozaba, pero se fue calmando con la ternura de su padre. Armando sopló despacito sobre la raspadura, como si su aliento pudiera curarla.
—Mira, ya casi no duele, ¿ves? —le dijo sonriendo—. Cuando yo era chiquito, mi papá hacía esto, y funcionaba mágicamente… —volvió a soplar con exageración y ella, entre lágrimas, soltó una risita chiquita.
—¿De verdad te pasaba, papi?
—Claro, muchas veces. Y si funcionó conmigo, ¡funcionará contigo! —le guiñó un ojo—. Además, tú eres más valiente que yo.
Camila lo miró, ya más tranquila, y se acomodó en su pecho.
—Pero me dolió mucho, papi...
—Lo sé, mi amor. Y está bien llorar cuando algo duele. Pero ya lo hiciste muy bien, ¿sí? —le limpió las lágrimas con el pulgar—. Ahora vamos adentro, te limpio la herida y después... mmm... ¿qué te parece un helado para la valiente más linda del mundo?
Camila asintió con una sonrisa entre mocos y lágrimas.
—¿De chocolate?
—De chocolate, con lluvia de colores —respondió Armando, besándole la frente.
La cargó en brazos rumbo a la cocina, murmurándole palabras dulces al oído. Betty los miró desde el pasillo, con el corazón derretido. No dijo nada; solo los observó, sabiendo que en ese instante su hogar estaba completo: un padre que cura con ternura, una niña que vuelve a sonreír y un amor que no necesita explicaciones.
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𝓞𝓷𝓮 𝓢𝓱𝓸𝓽𝓼 𝓐𝓻𝓶𝓮𝓽𝓽𝔂
FanfictionAcá veran historias cortas de 1 solo capítulo en base a Armetty. Solo habrán historias sobre ellos (Camila puede que también) y nadie más. ✨Tu estabilidad emocional está asegurada acá. Habrán advertencias cuando haya algún capítulo fuerte. 💥No infi...
