♥ El tiempo. (Rubelangel) ♥

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Dejó que las lágrimas cayeran, pero solo por unos minutos más, dejándose ser libre y débil sin tener nada que ocultar, porque a la mañana siguiente tendría que volver a vestirse con aquella molesta máscara que tanto lo rompía por dentro. 

—Y es que...— Mordió con fuerza su labio reprimiendo un sollozo, hasta que un espeso líquido color cobre llegó a su paladar.—Ojalá pudiese cerrar los ojos y dejar que estos sentimientos salieran de mí, que me dejaran libre... Pero el amor no va así, por mucho que lo desee.—Apretó sus puños con fuerza, con la imagen de Mangel en la cabeza; su sonrisa, su cabello oscuro, sus graciosas gafas que usualmente solían resbalarse por su pequeña nariz, sus ojos oscuros que brillaban cada vez que sonreía, sus manos, suaves y grandes... todo lo que podía pensar era en su mejor amigo. 

No podía. Tenía que esconder todo eso en lo más profundo de su corazón, o perdería todo lo que había creado durante años junto a Mangel. 

Se volvió a recostar en la cama, tapándose con la sábana de suave tela color azul y blanca y enroscándose dentro de esta, como si se tratara de un escudo que lo mantendría seguro de sus pensamientos, sus propios deseos y de aquellos sentimientos tan fuertes que lo tenían tan dividido. 

—Ojalá...— Y antes de poder darse cuenta, yacía durmiendo, entre lágrimas y suspiros ahogados. 

(...)

Esa noche soñó con Miguel, de nuevo. Estaban en clase, y él le confesaba sus sentimientos. De pronto, todos estaban ahí, a pesar de que Rubén juraría que solo quedaban ellos dos, y la multitud empezó a reírse y a decir cosas sumamente desagradables. Entonces, él solo buscaba a Mangel con la mirada, pero el pelinegro era quien más daño le hacía. Tenía una expresión apática, de desprecio y aborreción. Y las palabras que Mangel pronunció, lentamente, cada una como un puñal vagando hasta el mayor, mataron un poco a Rubén. 

—Me das asco. Nunca podría sentir nada por ti. Ni aunque fueses el último hombre de la tierra.— Después todos desaparecieron, quedándose solo con su corazón roto y demacrado, con lágrimas que no salían porque era tan grande el dolor que ni con todas las lágrimas habidas y por haber podía disminuirlo ni tan siquiera un poco. Así que, incluso en su sueño, se quedó allí, abrazándose a sí mismo y asegurándose de que quizá, algún día, dejaría de ver al pelinegro como el amor de su vida, un amor, que claramente, era no correspondido. 

(...) 

Despertó tal y como se había dormido. Con la cara fría, las manos temblando y desorientado. Sus ojos hinchados y su sonrisa caída. Pero iba a estar bien, porque al fin y al cabo, ¿el tiempo lo cura todo, verdad? 

Porque solo necesitaba tiempo... 

Y quizá, un corazón nuevo. 

Drabbles.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora