–Sí –respondió ella, mirándolo de reojo y cubriendo el vaso con la mano.
Capítulo 17:
A Lali casi le asustaba ver a su alrededor. Esa mañana, mirar a alguno de los jugadores de Alumni era como mirar los estragos de una batalla campal. Resultaba horrible, pero no podía darse la vuelta. Se sentó cerca de la parte delantera del avión, al otro lado del pasillo frente al ayudante del director deportivo del equipo, Felipe Villanueva, con un ejemplar del periódico de Mendoza abierto en la página de deportes. Ella ya había enviado su crónica del sangriento partido de la víspera, pero estaba interesada en saber qué habían dicho al respecto los reporteros de locales.
La noche anterior, ella y el resto de los periodistas deportivos habían esperado en la sala de prensa una oportunidad para entrar en el vestuario de Alumni. Habían tomado café y Coca-Cola y comido unas facturas, pero cuando el entrenador Vázquez por fin salió, les informó de que no concederían entrevistas.
Durante la espera, los periodistas de Mendoza habían estado bromeando con ella, contándole anécdotas. Incluso le dijeron qué jugadores se mostraban dispuestos a colaborar y contestaban a las preguntas. También le hablaron de aquellos que nunca respondían. Peter Lanzani ocupaba el primer puesto en la lista de los más arrogantes.
Lali dobló el periódico y lo metió en el maletín. Tal vez los periodistas de Mendoza habían sido amables con ella porque no la consideraban una amenaza. Quizá la habrían tratado de modo diferente si hubieran estado dentro del vestuario haciendo entrevistas. Ella no tenía modo de saberlo, y tampoco le interesaba. Fue agradable descubrir que no todos los reporteros del sexo masculino se sentían incómodos en su presencia. La alivió saber que cuando escribiera su siguiente columna acerca de sus experiencias, podría decir que algunos hombres habían evolucionado y que no todos la veían como una amenaza para su amor propio.
Había enviado ya dos artículos al Buenos Aires Times. Y no había tenido noticias del editor. Ni una sola palabra de aliento o crítica, lo que ella entendía como una buena señal. Había visto que los jugadores se pasaban de mano en mano su primer artículo, pero ninguno había hecho comentario alguno.
–Leí tu primera crónica –dijo Felipe Villanueva al otro lado del pasillo.
Lali calculó que Felipe medía poco más de metro sesenta. Metro sesenta y cinco aproximadamente. Su traje azul marino tenía todo la pinta de ser hecho a medida, y debía de costar más de lo que ganaba un trabajador con sueldo promedio. Tenía el pelo rizado y a pesar de sus veintiocho años, aparentaba diecisiete. Sus ojos pardos reflejaban inteligencia y astucia, y tenía unas largas pestañas.
–Hiciste un buen trabajo –añadió.
Por fin alguien le decía algo de su artículo.
–Gracias.
Él se inclinó hacia el pasillo.
–La próxima vez deberías mencionar nuestros casi tries –dijo en voz baja.
Felipe era el más joven de los ayudantes de director deportivo del campeonato, y Lali había leído en su nota biográfica que era miembro de MENSA, el club de personas que tienen un alto coeficiente intelectual. No lo dudó ni por un segundo. Aunque parecía haberse esforzado mucho para desprenderse de su aire de nerd, no lo había logrado por completo pues llevaba un protector para lapiceros en el bolsillo de la camisa.
–Te diré una cosa –dijo ella acompañando sus palabras de lo que esperaba fuera una encantadora sonrisa–. Yo no me meteré en tu trabajo si tú no te metes en el mío.
Él parpadeó.
–Es justo.
–Sí, eso creo.
Él se enderezó y colocó el maletín sobre su regazo.
–Por lo general, te sientas en la parte de atrás con los jugadores -observó.
Siempre se sentaba en la parte de atrás porque los asientos delanteros ya habían sido ocupados por los entrenadores y directivos cuando ella embarcaba.
–Bueno, estoy empezando a sentirme persona non grata allí atrás –confesó.
El incidente de la noche anterior le había dejado muy claro cuáles eran los sentimientos de los jugadores. Él se giró y la miró a los ojos.
–¿Ha pasado algo de lo que yo debería estar al corriente?
Además de las molestas llamadas, había encontrado el cadáver de un ratón frente a la puerta de su habitación la noche anterior. Por su aspecto debía de llevar bastante tiempo muerto. Obviamente, alguien lo había encontrado en algún lugar y lo había llevado hasta su puerta. No había sido como encontrar la cabeza cortada de un caballo en su cama, aunque tampoco creía que fuera una coincidencia. Pero no quería que los jugadores pensaran que era una llorona que había ido corriendo a acusarle a los directivos.
–Nada que no pueda controlar.
–Cena conmigo esta noche y hablemos del asunto.
Lali lo miró fijamente. Por un instante se preguntó si sería uno de esos hombres que daban por sentado que ella saldría con él sólo porque los dos eran bajitos. Su última cita había sido con un tipo de poco más de metro sesenta con todos los complejos napoleónicos imaginables, estropeado como persona por esos mismos complejos. Lo último que necesitaba era una cita con un tipo bajito. En particular, con un tipo bajito que fuera directivo de Alumni.
–No creo que sea buena idea.
–¿Por qué?
–Porque no quiero que los jugadores piensen que estamos relacionados.
–Ceno constantemente con periodistas deportivos. Jorge Domínguez, por ejemplo.
No era exactamente lo mismo. Lali tenía que mantenerse al margen de los chismorreos. A pesar de que a las mujeres se les permitía entrar en los vestuarios desde hacía tres décadas, los cuchicheos sobre las mujeres que se enredaban con sus fuentes de información eran constantes. Estaba convencida de que su credibilidad o su aceptación entre los jugadores no podía caer más bajo, pero no tenía intención de comprobarlo.
–Pensé que estarías cansada de cenar sola –dijo Felipe.
Lo cierto era que estaba cansada de cenar sola, y también de mirar hacia las paredes de las habitaciones de hotel o del avión. Tal vez un lugar muy concurrido no estaría tan mal.
–¿Sólo trabajo?
Continuará…
