Un nuevo cambio

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Después de que Emilia concluyó su monólogo en la audiencia, la sala quedó sumida en un silencio tan absoluto que parecía que nadie se atrevía siquiera a respirar. Los nobles, que antes exhibían actitudes altaneras y autosuficientes, estaban ahora inmóviles, como si temieran ser cazados por bestias al menor movimiento.

El ambiente se tornó más tenso cuando Lucius Malfoy, incapaz de soportar la humillación, se retiró abruptamente de la asamblea, a pesar de que esta aún continuaba en sesión. Podía ver en sus ojos una mezcla de furia e intenciones asesinas dirigidas hacia mí, pero el temblor en sus manos delataba su impotencia. Había visto mis habilidades, y mi clara intención asesina le dejó un mensaje inequívoco:

Cualquier movimiento en falso, y su cuello volaría.

Así, el cobarde huyó con el rabo entre las piernas. No hubo necesidad de enviar a las sombras para seguirlo; estaba claro que se dirigiría a su "fortaleza de la soledad" para desahogar su frustración con algún berrinche. Francamente, no podría importarme menos.

Fue refrescante, incluso placentero, ver el miedo en sus ojos. Su cuerpo tenso, su incapacidad para actuar... Esa noche, dormí como un bebé.

Al día siguiente, me retrasé un poco en mi rutina, pues había dormido tan profundamente que olvidé la promesa de cazar con Freya. Más que una cacería, terminamos haciendo una peculiar maratón de pesca con las manos en los ríos y lagos de la región.

Como no había wyverns alborotados en las cercanías, las autoridades no permitían la caza, así que el enfoque estaba en recolectar recursos naturales. Freya, sin perder su entusiasmo, transformó la tarea en un desafío: pescar diferentes tipos de peces con las manos. Su habilidad para atrapar peces era impresionante; en apenas diez minutos había capturado una veintena sin esfuerzo. Más tarde improvisó un arpón con una rama y una piedra que afiló con sus garras.

No queriendo quedarme atrás, utilicé mis habilidades de transmutación para fabricar mi propio arpón. Sin embargo, descubrí que manejarlo no era tan sencillo como parecía. No tenía problemas para apuntar a los peces en el agua, ya que podía sentir su movimiento, pero controlar mi fuerza para no destrozarlos en el impacto fue un desafío. Necesité al menos cinco intentos antes de conseguirlo, todo mientras Freya reía divertida a mis espaldas.

Tuve que esperar al quinto o sexto intento para controlar mi fuerza y evitar que los peces quedaran destrozados por el arpón. Mientras tanto, Freya no paraba de reírse de mis torpes intentos.

Después de reunir un buen lote de peces, Freya me llevó a una cueva en la tundra, un lugar que solía visitar con frecuencia. Allí, improvisamos un fuego para cocinar nuestra pesca. Mientras los peces se asaban, nos sentamos frente a las llamas. En el silencio, Freya comenzó a compartir recuerdos personales. Me confesó que le gustaba cazar y pescar porque le recordaba los momentos felices que pasó con su padre.

Me relató cómo, en las frías mañanas, su padre solía ir al lago con una cesta en la espalda y un arpón en la mano. Ella lo seguía, observando cada uno de sus movimientos y aprendiendo de él. A veces se metía al agua helada, que no le resultaba incómoda gracias a su constitución, y juntos volvían a la cabaña con el botín del día. Mientras hablaba, su mirada permanecía fija en las llamas, y una sonrisa nostálgica se dibujaba en su rostro.

Cuando le pregunté si su padre le enseñó a usar el arpón, Freya rio y admitió que, una vez, casi lo golpea por accidente mientras practicaba. Su risa ligera y honesta me hizo sonreír también.

Después, Freya me preguntó si mis padres me habían enseñado a usar alguna arma. Le conté que mi madre me enseñó a utilizar el arco, lo que de inmediato captó su interés. Sus orejas se alzaron con curiosidad, ya que, como ella misma dijo, rara vez veía a alguien usar un arco y flecha.

Reencarne sin querer y además.... ¿Por qué las túnicas negras?Donde viven las historias. Descúbrelo ahora