La condesa estaba tan cansada de las visitas que dio orden de no recibir a nadie más, y el portero fue encargado de invitar a comer a cuantos viniesen a felicitarla.
Deseaba la condesa conversar a solas con su amiga de la infancia, la princesa Anna Mijáilovna, a la que no había vuelto a ver desde que ésta volviera de San Petersburgo. Anna Mijáilovna, con su rostro atractivo, ajado por las lágrimas, se acercó más al sillón de la condesa.
—Seré completamente sincera contigo— dijo Anna Mijáilovna; —ya no nos quedan muchos amigos viejos... por eso estimo tanto tu amistad.
Anna Mijáilovna miró a Vera y se detuvo. La condesa estrechó la mano de su amiga.
—Vera— dijo, volviéndose a su hija mayor, que no era, evidentemente, la preferida, —no os dais cuenta de nada, ¿no ves que estás de más aquí? Vete con tus hermanas o...
La hermosa Vera sonrió desdeñosamente, pero no pareció ofendida.
—Si me lo hubiera dicho antes, maman, me habría ido— y se dirigió hacia su cuarto.
Pero al atravesar el salón de los divanes vio cerca de cada ventana a dos parejas simétricamente sentadas. Se detuvo y sonrió con desprecio. Sonia estaba muy cerca de Nikolái, que copiaba para ella unos versos, los primeros que componía. Borís y Natasha sentados cerca de la otra ventana callaron al entrar Vera: Sonia y Natasha la miraron con caras culpables y felices.
Era conmovedor y divertido contemplar a esas chiquillas enamoradas, pero su vista no agradó a Vera.
— ¿Cuántas veces os he pedido que no toquéis lo que es mío?— dijo. —Ya tenéis vuestras habitaciones.
Y cogió el tintero del que se servía Nikolái.
—Un momento, un momento— dijo él, mojando la pluma.
—No sabéis hacer nada a derechas— continuó Vera. —Hace poco entrasteis en el salón de tal manera que todos se avergonzaron de veras.
Aunque lo que decía era justo (o tal vez porque lo era) ninguno replicó, y los cuatro se miraron. Vera se detuvo en la habitación con el tintero en la mano.
—¿Qué secretos puede haber a vuestra edad entre Natasha y Borís y entre vosotros? Todo eso son tonterías.
—Pero ¿a ti qué te importa, Vera?— dijo Natasha con voz dulce como intercediendo.
Aquel día se sentía más bondadosa y cariñosa con todos que nunca.
—Es una gran tontería— repitió Vera, —me avergüenzo de vosotros. ¡Qué secretos ni que...!
—Cada uno tiene sus secretos, nosotros no nos metemos contigo y con Berg— respondió acaloradamente Natasha.
—Creo que me dejáis tranquila porque en mis actos no puede haber nunca nada malo. Le diré a mamá cómo te portas con Borís.
—Natalia Ilínishna se porta muy bien conmigo— intervino Borís, —no puedo quejarme.
—Déjelo, Borís. Es usted tan diplomático...— (la palabra diplomático estaba muy en boga entre los muchachos, que le daban un particular sentido). —Hasta resulta aburrido— dijo Natasha, con voz temblorosa y resentida, —¿por qué no me dejará tranquila? Tú no lo comprenderás nunca— prosiguió volviéndose a Vera —porque nunca has amado a nadie. No tienes corazón, no eres más que una Madame de Genlis (este apodo, que consideraban muy ofensivo, se lo había puesto Nikolái) y tu mayor placer es fastidiar a los demás. Coquetea con Berg cuanto quieras— concluyó rápidamente.
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Guerra Y Paz - León Tolstoi
ClássicosPrincipios de S. XIX, mientras Napoleón planea como invadir Rusia, Natasha, Pierre, Andréi, María y Nikolái descubrirán que tanto en la vida como en el amor hay tiempos de guerra y de paz.
