A la salida de palacio, el emperador Francisco miró fijamente- al príncipe Andréi, que estaba en el lugar señalado, entre un grupo de oficiales austríacos, y lo saludó con una inclinación de su alargada cabeza. Después el ayudante de campo de la víspera comunicó cortésmente a Bolkonski el deseo del Emperador de concederle audiencia. El emperador Francisco lo recibió de pie, en mitad del ala. Antes de dar comienzo a la conversación el príncipe Andréi quedo sorprendido al ver el embarazo del Emperador, quien parecía turbado, sin saber qué decir; su rostro había enrojecido.
-Dígame, ¿cuándo empezó la batalla?- preguntó precipitadamente.
El príncipe Andréi respondió. La primera pregunta fue seguida de otras igualmente superficiales. "¿Está bien Kutúzov? ¿Cuándo salió de Krems?", etcétera. El Emperador hablaba como si su único objeto fuera hacer cierto número de preguntas, cuyas respuestas, como era más que evidente, no podían interesarlo.
-¿A qué hora comenzó el combate?- volvió a preguntar.
-No podría decir a Su Majestad a qué hora dio comienzo la batalla en el frente, pero en Dürrenstein, donde yo estaba, el ataque se inició a las seis de la tarde- dijo Bolkonski, animándose y creyendo que podría hacer la descripción verídica, tal como la llevaba preparada, de cuanto sabía y había visto.
Pero el Emperador lo interrumpió con una sonrisa.
-¿Cuántas millas?
-¿De dónde adonde, Majestad?
-De Dürrenstein a Krems.
-Tres millas y media, Majestad.
-¿Dejaron los franceses la orilla izquierda?
-Según la relación de los exploradores, los últimos cruzaron el río en balsas la noche pasada.
-¿Hay bastante forraje en Krems?
-No fue traído en cantidad suficiente...
Lo interrumpió el Emperador:
-¿A qué hora fue muerto el general Schmidt?
-Creo que a las siete.
-¿A las siete? Es muy triste, muy triste...
El Emperador le dio las gracias y saludó. El príncipe Andréi salió e inmediatamente se vio rodeado de cortesanos. Todos lo miraban con ojos cariñosos y le hablaban con palabras afables. El ayudante de campo de la víspera le reprochó que no hubiera quedado en palacio y le ofreció su casa. El ministro de la Guerra se acercó para felicitarlo: el Emperador acababa de concederle la orden de María Teresa, de tercer grado. El chambelán de la Emperatriz le comunicó que también ella deseaba verlo, lo mismo que la archiduquesa. Bolkonski no sabía a quién responder y, por unos segundos, se detuvo para orientarse. El embajador ruso lo condujo del brazo hacia una ventana para hablar con él.
Al contrario de lo que vaticinara Bilibin, las noticias que traía fueron acogidas con júbilo. Se había ordenado la celebración de un tedéum. A Kutúzov se le concedía la gran cruz de María Teresa, y para todo el ejército había distinciones. Bolkonski recibía una invitación tras otra y durante toda la mañana tuvo que visitar a los altos dignatarios austríacos. Pasadas las cuatro, cuando hubo concluido las visitas, volvió a la casa de Bilibin, meditando por el camino en la carta que escribiría a su padre sobre la batalla y su viaje a Brünn. Junto al portal de la casa de Bilibin había un carruaje, lleno a medias de objetos; Franz, el criado de Bilibin, apareció arrastrando con dificultad una maleta. (Antes de dirigirse a casa de Bilibin, el príncipe Andréi había entrado en una librería, en busca de libros para el tiempo de la campaña, y se había detenido allí demasiado tiempo.)
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Guerra Y Paz - León Tolstoi
ClássicosPrincipios de S. XIX, mientras Napoleón planea como invadir Rusia, Natasha, Pierre, Andréi, María y Nikolái descubrirán que tanto en la vida como en el amor hay tiempos de guerra y de paz.
